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EUROCOPA 2000 La selección

"En ese momento, me quería morir"

Molina asume el error en el gol de los noruegos, pero considera que la responsabilidad en los fallos es asumida por todo el equipo

El pico izquierdo del área de España, esos cuatro metros cuadrados, fueron el escenario verde y austero de la tragedia de Molina. Un "infortunio" futbolístico, en el término que empleó Camacho. "Un error mío", según la confesión del portero. Cuestión de centímetros. Del gesto de una mano. De un cabezazo. De dos hombres que saltan contra una pelota, y quedan suspendidos durante un instante en el aire. En el pico del área izquierda de España. La tragedia se resolvió en un acto, fugaz, vertiginoso, cargado de gritos, de órdenes, de movimientos impetuosos. Con el ruido de 40.000 hinchas gritando en medio del fragor del estadio Die Kuip, bajo los voladizos de hojalata recalentados por un sol que declinaba. Un sol que dio de lleno en la cara de Molina cuando intentó agarrar ese balón que caía en picado. Antes de que Steffen Iversen diera uno, dos, tres pasos y saltara a por él. ¡Bum! Con un golpe de cuello, la pugna estaba ganada. El balón voló en parábola hacia el arco. Molina cayó. Se giró y vio el gol. Noruega se había salido con la suya. A fuerza de balones aéreos y esas armas del fútbol primigenio que se le dan de perlas, había golpeado a España hasta dejarla tumbada. Y de pronto, Molina apareció en el círculo luminoso, como el culpable más aparente. Estaba hundido. Se quiso morir."En ese momento, me quería morir", murmuró al salir del vestuario. "Sientes que el mundo se te viene encima. Que has cometido un error y que la culpa es tuya, y nada más. Ahora estoy normal, bien. Sé que la responsabilidad por los fallos se asume entre todos, igual que los triunfos. Para eso somos un equipo. Pero en ese momento, me quise morir. Estás hundido". La frase más manida con que le socorrieron sus compañeros fue aquello de que lo ocurrido son "cosas del fútbol". Eso es lo que aseguró Raúl, por ejemplo, después del partido.

El técnico, José Antonio Camacho, se dirigió a Molina tras el encuentro. "Tú no eres culpable de nada", le espetó. Más tarde, el seleccionador aseguró ante la prensa que la responsabilidad de Molina por lo ocurrido era muy relativa. Y dio un ejemplo: "Es como el jugador que debe lanzar un penalti para decidir un partido y lo falla. Eso no significa que sea responsable del mal resultado de su equipo. Lo que le ocurre, como lo que le ocurre a Molina, es que ha tenido mala fortuna. Ha sido una acción de mala fortuna. Una jugada aislada".

"Todo lo que ha hecho Noruega es defender con ocho, o con nueve detrás de la línea del balón. Eso es todo lo que ha hecho, además de colgar balones al área de España. Nosotros hemos sido mejores. Hemos tenido el balón, hemos atacado permanentemente, hemos intentado hacerlo bien... pero el fútbol es así", señaló Molina.

El fútbol tiene esas cosas, según el guardameta internacional. Y esas cosas son paradojas. No tienen lógica. "Por más y más que lo repase, nunca lograré comprender lo que hice, ni por qué fallé... el fútbol tiene esas cosas", se lamentó Molina, que dejó el estadio pálido y en apariencia relajado. Su nariz torcida hacia la izquierda parecía más torcida que nunca. No se le escapaba un gesto extraño, un rictus de tristeza ni de abatimiento. Era la máscara. Porque Molina se hace dar una hora de masajes para liberar la angustia cada vez que se entera de que no será titular al día siguiente. Pertenece a la clase de futbolista que observa su oficio con detenimiento. Es un competidor obsesivo. Se tensa, se traga el odio, o se come la alegría, según el caso. Según los detalles más mínimos que hacen al fútbol. Vive en la introversión, pero con intensidad. Detrás de su aspecto tranquilo, se esconde una gran preocupación por cumplir siempre.

Y ayer, José Molina no dudó en asumir el riesgo cuando vio que el portero sueco, Thomas Myhre, sacaba la falta y lanzaba el balón hacia su área a 70 metros de distancia. "Lo ví claro, fui a por el balón, pero me lo comí", dijo después. La bola surcó el cielo. "¡Es mía!", le gritó a Paco, pidiéndole la pelota. El central se detuvo y no alcanzó a reaccionar cuando vio a Iversen pasar como una bala. Iversen se lanzó hacia el pico izquierdo del área de España. El resto fue pura tragedia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de junio de 2000