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Tribuna:

El agua

Se veía venir. En Madrid no caía una gota de agua desde principios del mes de junio y las reservas han comenzado a resentirse de forma alarmante. La situación no es ni mucho menos grave, y si la comparamos con la del año pasado por estas mismas fechas incluso es mejor, pero actualmente el volumen de reservas cae a razón de dos hectómetros diarios y el descenso es cada vez más acelerado. El problema es que la prolongada ausencia de precipitaciones ha reducido las aportaciones de ríos y arroyos a la mínima expresión, y los cinco millones de ciudadanos que habitamos la región seguimos bebiéndonos nuestro hectómetro y medio por jornada llueva o no llueva. Ahora mismo el terreno está tan reseco que, aunque empezara a llover mañana, tardaríamos semanas en ver los resultados en las torrenteras y otro tanto sucedería con los cursos de agua subterránea. Así que asoma de nuevo la nariz el fantasma de la sequía y lo hace este año por segunda vez.Nada más comenzar 2000 hubo que tomar medidas porque la cosa se ponía fea, luego vinieron los generosos chaparrones de primavera y volvió la abundancia y la alegría a los caudales, adormeciendo en la conciencia social esa cultura necesaria que considera al agua como un bien escaso. Con esto de la sequía ocurre lo de Santa Bárbara pero al revés, que nos acordamos de ella sólo cuando no truena. Ahora lleva sin tronar más de tres meses y comienza a reaparecer el agobio que provoca en los madrileños imaginar nuestra higiénica existencia con limitaciones en el uso del líquido elemento. Y es que los ciudadanos de Madrid, a pesar de residir mayoritariamente en un espacio de paisaje manchego, tenemos unos hábitos de higiene más extendidos que los ingleses, alemanes u holandeses, por ejemplo, cuya situación geográfica les permitiría a priori disfrutar del agua sin miedo a que se acabe. Tal afirmación no es sólo el fruto de la atenta observancia del personal de esas y otras nacionalidades que tanto nos visita, sino también de la afinada percepción de nuestras pituitarias. Porque, además de ser evidente que muchos nunca superarían la prueba del algodón, resulta igualmente categórico el registro nasal de los efluvios gladiator que desprenden inmisericordes muchas axilas nórdicas.

Un fenómeno que, al margen de revelar cierto desencuentro con la amplia línea de desodorantes que oferta la industria cosmética mundial, acusa una menor afición a la ducha o el baño de lo que aquí acostumbramos. La estimación viene avalada en términos objetivos por la estadística, cuyas cifras confirman que los de Madrid estamos entre los ciudadanos que más agua consumen de toda Europa. Es decir, que quienes menos recursos hidráulicos tenemos somos los que más los gastamos. Esta paradoja nos pone en situación de tomar medidas que nos garanticen que nunca tengamos que sustituir la esponja por el cepillo en nuestra higiene personal. Medidas a largo plazo para que no se repita la angustia que en el 92 le entró al entonces ministro de Obras Públicas, José Borrell, cuando ordenó la construcción a toda prisa de un conducto de 32 kilómetros de largo y dos metros de diámetro para trasvasar agua del río Alberche desde el embalse de Picadas al de Valmayor. La urgencia con que se acometió disparó entonces el coste de la obra, a pesar de lo cual las lluvias llegaron antes de su culminación. Algo similar ocurrió con los pozos que la Comunidad decidió horadar en otro de los periodos en que vieron las orejas al lobo.

Hubiera sido mejor una planificación más reposada sin la premura a la que obliga el vislumbrar el fango en el lecho de los pantanos. Es evidente que las campañas a favor del ahorro no han de coincidir solamente con los periodos de penuria. Tampoco debe cesar la búsqueda constante de nuevos recursos, compatibles con el respeto al medio ambiente, y avanzar en el reciclaje de agua para usos que no requieran condiciones de potabilidad. Y otra asignatura cuya aprobación reclamó el Partido Popular al Gobierno socialista y que los socialistas demandaron después al Gobierno popular: la mejora en la red. Según algunos cálculos técnicos, las deficiencias y averías en los conductos del Canal de Isabel II provocan fugas, cuyo volumen cifran en términos desorbitados. Danzar como hacían los indios o sacar al Cristo en procesión para que llueva puede resultar útil en momentos desesperados, pero lo inteligente es planificar con tiempo y disponer los recursos para hacer un uso razonable de lo que tenemos. El agua es la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2000