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Tribuna:

El mal de las puertas JUAN JOSÉ MILLÁS

¿A dónde va toda esa gente solitaria? Va a más, vamos a más, decíamos ayer. Y de qué modo. Álvarez del Manzano confundió un pleno del Ayuntamiento con el programa Tómbola y proclamó, a cambio de cinco millones de pesetas, que está loco por su mujer, Eulalia, Eulalia, de la que no puede separarse ni un minuto. A la misma hora, Rodrigo Rato se presentaba en un colegio de Madrid y se hacía un lío con las pesetas y los euros. Vamos a más, a más. Piqué no sabe, no contesta, cuando le preguntan por el alzamiento de bienes. Si Álvarez del Manzano padece eulalia, Piqué sufre dislalia. No articula en el momento de recibir el estímulo, sino unos segundos más tarde, como si en lugar de por el alzamiento de bienes le estuvieran preguntando por el Alzamiento Nacional, que quizá sea una versión distinta de lo mismo. Ignoramos qué labores de campaña ha encomendado el PP a este ministro, pero deberían llevar cuidado con él porque da miedo al personal. Piqué produce en el espectador esa inquietante extrañeza característica de los autómatas. Mueve los ojos sin venir a qué, de forma maquinal, mientras carga en el disco duro la información solicitada: por eso tarda en responder unos segundos que le ponen a uno la carne de gallina. Recuerda a esos personajes de los vídeojuegos antiguos que se paralizaban un instante cada vez que cambiaban de pantalla. Y la banda sonora de su risa no siempre está sincronizada con el significado de las oraciones gramaticales que reproduce. Un día se le escapa una risa patibularia al elogiar el periodismo de investigación por el que hemos sabido que Pinochet se hace pis, y al siguiente se le escapa una censura informativa a Tele 5, o a la SER. Hay tantas formas de enuresis como estrellas en el firmamento.

Bien pensado, quizá lo de Piqué no sea dislalia, sino ventriloquía, pues en ocasiones da la impresión de que algo o alguien se manifiesta a través de él. En cualquier caso, haya o no alguien dentro de su cuerpo, Aznar debería considerar que no todo el mundo sirve para todo. La polivalencia es un sueño imposible del capitalismo salvaje. Piqué es un excelente "optimizador" de los pagos a Hacienda, incluso un excelente ejemplo de reconversión existencial, pero como portavoz está perdido, no ya por su dislalia ideológica, sino por la dislexia económica que se manifiesta en esa confusión entre los intereses públicos y los privados. Este hombre no debería hacer campaña, debería hacer cuentas. Es mejor que Piqué enseñé a los niños cuántos euros son 2.000 pesetas y que Rato nos explique qué sucedió en Ertoil. Muchos dirán que es un follón que el portavoz se dedique a las cuentas y el contador a la portavocía, pero esa confusión es al fin y al cabo un signo de los tiempos. Todo está fuera de lugar, de sitio, de precio, de valor. Además de eulalia, dislalia y listerosis, padecemos del llamado mal de las puertas, que consiste en estar fuera de quicio. Ahí tienen a Arzallus lamentándose de que la gente, siguiendo ciegamente las instrucciones del Cesid, se deje matar por ETA para amargarle a él la digestión del patriótico bacalao al pil pil.

¿A dónde va toda esa gente solitaria? A más, a más, va a más. Esto es como cuando uno observa los primeros minutos de Tómbola y piensa que el guionista ya ha agotado todos los recursos. Hasta que asiste a la segunda parte. O al segundo brote, que con frecuencia es más virulento que el primero. El segundo brote de la campaña va a más, aunque todavía no sabemos de qué hablan cuando hablan de amor. Lo que no quiere decir que no nos alegremos por doña Eulalia. ¿O deberíamos decir doña Dislexia?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de febrero de 2000