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Hacer frente al odio

Escribo este artículo basándome en los tres supuestos siguientes: 1) Desde la muerte del mariscal Tito, los nacionalistas, tanto serbios como croatas, han estado soliviantando y explotando a conciencia los odios étnicos en la ex Yugoslavia. 2) La actual guerra empezó como una iniciativa torpe y tardía, pero necesaria, para poner coto a las agresiones y las limpiezas étnicas de las fuerzas serbias bajo el mando de Milosevic. 3) Independientemente de cómo se desarrollen los acontecimientos militares y diplomáticos en los próximos meses, Estados Unidos y Europa (Rusia y Turquía incluidas) tendrán que cooperar durante muchos años en la reconstrucción económica y política de la península balcánica. Al mismo tiempo, y en referencia a los Balcanes, vuelvo a hacerme la misma pregunta que me he hecho a mí mismo en muchos contextos diferentes a lo largo de mi vida: ¿cómo es posible que se pueda explotar tan fácilmente el sentimiento popular de identidad colectiva? En los Balcanes, como en el mundo en general, la gente se identifica a través de un idioma, una religión, unas instituciones políticas y una cultura. En muchas otras zonas, el color de la piel también es un factor importante, pero, en los Balcanes, todos los grupos "étnicos" se parecen, y proceden de las mismas estirpes germanas, mediterráneas y eslavas que durante siglos han mantenido gustosamente relaciones sexuales por toda Europa. En lo que se refiere a conflictos graves capaces de desatar una guerra, el idioma tampoco es un factor importante. La mayoría de los miembros de todas las nacionalidades balcánicas se han acostumbrado a vivir en entornos bilingües o trilingües: los idiomas (o variantes locales de un idioma) que hablan entre ellos; los idiomas o variantes que hablan sus vecinos más próximos y los socios comerciales, y el idioma de la potencia política dominante: turco, alemán, ruso o magiar, dependiendo de las circunstancias geográficas o históricas. En los dos últimos siglos, el idioma ha sido politizado por muchas élites nacionalistas de clase media (y no sólo en los Balcanes). Pero para la mayoría de la gente que se limita a vivir su vida, el idioma es una forma de comunicación agradable a la vez que necesaria, y no una forma de identidad exclusivista o esencia metafísica. Tampoco las instituciones políticas en sí han sido una causa importante de guerra. Hasta el siglo XX, todos los pueblos balcánicos compartían un patrimonio de instituciones monárquicas, administradas en su mayoría por caciques locales y policías brutales. Se desencadenaron guerras territoriales y comerciales entre entidades políticas gobernadas de forma similar. Durante la primera mitad de este siglo, las monarquías constitucionales y las repúblicas inestables se vieron envueltas en numerosos conflictos, y en el periodo entre 1945 y 1990 tuvieron lugar amargos enfrentamientos entre regímenes comunistas supuestamente fraternales. Pero una vez más, los conflictos estallaron entre países gobernados de manera similar cuya forma política no provocaba hostilidad entre las poblaciones. La religión y la cultura (sobre todo si incluimos la historia de la mitología como parte de la cultura) han sido la causa principal de la desconfianza, y posible hostilidad, entre los pueblos. Las principales religiones monoteístas en los Balcanes -cristianismo ortodoxo, catolicismo romano e islamismo- afirman tener una validez universal. Aunque en la práctica han tenido que aceptar cada vez más la convivencia a lo largo de los últimos siglos, el hecho es que en sus pretensiones espirituales máximas siguen excluyéndose claramente unas a otras. Asimismo, el creyente medio ha interiorizado como parte de su identidad la idea de que pertenece a una comunidad superior y cerrada. A la idea de comunidad superior se le suman después otras afirmaciones, en parte históricas y en parte mitológicas: afirmaciones como las versiones serbias sobre la historia de Kosovo o las reivindicaciones de los griegos respecto a su derecho exclusivo al nombre de Macedonia. No habrá consenso para la paz en los Balcanes, y teniendo en cuenta las inmensas diferencias entre la actualmente próspera Europa y los Balcanes semidesarrollados, no habrá consenso para la unificación política europea hasta que los pueblos del continente y sus líderes entiendan el daño que estas pretensiones religiosas y culturales han hecho al tejido social. Estoy convencido, por la experiencia de combatir los prejuicios en mi país natal y por la experiencia de estudiar la historia europea y de vivir en Europa, de que el daño no se limita ni mucho menos a los pensamientos y obras de aquellos que predican agresivamente estas ideas. Lo que pasa es lo siguiente. En épocas normales, las gentes de diferente religión y/o identidad nacional viven juntas y en paz. Comercian entre sí, se ayudan mutuamente con las cosechas, de vez en cuando toman una copa juntas y, a veces, aunque no con demasiada frecuencia, se casan unas con otras. Si un extraño les pregunta sobre las relaciones entre las diferentes comunidades, responden inmediatamente que son buenas, muy buenas, que no pasa nada. Y es cierto..., la mayoría del tiempo. Pero en el fondo de sus pensamientos, inconscientemente, siguen sintiéndose un poco más seguros, y superiores, entre los de "su propia clase". Y luego, siempre quedan recuerdos de rivalidades históricas y pseudo-rivalidades. En una situación de penuria económica, o de decepción con un resultado político o diplomático, la gente tiende a volverse paranoica acerca de las actitudes de sus vecinos. Y lo más importante de todo, cuando los extranjeros les señalan con el dedo, colectivamente, como responsables de alguna situación desagradable, se ven obligados a defenderse colectivamente. Los Hitler, los Gaddafi, los Milosevic, y muchísimos dictadores más, han sido muy hábiles a la hora de persuadir a su pueblo de que está siendo víctima de vecinos hostiles. Para mucha de la gente que obedece a estos tiranos, la cuestión no es una verdadera fe en el dictador o en las religiones y ofensas históricas a las que apela con el fin de unir a la "nación" en "defensa propia". La cuestión es que le designen a uno, de manera hostil, como miembro de un grupo concreto, y la sensación de que no le queda más alternativa que defenderse dentro de ese grupo. ¿Qué solución práctica vemos para la terrible situación que ha provocado Milosevic en los Balcanes? Afortunadamente, todas las potencias importantes tienen fuertes razones para evitar que la guerra se extienda, y ninguna de ellas es lo suficientemente poderosa como para imponer totalmente sus ideologías y mitos propios. Tendrá que haber un largo periodo de ocupación internacional, ayuda humanitaria y reconstrucción física, y todos los participantes tendrán que estar convencidos de que el llevar a los Balcanes la paz verdadera y un mínimo de desarrollo económico y educativo redundará en el beneficio de todos. En este sentido, espero de todo corazón que el ejemplo viviente de varias generaciones de personas que emigraron a Estados Unidos (desde 1890) y de otras procedentes de los Balcanes que recientemente emigraron a Europa ejercerá una influencia positiva. Hay miles de descendientes de abuelos de los Balcanes que han triunfado en Estados Unidos y en Europa Occidental, con los que posiblemente se puede contar para prestar servicios humanitarios, y compartir sus conocimientos económicos y profesionales. Cuando los maltrechos refugiados hayan recobrado la salud y la energía necesarias para rehacer sus vidas y cuando los limpiadores étnicos hayan sido neutralizados, los pueblos de Albania, Macedonia y Serbia podrán presenciar la labor de seres que son de su misma carne y sangre, pero que han dejado completamente atrás -o de hecho, ignoran, por desgracia (o afortunadamente)- la terrible y repetitiva historia que ha dado origen a la crisis actual en la península balcánica. Más allá de la labor inmediata de reconstrucción, a toda la humanidad le aguarda una tarea esencial: examinar la tendencia oculta (o no tan oculta) de todas las religiones y nacionalismos e ideologías a reivindicar derechos superiores, a excluir y a justificar la violencia en aras de lo que ellos definen como sagrado; en pocas palabras, la tarea de recordar, con obras y con palabras, que antes que nada somos seres humanos, y en segundo lugar, miembros de una comunidad religiosa o nacional.

Gabriel Jackson es historiador.

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