"ABIERTO EN CANAL

Luz en el cuarto oscuro

Las zonas oscuras de la realidad alumbran los mayores tópicos. Psiquiátricos, chabolas, burdeles y, sobre todo, cárceles forman parte de esos lugares comunes donde la luz de las cámaras suele confirmar, más que cuestionar, los prejuicios. Pero frente a esa umbría de imágenes reiteradas y dramas consabidos que lastran tantos documentales, a veces surge un testimonio simple, un encuadre exacto, una mirada, en fin, por la que desfilan sin maquillar los habitantes del lado oscuro. Ése es el caso del reportaje Solos en la cárcel, que ofrece esta noche el programa Abierto en Canal (Canal +, 20.30).En la España del fin de milenio, 45.000 hombres y mujeres penan sus delitos en centros penitenciarios. No son una voz única. Los hay -la cámara los muestra- que tiemblan al coger un lápiz y aprender a escribir entre barrotes. Otros, rotos por la disciplina de los módulos de seguridad, destilan el odio del renegado. En el ángulo opuesto, los funcionarios no son mártires ni verdugos: el espectador verá desde la queja pequeña del trabajador que pide un poco de consideración hasta el reconocimiento por parte de un sindicalista de que la violencia talegaria es un mal contagioso.

Es en esta ruptura del manido esquema carcelero-preso, señor y esclavo, donde el reportaje, con la concisión de una dentellada, se adentra en la revisión de los casos de supuestos malos tratos que motivaron la apertura, en marzo de este año, de una investigación del Consejo General del Poder Judicial. Y nuevamente las voces se desdoblan. Al socaire de una composición coral, los mismos jueces de vigilancia penitenciaria -con nombre y apellidos: José Luis Castro, que denunció a un médico por dar el alta a un preso malherido, o Francisco Racionero- alaban o critican la investigación; los abogados de los presos lanzan su ataque y detallan las supuesta felonías sufridas por sus defendidos; las asociaciones y coordinadoras independientes plantean sus inagotables denuncias, los directores de centros penitenciarios se defienden -algunos, como el de Topas, de forma harto titubeante-.

Las cárceles madrileñas de Soto del Real, Alcalá-Meco, Topas (Salamanca) y Villanubla (Valladolid) se balancean en este cedazo crítico, al tiempo que muestran sus carnes. Y así, lo mismo la cámara enmudece ante la frialdad metálica de un taller penitenciario, que el debate recoge, por ejemplo, el eco de las palmas tristes de un coro flamenco o bien refleja la grisalla de una comisión disciplinaria.

El documental se vuelve en ese instante documento. Y entra en el módulo de aislamiento, donde penan los cíes, los presos sometidos a las más estrictas medidas de seguridad (72 en toda España). Es el retrato gélido e inédito de la burbuja de cemento y acero donde pasan 20 horas al día (el resto del tiempo respiran el aire de un patio de cemento) los criminales más peligrosos, aquellos a los que un funcionario reduce a "instinto primitivo" y un ex cie califica de mera carnaza. A partir de ahí las denuncias se suceden, y el cuarto oscuro se ilumina y muestra que la realidad de las cárceles, como las vísceras, es múltiple e informe. Verlas puede revolver las propias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 09 de octubre de 1998.

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