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VUELTA 2000 Octava etapa

Freire y Jiménez, por distinta puerta

Sus abandonos dejan la Vuelta sin dos figuras para las llegadas y los puertos de montaña

La Vuelta se queda sin dos figuras. Una para el llano; la otra para las cumbres. Dos personajes que salieron de la carrera el mismo día, a medio camino entre Vinarós y Salou; ambos por problemas físicos. Pero por distinta puerta. La Vuelta llorará el abandono de Óscar Freire. No el de José María Jiménez.El cántabro se ha descubierto para las grandes carreras. Ha redondeado el cambio generacional tan repentino que se ha producido esta temporada. Si han nacido nuevos hombres Tour, también ha surgido en la Vuelta un nuevo llegador, y no sólo para los sprints. En ausencia de Marcel Wust (ganador de cuatro etapas el año pasado, pero intentando recuperarse de una gravísima lesión en el ojo que posiblemente le impedirá volver a la bicicleta) y de otros sprinters extranjeros (Steels, Zabel, Zanini...), el campeón del mundo ha certificado el ocaso de Cipollini y ha dado un nuevo nombre a las llegadas. Ha sido el gran triunfador de la primera semana.

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Sus enigmáticos dolores le han apartado de la carrera antes de tiempo. No podrá llegar a su tierra, Torrelavega, en bicicleta y con el maillot de la regularidad, ante cientos de personas jaleándole en los arcenes. Lo hará en avión, con menos estruendo, y dos dolores, uno el físico y otro el que le provoca el desconocimiento de lo que realmente sufre. Ayer no se recuperó de unos pinchazos en el glúteo izquierdo que le habían surgido por la noche. Al parecer, la raíz del dolor surge de la espalda y baja por el cuerpo hasta las piernas. Después de varios meses de exploraciones, no consiguen encontrar el origen del mal.

A pesar de todo, Freire sale de la Vuelta por la puerta grande y sin la menor tacha. Con dos triunfos de etapa (Córdoba y Albacete) y una excelente fotografía en el alto de Morella, junto a los grandes.

José María Jiménez sale por la puerta de servicio, y con preguntas sin respuesta. ¿Por qué no permitió que su compañero Leonardo Piepoli le sustituyera en la salida de Málaga si tan mal se encontraba? No. El Chava no supo examinarse, comprobar cómo respondía su cuerpo y tomar la decisión de volver a casa, a El Barraco. Cerca de allí le atropelló un coche dos semanas antes de la Vuelta. En un principio le restó importancia. Ni siquiera avisó rápidamente al equipo. Pero la herida se le infectó, y la herida le turbó. Ya no era el mismo, decía. Y, sin embargo, arrancó. Una mezcla de valentía e inconsciencia.

Jiménez, un ciclista único, un personaje inclasificable, andaba por el pelotón despertando curiosidad. Es capaz de descolgarse cada día, de presentar el puesto 109º como su mejor registro en esta Vuelta, de haber perdido más de 50 minutos en sólo una semana de carrera, y de agarrarse a los coches para poder llegar algún día a la meta... Y esperar al Angliru para ganar la etapa. Si hay alguien que pueda hacer todo eso, ése es el Chava. Pero no. Hasta Asturias quedaban muchos días de sufrimiento, con una contrarreloj, varias montañas duras pero menos míticas... Y Jiménez dijo basta. Eran muchos días arrastrándose. En el kilómetro 48 se apeó.

Freire lo hizo en el 95, en el avituallamiento. En realidad, la etapa de ayer tuvo más interés detrás del pelotón que en la cabeza. Porque por delante apenas nadie se movió. A cola del grupo, en cambio, hubo otros corredores que se dieron de baja en la Vuelta, que a este ritmo lleva camino de ganarse la etiqueta de peligrosa. Y el Euskaltel, el premio pupas. Ayer perdió a su tercer corredor, Unai Etxebarria. Y también por una caída, en la entrada a Tortosa. Aunque se golpeó en la frente, su peor lesión fue una fractura de codo.

La carrera, pese a todo, nunca se para. Hubo seis corredores que procuraron apuntarse la primera escapada fructífera, pero el pelotón sigue rodando a tren y dispuesto a llegar agrupado en estas etapas. No llevaba dentro a Freire, pero sí a otros. Sobre todo a los italianos, poco satisfechos con el balance de los sprint. En Port Aventura, ya pudieron disfrutar, sobre todo Alessandro Pettachi (Fassa Bortolo). A él no le preocupa el abandono del campeón del mundo. Un enemigo menos; unas cuantas oportunidades más. Lombardi, sin embargo, sigue desesperado y cumpliendo la tradición de su compañero Zabel. Siempre hay una rueda que cruza la meta antes que la suya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de septiembre de 2000