Lastre
E. CERDÁN TATO José María Aznar ha soltado las amarras y ya navega hacia esa tierra incógnita que sus geógrafos tratan de localizar. José María Aznar es ya un personaje de leyenda. Si Tomás Moro descubrió su Utopía; si Ulises desafió tempestades y asechanzas para regresar a Ítaca; si Arthur C. Clarke se organizó una odisea por el espacio, para dentro de un par y pico de años; el presidente del Gobierno se ha empecinado en trasladar toda su chatarra conservadora a un supuesto centro paradisiaco: allí abundan la miel y las flores de loto, y los votantes queman la memoria, a la sombra de los laureles. Pero una aventura así reclama sacrificios humanos: los dioses que la propician son insaciables. Para hacer boca, José María Aznar ya les ha servido las suculentas tajadas de Álvarez Cascos, y ha metido en la fresquera la tierna pechuga de Ruiz Gallardón. Mientras, ha escrutado la guarida de sus huestes y ha seleccionado a unos pocos. Tenemos mucho lastre y hay que lanzarlo por la borda o nos vamos a pique, les ha dicho. Los elegidos se lo están pensando con la mayor cautela. Zaplana, que ha ascendido de capataz a barón por su demostrado arrojo, en el arte de la sonrisa, ya está elaborando una relación de nulidades y descaros, de despropósitos y cacicadas. Dicen que cada vez que la repasa, murmura: Dios mío, qué solos nos quedamos los vivos. Pero Zaplana se ha hecho, día a día, un buen político al uso: nada de escrúpulos ni de componendas que puedan arrasarlo al descrédito y tabicarle las puertas de la Corte; y no está dispuesto a que ningún bandurrio le eche a perder el futuro. Él, que, en un principio, se exhibió de derecha civilizada por la vida, y luego se supo en manos de una secta de hechiceros, se ve ahora liberado por Aznar que le ofrece nada menos que un lugar en el centro, y lo alista en el pelotón de los zapadores que han de diseñar y realizar la nueva frontera. De aquí al 31 de enero, muchos cargos públicos y orgánicos van a pedir la vez al psiquiatra para contarle sus pesadillas y a prenderle fuego en la chimenea a ciertas cuentas embarazosas; y otros ya no acudirán a la sauna, porque se licuan en el sillón. Después de esa fecha, Aznar soltará todo el trapo. Quizá nunca alcance tan confuso destino, pero se habrá librado de toneladas de escombros.


























































