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Tribuna:NOSOTROS, A LO NUESTRO.

Armas, verborreológicas

Incomprensible reticencia de Clinton a bombardear EE UU / Aumenta el número de víctimas, con loden de la guerra entre sindicalistas (del crimen) / Lo de María del Monte pudo haber sido peor / Lo del padre Apeles es definitivamente imposible.

Ya han visto ustedes las pintas que luce ese par de norteamericanos prepotentes que pretendía imponer la supremacía de la raza aria rociando el metro de Nueva York a chorro de ántrax: más bien parece salido de Saldos Arios o de Derribos Arios. Con todo, lo primero que se me ocurre es que el Gobierno de Estados Unidos, si aspira a ser coherente con su filosofía de salvar al mundo a cualquier precio y aunque el mundo no quiera, debería ordenar sin mayor demora un concienzudo autobombardeo que nos librara de indeseables que viven en un país en el que se pueden obtener armas bacteriológicas por correspondencia.Afortunadamente, en nuestro país todavía no tenemos los ántrax sueltos, aunque hay que reconocer que sí estamos especialmente dotados para la guerra palabrológica, que es una modalidad que no mata pero atonta y contra la que no valen trincheras ni refugios: sólo buenas lecturas y buena música o el silencio.

Tras la deposición confesional de lord Anson en la emisora de la Conferencia Episcopal, facción Capilla de la Verbología, los garlantes que se creen disertos han amenizado el éter con un surtido de justificaciones en nombre propio, insultos a terceros y cruces de improperios que nos han dejado los oídos como vertederos. Te despertabas con las claras del día y podías oír cómo el vergonzoso guirigay surgía de las ventanas y resbalaba por los muros para estrellarse estrepitosamente, al fin, contra los patios de vecindad poniéndolo todo perdido de reputaciones desolladas.

Una de las primeras consecuencias de la extensión del VV (Virus Vociferante) fue que los viejecitos ataviados con loden que, normalmente, van por los parques tomando el sol y leyendo el Abc, o viceversa, empezaron a desplomarse junto a los árboles y sobre los parterres, víctimas de una sobredosis de confusión infinitamente superior a la que habían tolerado hasta esos momentos; pues, si bien habían podido vivir en el culto común a Luis María Anson, Pedro J. Ramírez, Antonio Herrero y Luis del Olmo al unísono y no estar locos, ¿cómo aceptar, en cambio, las repentinas disidencias y caídas de ídolos, los enfrentamientos entre héroes y hasta la blasfemia y la palabra soez aplicadas a los de casa? No se había producido situación tan dramática desde que el ¡Holal anunció que Carmen Martínez-Bordiú dejaba esposo y niños para irse a París con un anticuario y, las señoras de los del loden tuvieron que acudir en manada al psicoanalista de guardia para que les reciclara la moralina.

Yo, la verdad, lo único que pensé ante el evento es que ha sido una suerte que el ataque de sinceridad pillara a Anson ya lejos de Abc. Se me abren las carnes. imaginando esas páginas de huecograbado llenas de fotos de Ana García Obregón con pies del estilo: "Ya está la pesada de Anita metida de nueve, en un programa de la televisión pública, con lo vista que la tenemos". Menos mal que, la cosa ha ido sólo de derribar a un Gobierno, quitar al Rey y comerse unos langostinos.

Nada lo bastante grave, pues, como para que no atendamos los asuntos urgentes de la semana, que son todos los que salen en Diez Minutos, que viene sembrado de noticias para las que podemos aventurar preguntas. Una: el padre Apeles sale con una moza. Pregunta: ¿por qué sale una moza, por qué sale nadie, con el padre Apeles? Dos: Emilio Aragón y Lydia Bosch reaparecen en la continuación de Médico de familia gravemente traumatizado y gravemente herida, respectivamente, tras haber sufrido un accidente aéreo. Pregunta: ¿acaso es el guionista un obispo de la COPE que necesita recurrir a cataclismos para que en la serie no se eche ni un merecido polvo de recién casados? Tres: Ana Botella confiesa que ella misma se encarga de comprarle la ropa a José María. Pregunta: ¿dónde?

Pero lo más aterrador figura en Semana, en el capítulo de las apasionantes memorias de María del Monte que publica en primorosa exclusiva. Esta última entrega incluye una confesión que a mí me ha puesto los pelos de punta mucho más que la de Anson: en efecto, se señala que nuestra admirada interfecta llegó a pensar seriamente en estudiar Medicina, ¡y especializarse en ginecología! Pero ni ustedes ni Santiago Dexeus deben respirar con alivio. Del Monte (en un párrafo estremecedor que pende sobre nosotros como la espada de Demóstenes o los tocamientos a elefantes de Atila) puntualiza: "Lo de ser médico sigue siendo uno de mis sueños. Cuando se me planteó la disyuntiva de si debería ser cantante o médico, pensé que. para ser cantante se te pasa la edad y nunca más podrás intentarlo, mientras que para estudiar siempre hay tiempo".

Espero que hable por hablar, como casi todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de febrero de 1998

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