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Reportaje:PLAZA MENOR - ARRIBA ESPAÑA

El discreto encanto colonial

El perímetro de la plaza de Arriba España forma un polígono irregular y caprichoso definido por las tapias de los hotelitos de la colonia de Prosperidad tapizadas de verde, una empalizada vegetal que avanza día a día devorando el pequeño enclave, que cuenta con varios desniveles, escaleras, setos, vallas y árboles, a cuyo amparo reposan los automóviles de los residentes, invasores camuflados de una plaza que pasa inadvertida a pocos metros del parque de Berlín y de la avenida de Don Santiago Ramón y Cajal.La prosperidad que invoca el nombre del barrio tardó mucho en llegar a estos suburbios de la Villa, que hasta hace un siglo fueron campos de trigo y parcelas de esparcimiento para los ciudadanos en busca de aire puro o de impuros contubernios en ventas y merenderos de mala reputación. Un cronista tan severo como don Amador Fernández de los Ríos se limita a anotar en su guía, al hablar de estos andurriales, la presencia de "casas sin higiene y merenderos repugnantes", sin entrar en detalles.

Casuchas y descampados sobre los que asentaría su prosperidad el propietario de los terrenos, don Próspero Soynard, al que debe su injustificado nombre hoy una amplia zona del norte de Madrid, en los aledaños del viejo camino de Hortaleza. Prosperidad viene de Próspero, pues hubiera sido irónico, incluso sarcástico, bautizar con tan esplendoroso concepto lo que comenzó como agrupación de modestas colonias de viviendas unifamiliares donde buscaron alojamiento permanente a mediados del siglo pasado los nuevos madrileños a los que no les alcanzaba el presupuesto para adquirir los nuevos y confortables pisos del nuevo barrio de Salamanca y del Plan Castro.

En 1876, Fernández de los Ríos apunta 19 casas rodeadas de campos de trigo, propiedad del próspero Soynard, que no tardaría en parcelar y vender sus fincas rústicas, recalificadas como urbanas en un abrir y cerrar de ojos sin que su nueva calificación llevara consigo los servicios mínimos de agua, electricidad y transporte. El agua corriente llegaría a algunas de las primeras colonias con el fin de siglo gracias a la iniciativa de sus pobladores, mayoritariamente obreros y artesanos, que muchas veces habían construido sus viviendas con sus propias manos y buenos oficios. El transporte público llegaría, a trancas y barrancas, con el primer tranvía, en 1893. A trancas y barrancas porque al tranvía le costó lo suyo acceder a estos desmontes, por las irregularidades del terreno y por el apresuramiento con el que se procedió a su inauguración, antes de que los raíles se afirmaran en el piso. Tal vez estaban cerca las elecciones municipales, pero el caso es que el día de la inauguración descarrilaron numerosos coches e hicieron el ridículo las autoridades inauguradoras. Como una de las razones del fiasco adujo la compañía de tranvías la falta de práctica de los tranviarios, que se enfrentaban por primera vez a la peligrosa ruta, en cuyos flancos no tardarían en surgir nuevas aglomeraciones de hotelitos adosados, pioneros de una irresistible moda que alcanzaría su apogeo en las postrimerías del siguiente siglo.

Una agrupación socialista madrileña relacionada con las casas del pueblo estuvo entre los primeros colonizadores del siglo XX; su colonia modelo, construida y dirigida en cooperativa, sería declarada fuera de la ley en la ilegítima legislación de posguerra, que arrancó las placas correspondientes a Pablo Iglesias y demás compañeros de ideas, para sustituirlos por inocuas denominaciones vegetales y florales.

El grito de "Arriba España" no cuadra ni mucho ni poco con este peculiar reducto de la colonia Prosperidad, edificada entre 1926 y 1935, que contaba con 244 viviendas de una o dos plantas con una extensión total de 35.100 metros cuadrados. El proyecto del arquitecto Luis Larraínzar, que cuenta con calle dedicada en la urbanización, se escribe en la discreta y menestral arquitectura de las primeras ciudades-jardín, cuyo ejemplo más singular y degradado podría ser la vecina Ciudad Lineal de Arturo Soria. Todas estas iniciativas urbanizadoras nacían de un cierto compromiso social y socializante, tal vez algo paternalista, que preveía la existencia de idílicas comunidades obreras, pero con cierto encanto campesino en los suburbios de la ciudad burguesa. Un cinturón costumbrista que impediría el acercamiento, la ingrata vecindad del chabolismo y la marginación.

La prosperidad tardó en llegar y llegó, paulatinamente, una cierta y discreta prosperidad que convirtió las sencillas casitas suburbiales en chalés unifamiliares para jóvenes profesionales de clase media que empezaron a ver con otros ojos su privacidad y a admirar con envidia los arbolillos de sus mínimos jardines, sus rosales y sus emparrados.

Las viviendas obreras de las ciudades jardines y lineales fueron un sucedáneo de andar por casa de la utopía hippy para consuelo de yuppies, que no tardaría en invadir los pueblos más próximos, llevando la ciudad al campo cuando su primer sueño había sido justamente el contrario, llevar el campo a la ciudad.

En la colonia Prosperidad no hay apenas comercios, ni oficinas, ni establecimientos públicos, sólo viviendas particulares una y mil veces rehabilitadas, maquilladas y reconstruidas, entre las que se han ido colando como auténticas "casas de malicia" edificios de pisos que disimulan sus tres plantas al brotar por debajo del nivel de la calle y que se han comido jardines y parterres.

La colonia Prosperidad es un refugio confortable y discreto, una aldea particular al noreste de la urbe con cierto aire londinense, globalizada por las antenas parabólicas y los ordenadores que dejan escapar la luz lechosa de sus pantallas a través de los visillos, entre las ramas de los árboles desnudos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de marzo de 1999