Tribuna:A LA MEMORIA DE GARCÍA AÑOVEROSTribuna
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Miradas y razones

Tal como le recuerdo, aunque inquieto, Jaime reposaba la mirada lo suficiente sobre la gente como para verla. Solía ser cuidadoso en los detalles y sensible a las personas, y eso se traslucía en su manera de hablar, que era la de hablar razonando. Su discurso seguía una línea quebrada que, a cada momento, parecía girar para introducir un apunte o hacer un comentario con los que, casi siempre, no hacía sino anticipar una objeción y darle respuesta. Su forma de razonar era la de un razonar dialogando, repleto de aparentes interpolaciones que eran parte de la estructura dramática del diálogo. Y porque dialogaba era su actitud la de quien, defendiendo con firmeza sus puntos de vista, no sólo se atiene a razones sino que está a la espera de las del contrario y dispuesto a dejar el tema abierto, y la conclusión, pendiente.En los lugares de encuentro donde le frecuenté más le veía primero argumentar y, luego, remar contra corriente, sin ceder al sentimiento dominante pero sin dejar, tampoco, de tenerlo en cuenta, de modo que nunca acababa yo de saber si él esperaba convencer o si, suavizando el enfrentamiento, leal y amistoso pero a veces distante, lo que buscaba era llegar a la otra orilla y ver pasar el río de una sinrazón quizá recuperable, quizá irrecuperable, pero de la que tampoco había que hacer una tragedia.

Un hombre así era un hombre de paz, o al menos de tregua. Si había batalla, se daba, y con tenacidad, pero sólo hasta el punto necesario, y sin ahondar la herida. Nada que ver con la ofuscación de las gentes atemorizadas. Nada, con el ahínco de temperamentos más fogosos, o simplemente cainitas. Político y jurista, parecía como si, atento a ganar sus debates y sus pleitos, pensara, sin embargo, que la política y las leyes eran más para resolver los conflictos que para enconarlos. Quizá porque le alentara un sentimiento de la vida como algo demasiado importante como para dejarla irse y, envuelto en ruido e ira, o distraído, ni siquiera despedirse de ella.

De personas así, no cabe decir que sean frecuentes. Y al irse, aparte de dejar un hueco emocional, más o menos profundo según el afecto que a cada cual le toca, nos hacen el don de un recuerdo que es una incitación a mirar en torno nuestro, contrastar lo que queda con lo que se ha ido y tratar de retener algo de éste, si no modificando el mundo al menos viéndolo con ojos distintos.

Descuidamos a las personas, en parte por prisas, en parte por un error de juicio. Quizá los tiempos modernos nos han dejado con el reflejo adquirido de responder a los estímulos con un movimiento uniformemente acelerado. Las prisas de hoy son la multiplicación de las de ayer. Que el e-mail y la navegación por Internet nos hagan ahora vivir en vilo, como si la vida pendiera de no perder la última información, cotización o sondeo de opinión, no hace sino poner de relieve, bajo formas extremas y los ropajes del "futurísimo", una propensión a devorar el instante presente, que se combina a veces con una inclinación, favorecida por la concentración del poder político y económico de los tiempos modernos, a esperar del signo de favor del poderoso poco menos que la salvación del alma.

Evidentemente, hacen falta dosis severas de obcecación para llegar a este punto. El hecho es que ese vivir desviviéndose con tanto afán hace a las gente descuidadas de "los detalles" (los gestos, las personas, los argumentos...) y proclives a un razonamiento espasmódico. Y así puede suceder que, débiles los eslabones de su discurso e indecisa su sintaxis, las gentes hipertrofien la fase dogmática de su pensamiento, se enreden en esencialismos y debates verbales y reiteren una y otra vez sus ideas fijas... que arrojen a sus adversarios. Esta rigidez argumentativa aqueja sobre todo a los más apresurados, que, por una ironía de la situación, suelen ser las élites, mientras que al común de los mortales la necesidad de atenerse a cosas concretas y próximas les facilita el recurso al sentido común.

Jaime, comprendiendo a las primeras, estuvo siempre muy cerca de los segundos, y, como su mirada atendía a los gestos y las personas, así su razonamiento procuraba adaptarse a la verdad de cada una de las cosas. Con tiento y con paciencia, prestaba su consejo amistoso y lo dejaba abierto, probablemente confiando parte en su valor y parte en su coincidencia con la dirección del viento. Como si sospechara que si las cosas se consiguen, y la amistad es una de las más importantes, no es tanto por el mérito o la búsqueda cuanto porque la vida nos hace tropezar con ellas.

Víctor Pérez Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 11 de mayo de 2000.

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