TOUR 98

El día en que Pantani rescató el Tour

El italiano destroza a Ullrich en la primera etapa alpina y se viste por vez primera de amarillo

Grande Pantani. ¡Qué etapa! ¡Qué emoción! ¿Quién podrá olvidar por algún tiempo ese medio centenar de kilómetros que mediaron entre el Galibier y Les Deux Alpes? El Galibier. Resucitó el Galibier gracias a Pantani. Y la memoria de Charly Gaul, su ciclista favorito. Y la de Coppi. Y Bartali. 33 años llevaba Italia esperando un héroe y ya lo tiene vestido de pirata, como salido de algún cuento, como un personaje de aventuras, como un héroe de ficción. Pantani es la aventura, bienvenido sea: el ciclismo recupera algo que había perdido en un momento especialmente delicado. Su pañuelo, su perilla, la ligereza, esa forma de volar hacia arriba, esa manera de deslizarse por las cumbres que no se recuerda. Y la utopía: el ataque indiscriminado, sin medida aparente. Por fin el ciclista heroico, capaz de derrotar a los superdotados. Ullrich no era Induráin, por si había alguna duda. Pantani ha ganado el Tour. Mejor dicho: lo ha salvado. ¿Quién puede dudar de alguien que se atreve con 50 kilómetros infernales?Pantani no era el líder que debe imponer respeto a sus rivales. Nunca había vestido de amarillo en el Tour. No era el aspirante a la espera de un descuido. Ni el resistente que aprovecha el desgaste de otros. Pantani venía desde muy lejos, quizás de los relatos que recuerdan a ciclistas de otra época. Era un enemigo lejano, un corredor imperfecto, un hombre aparentemente fuera de este tiempo, un modelo anticuado pero útil, un elemento decorativo para el lucimiento de Ullrich, un actor secundario, un personaje en cualquier caso. Pantani estaba para animar las etapas montañosas en el catálogo de muchos especialistas. Así ha sido hasta que encontró llegado su momento, hasta que superó una serie de desgracias, hasta que maduró y obtuvo su primer gran triunfo. El Tour es suyo y no debe perderlo. Y si lo pierde quedará en el recuerdo por fin el Galibier, una montaña en desuso por el mero hecho de que siempre está a considerable distancia de las modernas estaciones invernales que acogen las líneas de meta y dan servicio a la parafernalia publicitaria del Tour. Nadie atacaba en el Galibier porque siempre quedaba lejos. Pantani ha recuperado un símbolo. Y si Pantani no gana el Tour, tendrá otra carta de Charly Gaul desde Luxemburgo. La misma que recibió antes de jugarse el liderato final en la contrarreloj del Giro. "No tengas miedo. Pase lo que pase ya has ganado".

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Y ya ha ganado. Porque hace mucho tiempo que el Tour no recuerda una etapa de montaña así. Y esas diferencias de antaño. No debe considerarse la acción de Pantani como un acto desmedido, por descomunal que parezca. No fue un impulso irreflexivo; sería equivocarse con este hombre. A su impresionante calidad como escalador, a esa imperiosa necesidad de tener que atacar siempre para merecer su salario, une las dosis suficientes de cálculo como para serle reconocido algo más que el valor. Pantani diseñó la jornada que necesitaba para darle la vuelta no sólo a este Tour sino a la tendencia instalada a favor de Ullrich. Lo hizo con la inteligencia precisa para adivinar cuál era el momento del golpe. Se fue para perderse de vista definitivamente. Y, desde ese momento, el paisaje se oscureció para Ullrich.

Cierto es que Pantani había preguntado a Jiménez la tarde anterior. Cierto es que Martinelli, el director del Mercatone Uno, se entretuvo con el español para negociar una alianza. Jiménez hizo su trabajo, pero resultó accesorio. Los saltos de Escartín, Maduas, Leblanc, Casero, Boogerd y García Acosta, entre otros, sirvieron para ir madurando al líder en el Galibier. Porque había una coincidencia en el ambiente oscuro y húmedo de la jornada: Pantani tenía que atacar en el Galibier. Todos lo presentían, como lo presentía Jalabert: "Ullrich es más débil de lo que parece. Este Tour tiene que ser de Pantani". Vistos los acontecimientos en retrospectiva, Ullrich apareció como alguien demasiado joven para suceder con todas sus consecuencias a Induráin. Demasiado nervioso, no tan frío. No tiene una máscara. Mira a todos los lados como un hombre desprotegido. Y, entonces, aparece Pantani.

Estuvo el Pirata aparentemente al margen durante 10 kilómetros de ascensión. Dejó hacer a Leblanc, que obligaba al Telekom a estirarse y perder algún elemento en cada arrancada. Dejó hacer a Escartín, que tensaba la cuerda, y a Boogerd. Y a tantos otros. Dejó pasar el tiempo estudiando a Ullrich, que dudara. ¿Cómo soportar la presencia del enemigo a tu espalda? ¡Qué largo debe ser cada minuto¡ Elegido el instante, Pantani se fue. Se cerró el telón para Ullrich.

Desde ese momento, Pantani fue dirigiendo la ascensión como un director de orquesta. No había comparación posible con otros escaladores. Nadie podía seguirle, nadie estaba preparado para ayudarle. Estaba solo: él contra la razón. Pero se las ingenió para reunirlos a todos en el descenso. Obtuvo 2.50 minutos de ventaja en la cumbre del Galibier, pero no le importó esperar a otros e incluso poner pie a tierra para colocarse el chubasquero. Le esperaba un largo descenso en el que le resultó fundamental la colaboración de Serrano y Massi, que trabajaron para un grupo de cinco corredores. Una vez llegado al pie del último puerto, era inútil establecer alguna alianza. Se fue sin atacar. Se fue porque vuela en la montaña.

Ullrich había dado ya todos los síntomas de la derrota. Fue al coche a por bebida, tomó alimento compulsivamente, señal inequívoca de desfallecimiento. Inclusive, pinchó. Había perdido los nervios completamente. Nunca en los últimos años un ganador de Tour había perdido todas sus opciones con esa celeridad. A Ullrich le faltó estatura en la derrota.

Un chaparrón de agua fría esperaba en la meta. Y un cielo oscuro. Pero nadie se percató de ello. Pantani estaba protagonizando una aventura épica, escribiendo una de las mejores etapas de los últimos tiempos, poniendo en cuestión todas las tácticas modernas que le han restado pasión al ciclismo, salvando para la causa al ciclista imperfecto. Y volaba. Y devoraba kilómetros y minutos. Parecía capaz de superar los Alpes al completo. ¡Dejarle seguir hasta París!

Tras el desconcierto propio de una jornada gloriosa, llegó la hora del balance. Y un hombre modesto podía sentirse satisfecho: Escartín. También él viene desde lejos. También él representa al hombre débil hipotecado a la montaña. Hizo su etapa, en paralelo con Pantani. Fue segundo en la meta, quedó su trabajo oscurecido por la magnitud de la tentativa del italiano, pero alcanzó por fin la posición que buscaba. Ya está en el podio, con algún margen para negociar en las próximas etapas montañosas.

Pantani no debe tener miedo. Charly Gaul está con él. Como Coppi en la memoria. O Bartali desde su postración. Y el propio Gimondi, presente ayer en el lugar de los hechos, el último italiano en ganar el Tour. Fue hace 33 años. Pero el tiempo no parece haber transcurrido. Pantani, el Pirata. Un héroe de ficción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 27 de julio de 1998.

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