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Arte de la vela

Muy pocos puertos tan apropiados como el de Cádiz para acoger a los grandes veleros que aún se desplazan por las rutas inmemoriales del mar. Sin duda que se trata de una condición física, pero también de un merecimiento histórico. Eso es lo que ha podido constatarse una vez más con ocasión de la llamada Gran Regata 2000, esa travesía entre Cádiz y las Bermudas en la que compiten los más impresionantes barcos que han sobrevivido a los contrarios vientos de la navegación a vela.El puerto de Cádiz siempre ha sido un ilustre albergue para navíos ilustres, y a la vez un vínculo excepcional entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Como ocurría a lo largo del siglo XVIII, cuando la ciudad era sede de la Casa de Contratación para asuntos de Indias, la dársena del puerto comercial y el muelle pesquero se han visto ahora literalmente convertidos en una fascinante selva de arboladuras y jarcias. Fondeados, atracados, abarloados, los mayores veleros del mundo se han concentrado en Cádiz junto a otros de menor porte, no ya para ofrecer un espectáculo de veras suntuoso, sino para representar una función irrepetible: la de retrotraer al espectador a un tiempo del que ya apenas quedan crónicas, maquetas, pinturas.

El escenario portuario de Cádiz remitía efectivamente a las viejas imágenes de una ciudad que, según el pulido verso neoclásico, mereció ser llamada "emporio del orbe". Sin llegar a semejante exceso, y limitando la visión a la mar de la bahía, Cádiz sí parecía reproducir aquel hervidero de gentes que despedían o recibían a las flotas avezadas en los rumbos ultramarinos. Ya se sabe que cada una de esas navegaciones era un azar y una novela. Pero ahora, este último fin de semana, la panorámica espectacular de los barcos contrastaba con los festejos programados en el muelle. Imposible conciliar la estampa admirable de los veleros que surcaban el Atlántico, con el trajín desmesurado de la multitud que bullía por los andenes portuarios y compartía, incluida la lluvia, el regocijo de una ciudad que presume de ser, y con razón, la más antigua de Occidente. Los anacronismos también tienen en este caso un poderoso componente de seducción.

La mayoría de los grandes veleros que se congregaron en Cádiz son de propiedad estatal. Tampoco hubiesen podido sobrevivir de otra manera. O son buques-escuelas, como el bellísimo Juan Sebastián Elcano, o hacen las veces de flotantes museos navales. Sólo los de menor eslora, salvados heroicamente en su mayoría del desguace, pertenecen al venerable patrimonio de los hijos de la mar. Ellos son también los que han aportado a los derroteros gaditanos de cada día su correspondiente ejemplo de mareantes. La regata quizá fuese lo de menos. Lo verdaderamente extraordinario ha sido esa asamblea de veleros -más de medio centenar- que arribaron a Cádiz desde distintos puertos de Europa para hacer posible lo insólito: no tanto para poner a prueba sus respectivas pericias en una competición náutica, como para ratificar juntamente una apasionante visión retrospectiva de las artes de la navegación a vela.

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