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Tribuna:ESTAMPAS COTIDIANAS

Flotando

El Festina Joventut se alzó el lunes, en León, con la Copa del Rey de baloncesto ante el Cáceres, en una final inesperada. Alfred Julbe, el entrenador de la Peña, logró de esta manera su primer gran título. A sus 36 años ha sido entrenador del Valvi Girona, Zaragoza, y en dos etapas diferentes, del Joventut. Julbe, a petición de EL PAÍS, relata en este artículo las novedades que su vida ha experimentado en los días posteriores al triunfo. La más visible de todas, el rapado al que él y todos los jugadores se sometieron tras ganar la Copa. El entrenador teme que tanta euforia sea al final perjudicial.

Me levanté pronto por la mañana; debía ir a comprar verdaderos regalos de niña para mi hija Sara en el día de su cumpleaños. Me fui a peinar y choqué con mi nuevo aspecto. iGlups!Quería andar y me acerqué a unos grandes almacenes para hacerles el homenaje por su patrocinio a la Copa del Rey. Tenía frío en las orejas y aún no habían abierto.

Recordé la noche anterior, en la que participé en tantos programas radiofónicos deportivos a los que teóricamente tanto debemos los que nos dedicamos a esto y de los que yo tanto huyo. Iba de micrófono en micrófono y ya me empezaba a cansar de mis propias palabras.

Cuando volví a la mesa de celebración, mis hijos dormían, uno entre dos sillas y la otra con la cabeza apoyada encima de la mesa. Cargamos con ellos y junto a mi ayudante y la mamá de los niños nos dispusimos a ver la cinta de vídeo de la segunda parte de la final. Nada de análisis. Sólo disfrute personal.

Contentos como estábamos, aún me indigné, como me pasa siempre -hasta que bajo la voz-, con la falta de enamoramiento con este deporte que muestran los que venden el producto, siempre discutiendo el valor del propio producto que tienen en exclusiva: nuestros árbitros, nuestros entrenadores, nuestros jugadores. Bajé el volumen como otros cambian de canal. De la exigencia obtenemos miseria. Vimos nuestra remontada y captamos el momento en que los jugadores del Cáceres empiezan a mostrar el miedo a ganar en sus caras. ¿Cómo es la psicología humana cuando estás a punto de conseguir aquello que persigues y te sobreviene el vértigo del propio obtenerlo?

Y pensé en la cara de Rodríguez Ibarra al final, en la entrega de trofeos. Se me anticipó otro político, con la Copa individual; yo ya sólo tuve él estrechón de manos retador que yo buscaba contra su gesto duro, de sheriff. Me reía por dentro, pero sólo por él y sus palabras previas al encuentro. (Quizá también por algún que otro populismo barato de otro tiempo).

Tomé café por la mañana con Manolo Flores, nos hicimos fotos y charlamos. Creo que creció -desgranando el partido, los trucos y respuestas y planteamientos- nuestro respeto mutuo y relación de futuro.

Ya en Badalona, celebraciones y más celebraciones. Me desbordan y vuelve mi preocupación y mi obsesión: no cambiar.

Voy a comer un día de estos al santuario de la Penya, Can Mas. Como con Oleart y con el famoso Mangui y se nos une Brunet, Bruno, el Tanoka Beard de hace 35 años. Le pregunto por Kucharsky, el entrenador de la Penya que consiguió mi sueño de entrenar a la Virtus de Bolonia y empiezan las anécdotas con Emiliano, Buscató, Saporta... , el tiro de cuchara y los cambios en el baloncesto como protagonistas.

También las mujeres, pero eso ya forma parte del secreto de sumario.

Camino de vuelta a casa, saboreando el privilegio de la tertulia, miro al suelo y noto que mis pies aún no lo tocan. Debo ponerme piedras en el bolsillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de febrero de 1997