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Tribuna:

Aznar 'style'

Dicen algunos freudianos de estricta obediencia que a partir de los seis años nada relevante ocurre en la vida del hombre. A su entender, todo lo que nos marca de manera indeleble debe rastrearse en ese periodo clave de la infancia. Ahí se forma el carácter y ya se sabe que carácter es destino. De la infancia de José María Aznar apenas sabemos detalles, pero los recuerdos que él mismo ha evocado apuntan con frecuencia a las escasas expectativas que despertaba en el entorno familiar. Así fue también durante el bachillerato en el colegio de El Pilar, en la Facultad de Derecho de la Complutense y cuando decidió preparar las oposiciones de inspector fiscal, para nada comparables a las de los grandes cuerpos del Estado. Así que, en un ejercicio permanente de superación, hubo de ir pulverizando los pronósticos adversos de los escépticos y demostrando su valía. Pero donde sus facultades se han impuesto hasta conseguirle un lugar eminente es en el arduo circuito del poder.Hay políticos que bordan la seducción. Recordemos a Adolfo Suárez, que hizo sentirse tan importantes a cuantos le visitaron en La Moncloa que se iban convencidos de que le habían proporcionado el momento más relevante de su vida. Otros exhiben encantos irresistibles, hinchan el garganchón o hacen otros ritos de apareamiento, como refiere con voz inimitable Xabier Arzalluz; otros deslumbran por su brillantez o don de gentes, como Felipe González, o por su talento intelectual o don de lenguas o por sus saberes específicos en el ámbito de las ciencias sociales o en el de las ciencias naturales, como Leopoldo Calvo Sotelo, o en el de las matemáticas, o por sus destrezas en el manejo de los instrumentos musicales o en el de las nuevas tecnologías o en el del diseño o en el de la escenografía o en el de los medios de comunicación.

Pero ninguna de esas facultades es decisiva para alcanzar y permanecer en el poder y algunas de las enumeradas incluso pueden ser contraindicadas para el triunfo. En su último libro, Zig-Zag, publicado por Editorial Anagrama, Hans Magnus Enzensberger resume la dureza de la carrera de un político y explica cómo aquellos que alcanzan una posición para hacerlo suelen "conformarse con un déficit de realidad que defenderán frente a cualquier ataque". Y subraya para inclinarnos a compasión que "incluso el político más íntegro está obligado a moverse entre las tinieblas de la financiación de los partidos, entre la maleza de las subvenciones y de las exportaciones de armas, así como entre el lodazal de los servicios de inteligencia". En España todo indica que el poder de esas tinieblas va a seguir prevaleciendo, como se demuestra, entre otros ejemplos, por la parálisis en que se encuentra la Ley de Financiación de los Partidos Políticos, sin perspectiva alguna en el Congreso pese a las solemnes promesas electorales de 1996.

Pero volvamos a Aznar porque es un caso muy claro donde se demuestra que el triunfo requiere en el político tenacidad, salud de hierro, estar vacunado contra la depresión, el pudor y el ridículo y, sobre todo, poseer el sentido del poder, esa última percepción intuitiva, intransmisible, que con nadie se puede compartir y a la que nunca se puede renunciar aunque su cultivo desplace a veces al interesado por la pendiente de lo inexplicable. Cuando Calvo Sotelo sustituyó a Suárez, el equipo de asesores entrante, con Luis Sánchez Merlo y Manuel Bueno a la cabeza, se esforzó en fijar las líneas de un perfil diferenciado del nuevo presidente. Fue el Leopoldo Style que un buen amigo periodista publicó en estas mismas páginas de EL PAÍS el 30 de enero de 1981. Calvo Sotelo renunciaba a competir en el consumo de cigarrillos Ducados y en los juegos de envite como el mus y prometía libros en las estanterías de palacio y ambiente musical a base de algunas tardes con piano.

Después, González significó una época que se ha querido considerar una anomalía, y ahora impera el Aznar Style. Un estilo que significa paddel y jogging en lo deportivo, compañeros de pupitre en las empresas públicas y hermetismo hasta el desconcierto en los nombramientos ministeriales. El jefe ha alcanzado un suplemento de estatura tal que puede pasarse para hacerlos sin consultar o siquiera oír a los órganos de su partido o a los colaboradores más identificados con su proyecto. Así ha logrado el inmenso placer y regocijo de despistar incluso a la agencia Efe. Pero estos privilegios pueden también contribuir al infortunio. Y mientras cunden estas listezas, continúa el Barajal de los aeropuertos en manos de Rafael Arias-Salgado, conforme marca el manual aznarista del poder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de mayo de 1999