Los mejores juveniles del mundo

España gana el primer título juvenil de su historia con una goleada indiscutible ante Japón

Hecho está. Con la diligencia de costumbre, sin dudas de su parte, pero con una firmeza fuera de lo común en el acto decisivo. No es habitual firmar una goleada en la final, cerrar un campeonato sin conceder un átomo de esperanza al rival, dejarle tan claro a Japón que había llegado demasiado lejos. España se adjudica sin discusión posible el Mundial juvenil, el primero de su historia, gracias a la cosecha del 79, que se bautiza con todos los honores, con una mención especial en su etiqueta: suceda lo que suceda con estos chicos en el futuro, se estanquen o progresen, disfruten de una vida discreta unos, alcancen la élite otros, nunca se les olvidará que fueron campeones del mundo en su juventud, que fueron los primeros, que otros no hubo hasta que llegaron ellos, que a su manera fueron pioneros. Su éxito abrirá un debate momentáneo, la estéril discusión entre canteranos y racionalistas, un detalle costumbrista muy propio del fútbol español. Luego, vendrá la gruesa verborrea de cada jornada de Liga, la liturgia de cada domingo, que todo lo barre. Y llegará el olvido o, dicho con otras palabras, el periodo de maduración: a estos chicos, campeones del mundo, les esperan con los brazos abiertos en determinados campos de Segunda o Segunda B. Habrán vivido una experiencia única en 25 días de estancia en Nigeria, habrán jugado con estilo y disciplina, habrán superado a todos sus rivales, abandonarán el país sin haber conocido la derrota. España ha hecho un Mundial impecable, desde aquel lunes que dieron el aviso ante Brasil hasta la tarde de ayer, cuando atendieron al acto final con la firmeza de los auténticos campeones. España hizo de la final un acto de afirmación de su juego. No hubo dudas de su parte: en media hora habían sumado tres goles y relegado a Japón a la condición de aspirante de menor rango. Nunca se había visto a una selección española ganar con esa contundencia. No han respetado el estereotipo, no se condujeron con más garra que sentido común, no amanecieron al asalto de la defensa japonesa, no practicaron el individualismo, no desvelaron nerviosismo. Suyo ha sido un éxito racional, frío en ciertos aspectos, obtenido desde la elaboración de un fútbol con un extraordinario sentido colectivo.

ESPAÑA 4 - JAPÓN 0

España: Aranzubia, Coira, Marchena, Jusué, Bermudo, Varela (Rubén, m.63), Orbáiz, Xavi, Barkero (David Aganzo, m.80), Gabri (Colsa, m.71) y Pablo.Japón: Minami, Teshima, Tsujimoto, Nakata, Sakai, Ogasawara, Endo, Motoyama, Ujiie (Inamoto, m.46), Nagai (Takada, m.69) y Takahara (Bando, m.56). Goles: 0-1. M.5: Barkero. 0-2. M.14: Pablo. 0-3. M.33: Pablo. 0-4. M.51: Gabri. Árbitro: Ángel Osvaldo Sánchez (Argentina). Amonestó a Bermudo, Endo, Jusué, Orbáiz y Takada. Final del Mundial sub 20. Estadio Nacional de Lagos. 35.000 espectadores. Para el tercer puesto, Mali ganó a Uruguay, 1-0.

Cierto es que el primer gol llegó muy pronto, en una jugada a balón parado a los cuatro minutos, ejecutado sin ruido por Barkero. Pero unos instantes antes, esa selección se había plantado sobre el campo con una autoridad indudable: cada uno en su sitio, Xavi en el eje, y el balón de lado a lado con paciencia y sin prisas. Todos habían llegado a tocar la pelota y a nadie se le apreció estar fuera del guión. La natural predisposición de los japoneses a intervenir con entusiasmo se cortó de raiz. España se movió en corto o en largo sin complejos, plenamente consciente de su papel de favorito.

El gol no provocó una alteración de su juego, lo que resulta doblemente significativo. Varela y Barkero se movieron de frente, Xavi anduvo presto al enlace, Pablo aguantó fajándose con los defensas tratando de abrir brecha. No se percibió asomo de repliegue. Luego, Xavi ensayaría un disparo a puerta, paso previo a un espléndido lanzamiento desde el campo español sobre Pablo, que alcanzó en solitario el dominio del guardameta para establecer el segundo gol. Apenas un cuarto de hora de partido y España remachaba su particular estadística en este Mundial: siempre tomó la delantera, siempre estableció el control de cada partido, siempre recogió su cosecha en la primera parte (13 de los 16 goles los ha conseguido en los primeros 45 minutos).

Pablo marcaría otra vez, pasada la media hora, después de haber obligado minutos antes a un paradón al guardameta japonés. A Pablo no le habían visto tan concentrado en Soria, tan laborioso y tenaz. Se le tenía por un jugador de brega pero con un carácter violento, de los que devuelven todo lo que reciben, de los que pueden perder los papeles y ver la tarjeta. Pero Pablo se ha contagiado del espíritu de esta selección y ha sido un ejemplo de eficacia aun teniendo que reconocer que, como delantero, no parece tener virtudes sobresalientes ni para el regate ni para el remate. Pero así es esta curiosa selección campeona del mundo, un grupo homogéneo y competente, una selección que se ha hecho invencible en un Mundial desde un fútbol eminentemente colectivo.

Los goles disolvieron la fe del equipo japonés, que perdió todo sentido del juego, sin capacidad para vislumbrar si era más conveniente lanzarse a un ataque suicida o retirarse ordenadamente. Nada más comenzar la reanudación, llegó el gol que tanto buscaba Gabri desde hace muchos partidos. Ese gol certificó el éxito y sirvió para que comenzaran con antelación los preparativos de la celebración que merece el campeón. Hubo alguna que otra ocasión por ambas partes, que se ejecutaron con la ligereza propia del carácter oficioso que tenía la final a esas alturas.

Ahora vendrá a empujones la promoción mediática de estos chavales, de estos personajes anónimos hace apenas un mes, de estos ahora, ya, campeones del mundo, los únicos del aparatoso fútbol español. Sabremos de sus padres y de sus madres, de sus aficiones e inquietudes, de sus estudios quien los tenga, de su ingenua aspiración por llegar a la Primera División un día de estos, a la élite, los coches lujosos y los contratos de nueve cifras. Llegarán hoy a Madrid y podrán leer cuánto se escribe de ellos, cómo les persiguen los cámaras, cuán populares son. Es la fama a los 20 años, la fama que otros viven con rutina en otros sitios y ellos nos entienden por qué hay que esperar tanto por estos pagos. Qué bien les va a saber...aunque sea efímera para sus merecimientos: dentro de una semana les espera la rutina, si acaso una entrevista en el periódico local.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS