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Tribuna:

Metrópolis tribal.

Hace unas semanas, los informativos que dieron cuenta del último Primero de Mayo fueron ricos en imágenes bien distintas entre sí. En Moscú pudimos ver los restos espectrales de antiguos esplendores y algunas siluetas patéticas cargadas de pasado se desvanecían, vociferantes e indefensas, en la inmensidad de la plaza Roja. Desde Roma llegaron imágenes insólitas de multitudes sindicales, temibles hasta hace poco, rendidas a los pies del Papa, sustituyendo manifestaciones por misas. Mientras tanto, Castro, en La Habana, había cambiado sus botas militares por unas zapatillas deportivas, poco acordes con la marcialidad del uniforme, y se disponía a actuar una vez más como prestidigitador de masas recurriendo al tortuoso caso del niño balsero. En Berlín se reproducían los choques habituales entre izquierdistas y neonazis, y el centro de Londres parecía arrasado por uno de esos estallidos que súbitamente encienden las ciudades británicas y que siempre nos sorprenden por su violencia y por su fugacidad. No era esta última una protesta modesta, puesto que se dirigía -así, enorme y abstracta- "contra el capitalismo".Aquí, en España, las imágenes eran poco llamativas, si exceptuamos la amplia participación de los inmigrantes en algunas de las marchas. Llamaban particularmente la atención las que procedían de El Ejido porque en esta población se habían convocado, al parecer, dos manifestaciones diferentes, y, en una, los magrebíes habían desfilados bajo las siglas de los sindicatos mayoritarios, mientras que en la otra los trabajadores subsaharianos, con un aire mucho más festivo y danzante, se cubrían aparentemente con los colores rojinegros de una organización anarquista. Con seguridad, esta escisión debía de responder a intereses inmediatos distintos de ambas comunidades inmigrantes, pero podía jugarse también con la idea de que la educación islámica encajaba con el fondo judeocristiano del socialismo europeo, en tanto que las concepciones libertarias podían amparar mejor a hombres espiritualmente crecidos en otras tradiciones religiosas y, quizá particularmente, en los animismos.

Más allá de las ciudades, los informativos de aquel día nos acercaban también, como es habitual, a los sucesos acaecidos en múltiples partes del planeta, pero que, gracias a la fuerza evocadora de los medios de comunicación, tienen en común el pertenecer a una brumosa e indefinible frontera de penumbra que acecha el reinado de la luz que la publicidad universal proyecta sobre el mundo. Si ya los esporádicos disturbios en nuestras ciudades parecen ocurrir en lejanas fronteras, mayor es la lejanía y la oscuridad de esas guerras perdidas en las periferias de la época.

Junto a las noticias de la fortaleza recibimos también las noticias de la frontera. Y aquel día, desde la frontera, llegaban mensajes de Kosovo y Chechenia, y luego, cada vez más pálidamente, como ondas concéntricas que se alejan, los ecos de la penumbra más exótica y siniestra, las imágenes de esos conflictos cuyo interés radica precisamente en su exotismo y en su crueldad, además de ser la materia prima predilecta para las esporádicas filantropías. Etiopía, Eritrea, Mozambique, Sierra Leona: nombres de frontera y de penumbra que crecen repentinamente con las barrigas hinchadas de las hambrunas y las mutilaciones de los desvaríos bélicos para hundirse de nuevo en poderosos olvidos. El neón del anuncio tiene tanta luz que devuelve rápidamente aquellos destellos a su oscuridad.

Incluso la frontera más próxima es -al menos de momento- una frontera lejana y hacemos soportable esa insoportable cosecha de cadáveres que están convirtiendo el estrecho de Gibraltar en un cementerio de miserables y, para nosotros, en un mar de vergüenza. También los informativos de ese día hacían el lúgubre balance cotidiano, pero aquellas patrulleras, aquellas pateras que invitan al vacío, aquellos náufragos, aquellas balsas de plástico conteniendo muerte están muy alejados, incrustados en la frontera de penumbra. No afectan la ambición, la pereza autosatisfecha, la codicia y la siesta mental de la fortaleza. De momento.

De momento, la pertenencia -o la ilusión de pertenencia- a la Aldea Global hace que expulsemos los conflictos hacia las tinieblas exteriores. La luz de la pantalla nos pone a salvo con su extrema horizontalidad: la pantalla plana de la televisión, la pantalla plana de la publicidad, la pantalla plana de la política. No hay distinción entre estadísticas y alma, entre beneficio y pasión. A pesar del vértigo de imágenes -o gracias a él-, la horizontalidad es completa, sin relieve. Así vemos nuestra fortaleza, nuestra Aldea Global.

Pero, a veces, cuando despertamos -¿del sueño?, ¿de la pesadilla?- contemplamos la imagen simétrica e invertida. Desaparece la fortaleza, y ese centro aparentemente sólido en el que nos acogemos se disuelve en mil periferias. La Aldea Global no era, en realidad, si no la Metrópolis Tribal. Las lejanas fronteras de penumbra están en nuestros barrios o, lo que es más decisivo, están en nuestras mentes. La incertidumbre, con sus verticalidades, es la otra cara de nuestra seguridad horizontal. Y quizá sea bueno empaparse de incertidumbre para reconocer los infinitos rostros que gozan y sufren más allá de la luz cegadora de la pantalla.

La información más detallada de aquella noche no se refería, sin embargo, al Primero de Mayo ni a las últimas guerras ni a nada sucedido en el imperio, sino al emperador. El emperador estaba aburrido y así lo hacía saber a sus súbditos. Resultaba como mínimo curioso que el carrusel de imágenes en el que se reflejaba la complejidad del mundo culminara con una visión que nos introducía a la simplicidad del imperio. Que en esa visión Clinton lavara su coche, cocinara una hamburguesa o se hiciera el gracioso con un óscar era ridículo o grotesco, según se quiera, pero más agresivo era que, quien no ha ahorrado violencia armada en sus dominios, jugara a barquitos con un general.

Lo peor, no obstante, era el mensaje de aburrimiento. Recuerda inevitablemente las crónicas sobre aquellos emperadores romanos en las que a la sensación de seguridad le seguía el sentimiento de tedio, a menudo hastío, y, a éstos, el recurso a la arbitrariedad absoluta. Pero Clinton, con su gesto voluntariamente universal -la difusión del vídeo-, no sólo reflejaba su propia seguridad, sino la seguridad de la fortaleza.

Pese a las pequeñas salpicaduras procedentes de la frontera, la atmósfera que se respira en la fortaleza es segura y confiada, de manera que un caleidoscopio de imágenes como el proporcionado este Primero de Mayo queda rápidamente contrarrestado en la retina por nuestros sofisticados focos de trivialización. Alejada la frontera, y sus aires inquietantes, todo es estable, sólido, si bien, en ocasiones, quizá cuando despertamos del letargo, el mundo pierde sus perfiles definidos y se presenta ante nuestros ojos como una gigantesca crisálida a la espera de su próxima metamorfosis.

A la mañana siguiente, paseando por el centro de la ciudad, vi a un grupo de jóvenes ejecutivos que bromeaba acerca de las consignas pintadas en las paredes el día anterior por manifestantes radicales. Reían porque se sentían seguros y confiados, y probablemente tenían razón. Pero, sin saber por qué, me hicieron pensar en la crisálida.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de junio de 2000