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Un hotel con 300 estrellas

Es divertido asomarse al interior. 4.000 personas acudieron el pasado año a esta singular feria de arte contemporáneo. Si la respuesta de público se repite, el Hotel Inglés de Valencia será de nuevo este fin de semana el hotel de los líos, con un continuo trajín de visitantes husmeando por habitaciones y cuartos de baño. Treinta y cinco habitaciones, situadas en sus dos primeras plantas, abrían ayer sus puertas al público para ofrecer a la mirada de los aficionados la obra de más de 300 artistas: pinturas, esculturas, fotografías, grabados e instalaciones. La Asociación de Galerías de Arte Contemporáneo de la Comunidad Valenciana organiza, por segunda vez, su feria en este edificio que hace poco más de 60 años albergó al Gobierno de la República Española. Los galeristas, explica Tomás March, coordinador de la feria, pretenden con estas instalaciones "captar la atención de un público a mitad de camino de la galería de arte y los espacios institucionales, para que adquiera el hábito anual de comprar arte en este espacio". El atractivo de la habitación privada de un hotel, que March califica de "espacio mítico literario", tal vez contribuya a predisponer a los posibles compradores. Nada más enfilar uno de los pasillos de la primera planta empiezan a aparecer las obras. Un cuadro de Arroyo entra y sale por una puerta para permanecer luego apoyado en el suelo junto a la habitación de la Galería Val i 30. Aún están montando. Al lado, en la habitación 120, la galerista madrileña Carmen de la Guerra ha dedicado su espacio al "mundo mágico y trágico del niño". Junto a un montón de supermanes hinchables aparecen unos ratones Mickey de gesto fiero. Cada paso es una invitación a transgredir estos espacios tradicionalmente privados. En el cuarto de baño de Tomás March cuelgan unos misteriosos guantes, obra de Ricardo Cotanda. En la habitación pueden verse las fotografías de piscina de las Arenas, de Ian Wallace, obras de Antoni Doménech o imágenes de gran formato creadas por Concha Prada a partir de la manipulación de sus fotografías de edificios. El arquitecto Manuel Chabrera, formado en Valencia, expone en la habitación de la galería sevillana Isabel Ignacio. En la 109 se albergan sus "dobletes", unos óleos sobre lienzo que reciben este nombre por el doble sentido del tamaño. Pero este fin de semana no sólo "dormirán" las obras en el Hotel inglés. Muchos galeristas descansarán junto a ellas. Carles Taché estará bien acompañado: obras de Eduardo Arroyo, de Miguel Angel Campano, o de Tapies estarán junto a una singular paleta silla, del recientemente desaparecido Joan Brossa. "Esto de dormir con la obra", explica este galerista barcelonés, "tiene algo de romántico, es como establecer una relación afectiva con la tela que luego se traslada a la relación con el público". Su vecina de habitación, Marita Maíques, de la Galeria I Leonarte, está completamente de acuerdo, "la relación con el público es más cordial incluso que en tu propia galería; tal vez por la intimidad del espacio, es raro no hablar con el visitante". Esta galería valenciana ha colgado en la habitación 203 obras de artistas de la tierra: Cardells, Ramírez Blanco, Martí Quinto, Peiró Roggen, Julio Bosque, Eva Mus, Boix, Heras i Armengol. De las 35 galerías representadas en la feria, 11 son valencianas. El resto han venido de toda España y también por primera vez de Portugal. En la habitación de la galería Sió de Barcelona hay un paisaje de Salvo, unas escenas campestres de Jean Knap y una instalación de Nicola de Maria. Su director, Víctor Saavedra, repite este año la experiencia del Hotel Inglés. "La verdad", dice, "estamos contentos porque el año pasado conseguimos hacer clientela valenciana para nuestra galería". Los precios van desde las 20.000 pesetas por las que se ofrece la obra seriada de algunos artistas jóvenes hasta las cifras millonarias a que se cotizan los cuadros de pintores consagrados por el mercado, los especialistas y los museos. Casi todos coinciden en que lo positivo no son sólo las ventas que se realizan sobre el terreno, sino también la cartera de clientes que abren en los días de feria. Además, como apuntan, el hotel se convierte en un espacio de relación profesional y de amistad entre los propios galeristas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de abril de 1999