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FÚTBOL SEGUNDA DIVISIÓN

El Rayo se acostumbra a la agonía

La actuación del portero Lopetegui evitó que el Recreativo remontara

Al Rayo le va la marcha. Lo suyo no será masoquismo, pero por ahí anda. Le gusta sufrir, jugar con fuego, quemarse a ratos y llegar al límite. Sus fieles se han acostumbrado a que se les congele el corazón cada quince días. En vilo se pasan la mañana de los domingos. Pero ocurre que su equipo, el Rayo, sonríe allá en lo alto de la tabla. Y lo hace porque incluso en la agonía consigue ganar. Y eso no tiene precio. Más complicado, sin embargo, resulta explicar cómo lo consigue.Porque es el rayista un conjunto sin pegada, que maneja unos criterios futbolísticos agujereados por tanta laguna. Nunca acaba de sentirse a gusto con la pelota, que resulta ser un elemento extraño. Ayer ganó, sí, pero lo hizo merced a la precisión de Michel I en el lanzamiento de una falta y la picardía del otro Michel al caer en el área en el preciso instante en que el árbitro pasaba por allí. Y como aquello tenía pinta de penalti, pues penalti señaló. Y ganó, claro está, porque su portería la sigue defendiendo Julen Lopetegui. Y eso es otra historia.

Ventiséis minutos de partido se llevaban y en Vallecas no había ocurrido nada destacable. Aterida de frio, y de aburrimiento, andaba la parroquia cuando una falta al borde del área le dio la oportunidad a Michel I, y nunca mejor -dicho lo de primero, de regalarle una portentosa- caricia al balón que, obediente, se fue donde aquél le ordenó. Hasta entonces la pelota era propiedad de un Recreativo que tampoco es que se mostrara especialmente hábil en su manejo. Pero al menos la manejaba.

El Rayo había conseguido lo habitual, ponerse por delante en el marcador. Y lo había hecho a balón parado, como parece ser de ley en un equipo ciego en ataque más allá de cualquier jugada donde mande la estrategia, esto es, con el balón quieto. El gol le alegró algo la vida al Rayo, que durante un rato se sintió a gusto. Pero el rato duró un suspiro. Cinco minutos, para ser exactos. En el sexto, Diego Ribera chutó con todo y Lopetegui sacó una mano prodigiosa. Lo normal.

Llegó el descanso y el Rayo regresó con el mismo discurso plano, en el que Pablo Lago no decía nada, pero absolutamente nada, y su tocayo Sanz bastante tenía con echar una mano a la retaguardia. Sólo Michel, el primero, le echaba clarividencia a aquella historia.

Mas ocurrió que una jugada que nada prometía, acorde con el partido, acabó con el balón en los pies de César, el portero andaluz, que se lo quitó de encima con una torpeza inopinada. A las cercanías de Michel II se fue la bola. Pero es éste un jugador caótico en sus movimientos, aunque tenga gol. Así que libre de enemigos y a unos metros del portero, paró la pelota de mala manera, la tocó de peor manera y se lió. Llegaron un par de defensas y Michel, quizá mareado, cayó.

Le pareció aquello penalti al árbitro y Llorens le dio al Rayo el segundo gol, el de la supuesta tranquilidad. Y en supuesta se quedó, pues no dejó de ser la antesala de la agonía cotidiana. El Rayo se asustó, reculó, fue batido por el Recreativo, en una magnífica acción de Diego Ribera, y pasó el calvario de rigor, ése en el que todo queda en manos de la fortaleza de su defensa y de la categoría de Lopetegui, máximo culpable, ayer, hoy y por lo visto siempre, de que el Rayo ande en todo lo alto pese a lo que le atrae asomarse al infierno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de enero de 1999