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VUELTA 2000 Décima etapa

El Kelme apuntilla a Zülle

Olano cede el liderato a su compañero Santos González en una etapa caótica

Zülle se hundió en La Molina. Olano, Ullrich e Igor González de Galdeano, no. Pero el primer plato pirenaico no les sentó nada bien. Se les indigestó la montaña. Incluso Heras tampoco puede sentirse satisfecho, a pesar de que su equipo se echó la etapa a la mochila. En realidad, media etapa. Porque nadie se inmutó ante la primera escapada válida de la Vuelta. Inexplicablemente, entregaron en bandeja el liderato a Santos González, un corredor del ONCE, con lo cual, en el fondo, la carrera no se mueve. Tanto ruido para tan poco resultado tangible. En medio de tanto caos, el único que realmente salió indemne fue Ángel Luis Casero. El silencioso Casero. Pero aún no se puede analizar la Vuelta. Hablando de diferencias de dos segundos, cualquier comentario resulta baladí. Todo ha quedado en manos de Arcalís, de la subida a Andorra. Quien hable hoy de verdad, ya tendrá crédito.La Vuelta andaba bajo demasiado control. A excepción de la contrarreloj de Tarragona, con el relevo en el amarillo de Zülle a Olano, pocas sorpresas se habían producido. Pero la carrera volvió a su ser en los Pirineos. No hay Vuelta sin caos. ¿Cómo se explica que 16 corredores, entre ellos algunos peligrosos, se escapen sin que nadie se inmute detrás? ¿Acaso por una guerra de nervios entre los directores? ¿O por un círculo vicioso: yo no tiro si no lo hace el otro, y el otro no tira si no lo hace el siguiente...? El ONCE, el único que moralmente debía tomar la responsabilidad, se inhibió. Al fin y al cabo, era el más favorecido. Había colocado a Santos González, de modo que si Olano perdía el amarillo, el liderato se quedaba en casa. Aunque no sea duradero.

El caos no benefició por completo a nadie excepto a Casero. Al corredor del Festina se le pudo observar por primera vez -aunque sólo unos segundos- en primera fila del pelotón. Él nunca malgasta una gota de sudor. Siempre se las arregla para perder lo justo. Esta vez, se mejoró y fue el primero de los favoritos en cruzar la meta.

A él, la escapada apenas le supuso desgaste, y para su equipo, no más de lo imprescindible. Lo justo para colaborar con los demás cuando la escapada de Santos González llegó a límites extremos, 13 minutos. Fue entonces cuando Unzúe, Belda y Juan Fernández se cruzaron llamadas por teléfono y decidieron poner orden.

Como resultado, quedan unas cuantas paradojas. El Kelme fue el equipo que más empujó. De hecho, entre Sevilla y Botero se repartieron la mayor parte del trabajo. Fue un trabajo bestial, que demuestra la potencia del equipo. Era un nuevo Kelme, comandando el grupo perseguidor, cuando el equipo de Belda siempre marcha por delante. Y curiosamente tiraban cuando el colombiano suyo Rafael Cárdenas ganaba la etapa. Tanto trabajo por detrás, evidentemente, iba encaminado a poner en bandeja un último ataque de Heras. En cambio, quien atacó fue Escartín. Heras no sólo se quedó con el grupo, sino que incluso perdió dos segundos. Tal vez le molestaron los golpes en la rodilla y la clavícula, consecuencias de una caída en los primeros kilómetros. Eso, al menos, alegó el escalador de las manos grandes. Según la gente del equipo, vio que tenía tan mala pinta la herida que se produjo (hasta se veía el hueso, fíjense), que, con el dolor que sufría, además, se temió lo malo, una fractura o fisura, y, dice, prefirió no forzar la máquina. En su equipo le creen. Más todavía. Lo usan para asustar a sus rivales. Fijaros, fijaros, hacen correr la voz como quien no quiere la cosa, fijaros cómo ha ido con miedo. Esperad a Aracalís, esperad. Ya veréis al gran Heras.

Con él, con el escalador bejarano que ve acercarse poco a poco la realización de su sueño, entró Igor González de Galdeano. Podría decirse: un no escalador, al lado de Heras. Un éxito. Pero relativo. El corredor del Vitalicio sufrió en el único puerto realmente interesante de la etapa (La Creueta), aunque se repuso.

Olano, el entonces líder, también puede decir: no soy escalador, sólo he cedido 14 segundos con Casero, y ocho con Galdeano y Heras, incluso he entrado con tres segundos menos que Ullrich. Pero también un balance relativo. Tuvo tantos problemas en un puerto mínimo que, en el momento en que llegue una etapa de auténtica alta montaña (la de hoy) no se sabe qué puede ocurrirle.

Y Ullrich, otro tanto. Es el gran enigma de la Vuelta. ¿Cuánto esperará el alemán a enseñar a todos quién es? ¿Quizás aguarda a hoy, en Arcalís, el lugar donde se vistió por primera vez de amarillo en la Vuelta y en el Tour que acabó ganando?

Todos tienen su pequeña excusa. Zülle, no. No pudo aguantar la velocidad que imprimió el Kelme a la carrera, y que su propio equipo había ayudado a lanzar. Zülle se dice a sí mismo que no está bien, da cabezadas, desesperado, y se queda. Así le ocurre siempre. Aunque sólo hayan pasado dos días de la etapa en que se veía en el espejo como un superzülle. Y entonces es capaz de perder minutos en proporción geométrica. Ayer, más de un cuarto de hora. Su Vuelta se acabó en La Creueta. La del resto tiene hoy en Andorra el día clave.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de septiembre de 2000