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Tribuna:

La secta de los egoístas de Alicante

Es tan interesante como auténtica la rarísima secta de los egoístas que se originó en París a principios del siglo XVIII. Esa especial secta o escuela filosófica sostenía que solamente existe el yo mismo (ego) y que todos los demás entes o criaturas son sueños suyos. Evidentemente, se trata de un tipo de egoísmo teórico, muy próximo al solipsismo (del latín solus ipse, el mí yo solo al que los solipsistas reducen todo lo existente) y distinto a su vertiente práctica, que puede definirse como quien únicamente se ocupa de su propio interés y a las demás personas las utiliza de herramientas vivas a fin de satisfacer sus antojos. A este tema tan sugerente, para a quienes les apetezca investigar en los entresijos profundos del alma humana, se puede acceder desde distintos tipos de investigación: psicológica, filosófica, literaria;histórica, sociológica, etcétera. Parece más entretenida la vertiente literaria y más interesante la filosófica. En el primer aspecto, he deseado describir las consecuencias teóricas y prácticas de esa peculiar escuela filosófica parisina y, por ello, he recreado literariamente (en la novela La secta de los egoístas) una asociación contemporánea de ese tipo fundada y ambientada en la ciudad de Alicante. Esa particular secta alicantina se basa en los presupuestos metafísicos de la de París, pero con un tipo de vivencias muy próximas a un tipo de materialismo funcional bastante salvaje. El tratamiento novelístico permite que el gran público, especialmente el ajeno al lenguaje filosófico más enrevesado y profundo, descubra de una manera entretenida estos temas especulativos nada desdeñables. En lo relativo al segundo aspecto, una buena iniciación filosófica consistiría en analizar los escritos sobre el amor propio de Aristóteles, Kant, Schopenhauer; Nietzsche, Unamuno, etcétera. Partiendo de esa base e investigando en los ensayos donde han mostrado sus ideas sobre este asunto los pensadores mencionados, y con la más que conveniente especulación y creatividad personales, se podría examinar con profundidad conceptual este tema tan atrayente.Por descontado, es imposible no ser egoísta hasta cierto punto, pues nuestra herencia genética y la evolución animal busca la supervivencia de los más aptos y no se suele tener la menor misericordia con los peores adaptados al medio, sino que generalmente no sobreviven a la lucha por la vida, tanto en el ámbito individual como en lo relativo a las distintas especies. Hasta el mismo altruismo dentro de las distintas parejas monogámicas de animales (incluido el ser humano) no resulta ser tan desinteresado como muchos piensan: los progenitores luchan por sus descendientes porque está determinado en sus propios genes, por ser una de las formas de manifestarse el amor propio y como una manera egoísta de que sus genes pervivan en los hijos más allá de la muerte de los padres. Por desgracia si quieren, mas resulta ser una verdad tan evidente que se basa en las mejores investigaciones naturalistas de Charles Darwin, Richard Dawkins, Desmond Morris, etcétera. En consecuencia, el egoísmo se halla inmanente en cada ser humano como constitutivo natural de toda especie animal. Debido a ello, los escasísimos individuos que se preocupan más de los demás que de sí mismos -que van, por así decirlo, de esclavos por la vida-, la mayoría creemos que, en vez de tratarse de seres excelsos, pertenecen al conjunto de personas que muestran una carencia vital de suma trascendencia: de tanto no pensar en sí mismos se los considera tontos, por atentar contra uno de los impulsos más fundamentales de la vida animal, el buscarse cada uno su propia felicidad de manera fundamental y prioritaria. No obstante, el problema más grave no se encuentra en esos individuos, sino en otros muchos más numerosos que practican un tipo de egoísmo brutal; debido a lo cual no atesoran verdaderos amigos porque casi todos sus conocidos les huyen o les dan de lado, siempre que puedan o no los necesiten. Por esa razón, el común de los mortales se recluye en su familia o en sus pocos amigos, si los tiene, y no quiere saber nada de los demás: no se fía de sus semejantes porque los considera sus enemigos. De ahí que aseverara Thomas Hobbes lo de Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Lobos o adversarios cuando sus intereses chocan con los nuestros; lo cual sucede muy a menudo dado que el egocentrismo nos convierte a muchos en ambiciosos y envidiosos hasta límites demasiado ridículos. Si bien no podemos dejar de rendir culto al amor propio, sí que debiéramos intentar ser menos interesados, ya que la egolatría desmesurada se suele convertir en un arma que hiere de rebote al mismo ególatra. El egoísta brutal no puede conseguir demasiados beneficios de los demás: ya se han hartado -a veces, hasta los mismos padres- de portarse bien con alguien tan desagradecido. Así pues, al ególatra casi absoluto le interesaría serlo menos para poder servirse de los demás a placer, pero no lo logra ya que le ciega el entendimiento esa exageración individualista. Tal amor a sí mismo en ocasiones alcanza su grado máximo, cuando una persona es tan miserable que ya ni se ocupa en proporcionarse placer o bienestar: de tanto pensar sólo en su beneficio, ya ni siquiera lo consigue y, pese a que disponga de dinero, vive en la pobreza. Ahí está el problema de convertirse alguien en miserable en exceso: uno puede al final serlo consigo mismo al adorar el dinero o cualquier excentricidad, mientras se vive con un nivel de vida muy inferior a la posición social o económica. Aunque normalmente se da más lo contrario: individuos que nunca tienen dinero, ni buen nivel de vida; pues el mantener un nivel de gastos muy elevado respecto a sus ingresos les convierte en pobres, pese a que por el dinero que ganan al mes más bien pudieran ser ricos. He relegado a propósito ciertos aspectos a fin de dejar abierto el asunto a la consideración ajena y por no anticipar demasiados aspectos de la novela La secta de los egoístas. Algún día, espero, algunos de nosotros dejaremos de ser tan egoístas: los menos, por atesorar aún un buen corazón; los más, por haber comprendido que es más inteligente y provechoso, egoístamente hablando, poner un poco de altruismo en la vida.

Raimundo Montero es profesor de Filosofía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de enero de 2000