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Entrevista:MUJERES EN ACCIÓN/1

MIRIAM TEY, editora "Trabajaría gratis: me equilibra mucho"

"Un poco por vocación y otro por casualidad", Miriam Tey, de 39 años, que siempre había trabajado en el mundo de los libros, montó hace cuatro la editorial Ediciones del Bronce.Se trata de una pequeña empresa dedicada a publicar libros étnicos de grandes escritores africanos o indios, desconocidos para el público español en general. Ahora lleva más de 100 títulos publicados, y hace dos años se asoció con Planeta, pero Miriam Tey afirma que le sigue gustando su trabajo, que se lo sigue pasando bien. En el gremio de los editores, sostiene esta mujer de larga melena morena, "hay gente curiosa, interesante". "Pero a la vez", dice, "es un mundo cargado de hipocresía y de autosatisfacción, poco autocrítico". A pesar de ello, Miriam Tey, madre de un niño de 12 años, que se define como impulsiva y apasionada, reconoce que "pagaría por trabajar".

Sí, bueno, es editora, pero en fin, lo primero que hay que decir de Miriam Tey es que es un monumento de señora. Morena de larga melena (hoy ha ido a la pelu y se le forman unos bucles estupendos), y alta como una jovencita de las nuevas generaciones, parece una mezcla de Gene Tierney y Rita Hayworth.Un pedazo de señora de 39 años, madre de un hijo de 12, hija de familia bien-muy bien ("sí, mi familia, muy bien, gracias"), que fue esposa de Claudio López Lamadrid, el editor, y que hoy dirige con mano firme Ediciones del Bronce, una pequeña editorial que publica libros étnicos, grandes escritores africanos o indios desconocidos en España.

La colección de Tey lleva ya cuatro años resistiendo dignamente los embates del mercado, más de cien títulos publicados, y hace dos que se asoció con Planeta, por lo que ahora Tey tiene un amplio y luminoso despacho en la sexta planta del edificio planetil, en la calle Provenza de Barcelona, donde en este preciso momento está tirando los tejos, llena de un descaro tímido arrebatador, a la cámara del fotógrafo.

Pregunta. ¿Qué se trae entre manos?

Respuesta. Una novela que le va a dar la vuelta a la editorial.

P. Diga, diga.

R. Se titula La biblia envenenada, y es de una mujer de Kentucky, Barbara Kingsolver, que relata a cuatro voces un viaje épico al Congo. Combina una crítica del colonialismo con las historias personales de ella, su padre, que es pastor evangelista, y sus dos hijas. Ha vendido cinco millones de ejemplares en Estados Unidos... Gusta mucho a las mujeres, lo cual supone que le gusta al 70% de los lectores.

P. ¿Y cómo se le ocurrió montar Ediciones del Bronce?

R. Un poco por vocación y otro por casualidad. Se entremezclan las historias profesionales y las sentimentales. Siempre he trabajado en editoriales. Empecé en Tusquets, con Claudio, estuve seis años en derechos y promoción y lo pasé muy bien. Luego estuve en Círculo, y en Columna. Entonces se me ocurrió que había este hueco, y fundé el Bronce. Lo que más he sido en mi vida es lectora, y creo que está muy bien dar la información que uno tiene a los demás.

P. O sea, que cree en el editor generoso.

R. Bueno, quizá por miedo a ser dogmática, o por falta de criterio, porque me horrorizaría ningunear a un genio. Pero si sólo leyera, haría mi biblioteca y ya está. El reto de este oficio es acertar con lo que le va a gustar al lector. Hacer accesible lo que te gusta y cuadrar los números a fin de año para poder seguir haciéndolo. Contra todos los pronósticos, a mí me sigue gustando lo que hago y me lo sigo pasando bien. Procuro que mi locura personal no se inmiscuya en el trabajo. O más bien, el trabajo me equilibra mucho. No se lo diga a nadie, pero trabajaría gratis.

P. ¿Y no le hubiera gustado más ser escritora?

R. Casi todas las profesiones, si funcionan, nacen de una frustración. Hay muchas profesiones, y muchos éxitos, basados en renuncias. De joven, como casi todo el mundo, escribí poemas y cuentos, y soñé con ser escritora, pero no me siento frustrada. Al revés, siento mucha satisfacción por leer cosas maravillosas de autores que te redimen del esfuerzo de escribir... La vida, de todas formas, dirige las cosas como quiere.

P. Pero una cosa es trabajar y otra es vivir.

R. No sé, yo soy muy impulsiva y apasionada, y tiendo a implicarme mucho y a llevarme el trabajo a casa... Prefiero no saber dónde están las fronteras, me va mucho el mestizaje.

P. Pues parece bastante organizada, centrada.

R. No soy especialmente organizada, más bien voy a trompicones, tirando con lo que me apasiona. Ando bastante desbordada, tratando de canalizar lo que los directores de colección aportan a la editorial. Es verdad que mi hijo, los amores y los amigos pasan por delante del trabajo, pero eso no impide sentir las culpabilidades de siempre, sobre todo con el niño. Claro, que al mismo tiempo piensas que es mejor que los niños encuentren una persona que ha tenido contacto con el mundo, que es mejor eso que quedarse en casa. Que la experiencia es un sacrificio, pero se recogen frutos. Da igual dónde esté la madre si él conserva la identidad.

P. ¿La catalana?

R. No, la de ningún sitio. Yo tengo raíces poco patriotas, ni afectivas, ni por país ni por familia. La tengo más bien desdibujada, voy montándomela más o menos cada día como puedo. Todos tenemos muchas personalidades, y yo espero poder desarrollar todas las que pueda.

P. ¿Cuáles más tiene usted?

R. En mis ratos libres hago decoración, y me lo paso muy bien, pero me gustaría cantar, o dedicarme a la radio, al espectáculo. Estoy abierta a propuestas de diversos tipos, y también me gusta mucho no hacer nada. Espero agosto con delirio para lagartear un poco.

P. ¿Y a dónde vamos?

R. A Menorca, que es un paraíso a escala pequeña.

P. ¿Fue joven rebelde?

R. Bueno, era la hermana mayor de seis, pero nunca me gustó ejercer. Me gustaba transgredir. No terminé Filosofía, y di más disgustos de los previstos, tuve una juventud poco disciplinada y poco sensata, más pasión de la que se me suponía. Por más que intento razonar, hoy sigo decidiendo con el estómago. Y supedito cualquier comodidad a la estética.

P. Resulta extraño que no haya incluido la poesía en su editorial.

R. Es un género muy difícil, con el que lo más fácil es estrellarse. Hay tantos, que la criba debería ser necesariamente brutal. Además, es curioso, pero nunca me he cruzado con poetas buscando libros no occidentales, o en los de la encrucijada entre lo occidental y lo no occidental, los herederos de su tradición que también conocen la nuestra. Quizá porque hay mucha literatura oral reconvertida, tan cargada de poesía que produce una narrativa que es, de por sí, muy poética, y que contiene un conocimiento alternativo, más espiritual, no tan cartesiano como el nuestro. A veces también un poco naïf, pero nadie niega la sabiduría de lo no adulto.

P. ¿Entonces, su catálogo es su obra?

R. No, no publico sólo lo que me gusta a mí.

P. ¿Y a quiénes reconoce como sus maestros?

R. Sobre todo, a Beatriz de Moura y a Miquel Alzueta.

P. ¿Y qué le parece el gremio, se lleva bien con sus colegas?

R. Hay mucho talento, pero la verdad es que es muy fácil convertirse en especialista de nada. Hay gente curiosa, interesante, pero a la vez es un mundo cargado de hipocresía y de autosatisfacción, poco autocrítico. Estamos demasiado encantados con nosotros mismos, y el día a día es tan cutre como el de los tornillos. El glamour es falso, pero es cierto que tanta sensibilidad te enriquece, es divertida.

P. Pero parece imponerse el editor-gestor, el ejecuta.

R. Cada vez cambia más el personaje, menos catálogo y más gestión. Está mal visto, pero yo no lo veo mal, es un personaje más fresco, más ágil, más abierto y menos prepotente. También más pragmático, lo que no quiere decir que sea estrictamente más sucio.

P. El mercado manda, y parece que lo que manda es inflar las cifras, las tiradas.

R. Claro, los libreros reciben los libros en depósito, o en semidepósito, y ahí se monta la rueda. Cada vez hay más oferta y más lectores, y eso probablemente enturbia el mercado, pero lo mismo pasa con la música, el teatro, el cine o el ballet. La gente tiene mucha más información, aunque quizá hace falta todavía más criterio. Eso es un cambio, pero está bien que el editor deje de ser un pedagogo. Se acabaron los tiempos del editor endiosado, el público manda, y resulta que ese público que tanto miedo nos da está formado por lectores, gente con su criterio, a la que hay que dejar elegir libremente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de agosto de 2000