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TRIBUNA

Desde el fondo de su noche

No quería creerlo. O bien había que aceptar la derrota... Era octubre de 1967. Hacía tanto tiempo que le espiaban, que le seguían, que le perseguían con los medios más perfeccionados los agentes más astutos, los militares más aguerridos. Desde hacía varias semanas se hablaba de que el Che estaba rodeado, asfixiado en las profundidades de una región, abandonado por los campesinos que había ido a liberar, traicionado por los comunistas prosoviéticos bolivianos. La prensa norteamericana hablaba de él con odio: América del Norte, que dictaba desde hacía ya tanto tiempo su ley a los países de América Latina, no podía aceptar que el Che multiplicara el ejemplo de Cuba. Este quijote, este desperado abandonado por todos debía, pues, morir. Esa tarde de octubre vi en la primera página de France Soir su rostro petrificado; sus ojos perdidos en la profundidad de la eternidad, su torso desnudo, agujereado por puntos negros, su cabello negro, rizado, turbador, su cuerpo tumbado, Cristo descendido de la cruz. Vencido pero ya victorioso en su derrota. Y me sorprendí a mí mismo llorando. Tenía 20 años: era ya la edad de los amores perdidos. Desde entonces el Che no me ha abandonado. Fue él quien lanzó a nuestra generación a las calles de París, él quien nos dio palabras más terribles que las balas, él quien nos enseñó que la muerte no era nada, que no significaba nada frente a la justicia. Y cuando marchamos, en apretadas filas, por París y por otros lugares gritando ¡Che, Che, Che Guevara!, ¡Ho, Ho, Ho Chi Minh! era él quien desde la profundidad de su muerte, en Bolivia, nos guiaba para apoyar a nuestros hermanos vietnamitas, palestinos, españoles, a nuestros hermanos de cualquier lugar que decían no a la opresión, a la dictadura, al colonialismo, al imperialismo. Fue él, ese argentino-cubano, el que hizo de nuestra generación de estudiantes airados adversarios decididos (le la mayor potencia de la Tierra. Vivo, daba miedo; muerto, se convertía en invencible. Vivo, creían que estaba en todas partes. Muerto, estaba en todas partes. Jóvenes corazones le amaban, bocas jóvenes gritaban su nombre, jóvenes cuerpos se ofrecían en sacrificio por su ideal. De pensamiento revolucionario, su espíritu se convirtió en icono de sacrificio: de ejemplo para todos, la muerte le transfiguró en imagen para cada uno.Su tragedia era la del oprimido. Formaba parte de un panteón donde sólo reposan grandes vencidos: Frantz Fanon, Carlos Mariategui, Patricio Lumumba. "Creemos dos, tres, Vietnam", decía, y los vietnamitas, bombardeados en Hanoi, en Haiphong, resistían y preparaban, desde las profundidades de las selvas de Asia, la primera y mayor derrota del imperialismo americano. Porque en Nueva York, en Washington, en California, había también jóvenes americanos que gritaban ¡Che, Che, Che Guevara!, ¡Ho, Ho, Ho Chi Minh! Ésa era su victoria. La del ideal sobre la realidad, el coraje sobre la pasividad, la esperanza sobre el miedo. No pude por menos que pensar en mis lágrimas de 1967 cuando, más tarde, supe cómo había sido perpetrado su asesinato, y cuando uno de sus compañeros me contó la tragedia de este hombre, abandonado por Fidel Castro, denunciado por los soviéticos a los americanos. (Pero se decía: "No hay que contarlo, en cualquier caso Cuba sigue resistiendo, y la URSS ayuda a Vietnam, no hay que debilitar el campo de la revolución"). Quizá el Che murió, como Cristo, para redimir nuestra parte de inhumanidad.

¿Qué nos queda de aquel impulso, de aquel coraje, de aquel martirio, en un momento en que la injusticia es mayor que nunca y cuando el imperio norteamericano ha vencido por doquier y, sobre todo, en nuestras cabezas? ¿Qué nos queda sino ese cuerpo acribillado por las balas y esa mirada perdida para siempre en la profunda eternidad de la muerte? El realismo, la democracia, el derecho, incluso para proteger a nuestros adversarios, y, en resumen, nuestra reconciliación con la realidad, ¿pueden emascular el icono emblemático del Che? ¿Qué significa el rostro impreso del Che en la mitología de las nuevas generaciones sino que el ideal de justicia acaba siempre por renacer? Contra esto no podrá nada el imperio al que le gustaría hacernos creer que la historia ha terminado. y que no nos queda más que obedecer. No es el comunismo el que perdura en la martirología guevariana; no es la realpolitik, no es ni siquiera la extrema dureza del propio Che, cuyo rigor moral podía llegar al fanatismo, no es todo eso lo que queda hoy, sino sólo y sobre todo su tragedia, la terrible tragedia del hombre que desafía al destino y osa la rebelión simple y pura frente a los poderosos. ¿Dónde beben hoy nuestras jóvenes generaciones, a las que hemos preparado un futuro de paro, de droga, de esquizofrenia internauta, sino en la desesperanza de la humanidad? Les decimos: realismo, competencia, índices bursátiles, movilidad social e incluso geográfica (oh, sí, si un joven madrileño no encuentra con qué alimentarse, que se vaya a Noruega, es Europa); la fe del presente es que lo único que cuenta es el beneficio. Y nosotros, jóvenes airados por la justicia en los años sesenta, nos hemos convertido en viejos arteros y cinícos, dispuestos a todo para defender nuestra parte del pastel. Él prefirió el engranaje que conduce a la aniquilación a la comodidad, la prueba de fuego a la resignación de los bienpensantes. Era una elección loca. Pero la locura, cuando es creadora, puede derribar las murallas más sólidas. Nosotros no volveremos a vivir la pasión del Che. No volveremos a vivir la martirología del Che. Pero su ejemplo es de algún modo el de la trascendencia mantenida, salvada. Esta parte de trascendencia, que quema cuando se la compara al egoísmo frío de nuestra época, es lo que debe ser preservado y restituido a las generaciones jóvenes.

Existe hoy un fenómeno de identificación con el Che. A los fastos televisados de princesas accidentadas, a las bodas reales donde el orgullo nacional, a falta de poder expresarse, se disfraza de fascinación por las testas coronadas, a las adoraciones por los cantantes millonarios, héroes del tipo más miserable, se opone la búsqueda de sentido y de sacrificio de los jóvenes, profundamente emocionados por la dimensión moral de la gesta trágica del Che. Para el Che, salir del purgatorio es también no ser asociado a la deriva de la experiencia cubana. La desconexión del Che con el castrismo está hecha: es paradójicamente lo que ha liberado su imagen y ha hecho de ella una referencia tanto contra el comunismo estalinista como frente a la trivial mediocridad de la socialdemocracia internacional.

La mayor originalidad en la mitología del Che es que transforma una historia factual en una toma de posición ética contra la injusticia en el mundo. Quien mejor ha comprendido esta conversión de revolucionario violento en santo moral es el comandante Marcos. Multiplica el testimonio del Che anulando la violencia y creando un personaje híbrido y extrañamente paradójico: una especie de CheGandhi. Si el rechazo moral de la violencia procedía en Gandhi del respeto absoluto a toda vida, para el Che el riesgo de morir por la liberación de la vida tenía la misma profundidad moral. Es esta unión la que realiza el comandante Marcos, héroe laico sin rostro, moralidad en acción, idea en movimiento. Precisamente lo contrario del culto a la personalidad tan asociado al despotismo y a la dictadura.

Queda el Che como hombre que sufría, agrandado, mitificado, socializado. Su virtud es su destino. Su locura, nuestra necesidad de justicia que renace eternamente. Hay pues una justicia en la historia. Cuenten a sus hijos la leyenda de este médico argentino, hermoso y siempre enfermo, valiente y a menudo irresponsable, inteligente y cegado por el ideal, que conquistó el poder para abandonarlo por la dura vida de la selva, muerto en nuestra vida, pero vivo en su muerte. Cuéntenles esta historia y díganles que hizo todo lo que hizo porque creía en una sociedad mejor. Y comprobarán cómo sus hijos lo creen. Y comprenderán que necesitan creer. Porque necesitan el ideal de una sociedad mejor. Porque, como decía Freud, cuando ya no se sueña, se está muerto. Y nada es tan poderoso en la vida como el sueño. Y el Che, desde la profundidad de su noche, nos hace todavía soñar.

Sami Naïr es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de París VIII.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de octubre de 1997