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Una mujer contra el Vaticano

Enfrentada al peor dilema de su vida religiosa: mantenerse fiel a sus principios y defender el sacerdocio femenino y los anticonceptivos dentro del matrimonio, o bien acatar la doctrina del Vaticano, la hermana Lavinia Byrne, miembro de la orden católica británica de la Bendita Virgen María, ha decidido colgar los hábitos. Muy conocida en el Reino Unido por sus programas radiofónicos de reflexión moral, emitidos por la BBC, resolvió abandonar el convento el pasado martes, después de haber sido conminada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) a retractarse en público de sus ideas.Bien peinada, con unos sobrios pendientes y vestida de calle, la hermana Byrne no parece una monja tradicional. En su choque con Roma, sin embargo, su aspecto ha sido lo de menos. A los 52 años, sus únicas posesiones mundanas son una silla y dos radiadores, bienes que en nada vulneran el voto de pobreza hecho a los 17 años. Tampoco el de castidad le ha supuesto problema alguno. Con la obediencia, la tercera promesa que configura su estado religioso, la cosa cambia. Su libro La mujer ante el altar ha provocado un auténtico terremoto teológico en el Vaticano, resuelto, según ella, con insospechada rudeza.

De poco le ha servido a la religiosa la sólida reputación intelectual ganada con su docencia en la Federación Teológica de Cambridge, donde estudian novicios anglicanos y mujeres católicas seglares. Su defensa del derecho de estas últimas a ser ordenadas sacerdote, unida al apoyo de los anticonceptivos en el seno del matrimonio, ha chocado, respectivamente, con dos escritos papales claros y solemnes. El primero es un reciente documento que restringe el sacerdocio a los hombres. El otro es nada menos que la encíclica Humanae Vitae, contraria al uso de métodos contraceptivos entre los creyentes, sea cual fuere su estado civil. Sabedor de los problemas de la hermana Byrne con Roma, el difunto cardenal Hume, cabeza de los católicos británicos, intercedió por ella en vida en más de una ocasión.

El prelado la calificaba de "persona respetada que ha hecho mucho bien", pero el título La mujer ante el altar fue prohibido y 1.300 copias confiscadas por orden vaticana. Algunos comentaristas apuntaron ayer que se había hablado incluso de quemar los volúmenes, hecho que no ha podido ser confirmado. De haber ocurrido, la última sorprendida hubiera sido la autora.

Al explicar las razones de su renuncia, ella ha denunciado sin pestañear las presiones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger. "Ha aplicado técnicas propias de la Inquisición para intimidarme", ha dicho. Después de resistirse durante algún tiempo, la exigencia de que la religiosa expresara en público su apoyo a la doctrina católica en los dos puntos en litigio, forzó su marcha. "Mi roce no es con la comunidad de católicos británicos. Sigo considerándome un miembro leal y comprometido de la Iglesia católica, y una entusiasta de la orden de la Bendita Virgen María. Mi problema de conciencia resultó insostenible cuando me pidieron que renunciara en voz alta a mis ideas", ha reconocido sin perder un ápice de su agudeza de juicio.

"Las religiosas realizan algunos de los trabajos más arriesgados de la Iglesia católica, ya sea entre los necesitados o bien en hospitales, escuelas y universidades. Dudar de su integridad es demasiado fácil y mina su compromiso evangélico", añade la religiosa, que emplea sin temor el término acoso para definir el trato recibido por Roma.

Una vez pedida la dispensa para salir del convento, su mayor pesar es el trato recibido por parte de los miembros de la Congregación que han llevado su caso. En lugar de dirigirse a la todavía hermana para analizar a fondo la disputa, la administración eclesial se transformó "en una forma de burocracia sin rostro que condena a las personas sin escucharlas siquiera". El hecho de ser mujer, cree, complicó aún más las cosas. Como si el destino de las católicas fuera hacerse invisibles. "Hay que ser devotas, rezar mucho e ir a misa. Parece que a Cristo sólo pueden representarle los varones".

Defendida sin reservas por John Wilkins y Kevin Flaherty, directores de sendas publicaciones católicas británicas, Tablet y Catholic Times, su choque con Roma ha arrojado nueva luz sobre la figura de cardenal Ratzinger, que lleva 18 años al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Su firmeza se ha hecho notar en toda Europa, pero Inglaterra y Gales contaban con la figura de Basil Hume para defender una cierta "singularidad" sin chocar con la jerarquía eclesiástica. "Seguro que la Congregación tenía buenas intenciones, pero ha actuado como si fuera la guardiana del pensamiento mismo", ha lamentado Flaherty.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de enero de 2000