VUELTA 97

Zülle aplasta la disidencia

Tonkov justifica su presencia con una gran victoria Jiménez, de nuevo segundo

Fernando Escartín hablaba la víspera de la transfiguración de Alex Zülle, aquel suizo habitualmente nervioso, intranquilo y dubitativo, en un nuevo Induráin, un hombre de cuya tranquilidad en los momentos más duros emanaba tal fuerza que cualquier intento de faltarle el respeto queda en. eso, en puro amago. Hiperbólico o no, la imagen buscada por el escalador aragonés para describir lo que sentía allí arriba -obligado a atacar y al mismo tiempo sabedor de su ineficacia e incluso de su inconveniencia- con Dufaux y Zülle, resume a la perfección, con 24 horas de adelanto, lo que sucedió ayer.La etapa de Pajares sirvió para que una de las grandes estrellas del plantel de la ronda española, el ruso Pável Tonkov, justificara su participación con una espléndida victoria; también para que Jalabert mostrara una inteligencia poco común a la hora de definir la carrera, aunque le costara un minuto de penalización por reparación no autorizada; y, cómo no, para que José María Jiménez continúe con su campaña de alegrar a la afición con ataques condenados finalmente a la segunda plaza.

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La jornada, una de las más duras de esta Vuelta, corrida a casi 38 kilómetros por hora, tuvo un protagonista extraordinario, un corredor que dejó a su líder en las mejores condiciones para dominar la subida final a Pajares -16 kilómetros al 6,3%, con algún tramo del 19%- y asestar otro golpe moral a sus desafiantes. Se trata de Laurent Jalabert, el hombre de las explosiones de fuerza y de las explosiones de agotamiento. El inicio difirió del de días anteriores por una sola razón: el ruso Pável Tonkov, a quien el día anterior su novia madrileña, Daría, había convertido en padre de Nicolás, quería ganar la etapa. Era la condición que le había puesto Gluseppe Saronni, su mánager, para poder abandonar la ronda, cosa que hará hoy o mañana para visitar a su familia. Asi que para que su líder triunfara, fue su equipo, el Mapei, quien se dedicó a controlar la carrera, quitando el trabajo a la ONCE. Subiendo La Cobertoria, sin embargo, primero la ONCE, por medio del inagotable Leanizbarrutia, y luego el Kelme, con Arsenlo y Escartín buscando dejar aislado, como el día anterior, a Zülle, marcaron el fuerte ritmo que dejó el pelotón de cabeza en una veintena de corredores. Pero Jalabert tenía otra idea de cómo debía desarrollarse la carrera, y la puso en práctica -para desgracia de Cerezo, a quien privó de los puntos del premio de la montaña, el único acicate para el manchego, en un furioso sprint- coronando La Cobertoria. Jalabert se escapó en el descenso al tiempo que Serrano, uno de los ayudantes de Escartín pinchaba. Fue el cebo en el que picó el Mapei. Y fue en el llano donde Lanfranchi, el gregario de Tonkov, hizo el trabajo que la ONCE necesitaba, para que los suyos tomaran un respiro: tragarse el viento y tirar desaforadamente del grupo, impidiendo, así, que Serrano se desgastara para enlazar y llegara a Pajares sin fuerzas para ayudar a Escartín. Desgastando, de paso, a todos los que osarían a atacar a Zülle.

Luego, Jalabert cambió de bicicleta -un minuto de penalización-, recuperó fuerzas, se dejó atrapar y preparó el siguiente golpe: en Pajares volvió a atacar para que Tonkov en persona tuviera que responder, para- que los tirones desgastaran aún más a los rivales, para que Zülle viera que Escartín no tenía su día y que podía quedarse a poco que se tensara la cuerda. Cumplida su función, como los actores secundarios, desapareció por el foro el francés. Entró en escena Jiménez, quien, más confiado que otros días, atacó a sólo 5 kilómetros de la meta. El mismo resultado que la víspera: uno más fuerte le alcanzó y le dejó. Fue Tonkov. Saltó a falta de 4 kilómetros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de septiembre de 1997.

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