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Tribuna:

Currante

El proletariado lo tiene crudo. Estaba yo esperando a un amigo en la Rue Vieille du Temple cuando aprecié un estremecimiento urbano y con creciente placer divisé un cortejo exquisito. Cientos de hermosísimos hombres y mujeres se manifestaban casi desnudos, sólo cubiertos por breves taparrabos de colores brillantes y calzados con sandalias doradas o plateadas. Algunos y algunas se adornaban con ingeniosos tocados de plátanos y berenjenas, estatuas de la Libertad o guirnaldas de luces que se encendían y apagaban; también largas capas de lentejuelas y hombreras colosales de aluminio. Pero todos y todas abanicaban el aire tórrido (ese sábado, en París, alcanzamos los 40 grados) con espléndias alas de mariposa armadas de alambre y telas de primorosa factura. Naturalmente, el tráfico estaba detenido, pero era tanta la imaginación exhibida y amable la reivindicación expuesta en aquel desfile anual de la comunidad homosexual francesa que nadie protestó y los conductores sonreían y se achicharraban con benignidad. Hasta que acabó el cortejo.Entonces, una camioneta se detuvo para descargar los helados reclamados con urgencia por unos comercios que aquel sábado tórrido habían agotado todas las existencias. Bajó un hombre muy gordo, el típico enfermo hormonal, y se precipitó cargado con las cajas y empapado de sudor hasta mi bar, envuelto por un atronador concierto de bocinazos, pitidos, gritos e improperios. Me chocó mucho una señora a quien oí chillar: «¡Vete al gimnasio, gordo asqueroso!»; una reacción sensata, tras el escultórico cortejo anterior. Y es que los trabajadores, dormidos en sus laureles, han acabado por perder popularidad. A la vista de la expresión que mostraba al salir del bar, para su próxima descarga, el gordo se nos pone tanga y alas de mariposa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de junio de 1998