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FÚTBOL Segunda División

Luis Cembranos rescata al Rayo

El cuadro vallecano sigue aspirando al ascenso tras vencer por la mínima al Mérida

El Rayo se hace fuerte en su agonía. El deseado ascenso, tan sufrido, si llega, tan falto de buen fútbol, sigue a la vista de un equipo plano, que siempre parece moverse en un mar de dudas. Un equipo al que le cuesta horrores derribar a cualquier rival, se llame como se llame. Ayer el Rayo se impuso por la mínima, en todos los sentidos, a un enemigo pequeño, el Mérida, que no hizo nada sonoro, nada impropio de uno de esos conjuntos que se limitan a arrancar páginas del calendario, a la espera de que esto acabe. Le echó vergüenza al asunto el Mérida, eso es cierto. Pero nada más.Secuestrado como parecía estar el sentido común, el partido lo resolvió quien debía, Luis Cembranos, un futbolista enorme, de esos que no gustan a multitud de entrenadores. Porque desaparece a ratos, dirán. O porque acumula infinitas carencias a la hora de defender. Seguro que sí. Pero es Cembranos un jugador imprescindible en partidos tan huérfanos de criterio como el de ayer, en los que un detalle basta y sobra para guardar tres puntos en el morral. Y para detalles, los de Cembranos.

RAYO VALLECANO 1 MÉRIDA 0

Rayo Vallecano: Lopetegui; Estíbariz, Muñiz, Hernández, Alcázar; Pablo Lago (Michel II, m.60), Pablo Sanz (Tiago, m.38), Luis Cembranos, Pineda; Jacques (Iván Rosado, m.33) y Bolo.Mérida: Falagán (Manu, m.50); Mariano, De Quintana, Jaime, Pablo Alfaro; Cortés, Carlos Albela, Marcos (Leonardo, m.62), Bobabilla (Pereira, m.68); Braulio y Barata. Goles: 1-0. M.61. Bolo centra desde la derecha y Luis Cembranos empuja. Árbitro: Francisco Javier Muñoz. Amonestó a Hernández, Bolo, Falagán y Mariano. Unos 6.000 espectadores en Vallecas.

Vaya por delante que el partido fue plomizo, como corresponde a un duelo entre un equipo carcomido por la urgencia, el Rayo, y otro al que nada le va, más allá de suspicacias, en el empeño. Sirva un dato: en el Mérida, aparte de Barata, el mejor fue Pablo Alfaro, que se merendó a su tocayo Pablo Lago y a todo el que asomara las narices por su banda. Y menudo partido aquél en el que Alfaro destaque.

Acumuló el Rayo un puñado de ocasiones, no demasiadas, y una a una las fue desperdiciando, como por inercia, lo que no deja de ser costumbre de la casa. Y lo hizo incluso desde el punto de penalti, ante el que se puso Bolo en el minuto 24 para estrellar el balón contra el poste y, de ese modo, mandar al limbo las ilusiones rayistas, cogidas como están con papel de fumar.

El Mérida aguantó más o menos entero durante un buen rato y dejó que Barata amenazara, sólo amenazara, con dañar a la defensa rayista. Se lesionó Pablo Sanz y el Rayo perdió el norte, y el sur también, durante muchos minutos. No es sólo que se quedara sin brújula a la hora del manejo, estando como estaba Pineda anclado en una banda. Peor fue que a ratos se partió en dos, con cinco detrás y cinco delante. Se disponía el árbitro a señalar el descanso cuando Cembranos se inventó una maravilla en la banda izquierda y su disparo salió alto, lo que demostró a los presentes que el Rayo respiraba.

Y se acabaron de convencer de ello en la reanudación, cuando el cuadro vallecano encaró de frente el partido. El portugués Tiago, que había salido precipitadamente sustituyendo a Pablo Sanz, le cogió el pulso al partido y el equipo volvió a armarse. El Mérida apenas amagaba con herir y el Rayo se soltó, a la espera de que algún arreón le diera beneficios. Juande Ramos sacó al césped a todo el que oliera a delantero y un cuarto de hora después del descanso llegó la arrancada de Bolo, un tipo cuyo espíritu resulta impagable, que encontró la puntera de Luis Cembranos en el sitio ideal y en el momento justo.

Ahí vio la luz el Rayo, un equipo demasiado inestable, que deja asomar sus virtudes a ratos, siempre al dictado de la inspiración de ciertos futbolistas. Unas veces Pineda, otras Hernández, a veces Lopetegui y las más Cembranos. El Rayo, pese a sus lagunas, no ha retirado aún su candidatura al ascenso. Y no la ha hecho, para qué engañarse, porque a día de hoy figuran en su nómina algunos jugadores de lujo. Luis Cembranos se llama uno de ellos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 1999