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La hora de Anelka La tarde de Montjuïc y las lesiones de Morientes y Savio fijan todas las miradas en el francés

"Ya estoy un poco agobiado de hablar siempre de Anelka". Vicente del Bosque, el entrenador del Madrid, nunca se reprime si tiene que expresar un cierto hartazgo del ruido que produce el fútbol. Y Anelka genera estruendos mediáticos. "Hay otros 20 jugadores igual de importantes en la plantilla, pero llevamos toda una temporada hablando de Anelka. Eso no le hace bien a nadie. El primer perjudicado es el jugador". Las palabras del técnico, siempre monocordes, pretenden normalizar la situación del delantero francés. Porque todo el mundo le pregunta por Anelka. Siempre, y por cualquier motivo. Cuando se encabrita y no acude a los entrenamientos. Cuando juega mal. Y hasta las pocas veces que lo hace bien, porque, si todo es excepcional cuando se habla de Anelka, sus buenos partidos se cuentan con los dedos de una mano. Uno de esos partidos se disputó el sábado, y la gente ya anda expectante por ver si será capaz de repetir su actuación de Montjuïc, donde dio un pase de gol. Por eso, hoy, el Bernabéu escrutará la delantera de su equipo buscando una respuesta en el juego que exhiba el jugador de zancada de pantera. Y quizás termine como los madridistas de Montjuïc, haciendo la ola al grito de "¡Anelka, Anelka...!". O concluya pitándole, para satisfacción de un buen puñado de sus compañeros, que prefieren no verle. "¡Que juegue Meca, que juegue Meca...!", reclamaba uno de ellos el lunes pasado, con socarronería.

"Veo a Anelka y se parece a un pura sangre asustado", dijo Diego Maradona hace unas semanas. Maradona sólo lo había visto en una pantalla de televisión. Basta con eso para emitir un dictamen más o menos certero. Porque desde que llegó al Madrid, el francés vive en tierra extraña. Convertido en agosto pasado en el jugador más caro de la historia del fútbol español, su contrato pasó a ser motivo de envidia para sus compañeros: con 20 años equiparó su sueldo -del orden de los 400 millones de pesetas- al de Raúl, el estandarte del equipo, por no mencionar a otros veteranos con igual número de galones.

Su cariz poco sociable no le ayudó a ganarse aprecios. Ni a Roberto Carlos, que procuró integrarle a fuerza de hospitalidad carioca y chistes verdes, le concedió un mínimo de atención. Tampoco le pareció correcto a los capitanes que Anelka reclamara la titularidad como un derecho inherente a su condición de estrella. Sus méritos son escasos: ha marcado un solo gol en Liga, y tres en el Mundial de Clubes de Brasil. Ante la negativa del técnico a darle la titularidad, en detrimento de Morientes, se declaró en rebeldía. Fue suspendido de empleo y sueldo. El presidente, Lorenzo Sanz, le busca destino desde hace semanas. Pero una lesión de -ironía- Morientes fuerza hoy su titularidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de mayo de 2000