Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El 98

Si el modelo de la Expo 92 fue Disneylandia, no ve uno por qué no podríamos celebrar el 98 con un parque temático donde hubiera decorados de Castilla y sepulcros del Cid con siete llaves, además de puentes de Riga como el que utilizó Ganivet para saltar a las aguas del Dvna. Los visitantes también se podrían arrojar, aunque sujetos a esas gomas que te devuelven al punto de partida prácticamente ileso. A continuación, para recuperar el aliento, se les invitaría a pasear en barca de remos por una reproducción de la famosa "curva de ballesta" del Duero, y después comerían en restaurantes pesimistas los menús flatulentos de la época con banda sonora de Los últimos de. Filipinas y una versión cutre de Cuando salí de Cuba: la de Luis Aguilé, por ejemplo.Por las tardes, un desfile de actores disfrazados de Azorín, Unamuno, Baroja y Cía recorrería las calles del parque con gesto de derrota nacional entre los aplausos de los niños subidos a hombros de sus padres. El proyecto es caro, pero podría financiarse con la venta masiva de la boina de Baroja, las barbas de Valle-Inclán o la mesa camilla de Azorín. Quizá nuestros tradicionales enemigos nos acusaran de frívolos, pero en el 92 se conmemoraba un encuentro entre dos culturas que produjo más muertos que parados la fusión entre dos multinacionales, y nadie dijo nada. Al contrario, pasamos a la historia de los parques de atracciones como un modelo de organización que ahora podría servir de referencia.

Se puede estar de acuerdo o no con la idea, pero nadie negará que es preferible una feria de esta naturaleza al castigo de que los asesores del Gobierno empiecen a producir discursos sobre el tradicional pesimismo español y la alternativa regeneracionista ofrecida al mismo por el talante cultural del PP. Todo tiene un límite.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de abril de 1997