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Piedad

Quiero romper una lanza, o dos, por la ministra Loyola de Palacio, cuya foto en trance religioso publicó el lunes este periódico con, me temo, consecuencias de mofa y befa por parte de los descreídos. De Palacio me parece trabajadora y seria: no como otras. Y esa foto de Juan Martín que la muestra con los ojos cerrados y las manos juntas, y toda ella como elevada hacia el copón sin necesidad de tenerlo delante, pues hallábase en acto público y no en capilla, viene a certiflcar que, siendo los actos públicos un auténtico peñazo, la ministra los alivia llevándose a ellos deberes de rezar. Debería aprender Abel Matutes, a quien el rezo de unos cuantos rosarios en las reuniones sin duda proporcionaría un despeje y una habilidad para despertarse en el momento oportuno para votar por aquello por lo que prometió votar y no exactamente por lo contrario. Es más: quién sabe si a Tocino, de haber rezado más, no se le habrían caído del medio ambiente del ministerio los altos dirigentes desambientados.En estos tiempos en que los científicos te dicen que el aborto produce cáncer y el embarazo encoge el cerebro (de la mujer, naturalmente), y que la avidez por comprar es directamente proporcional a la desgana por fornicar (lo cual debe de ser cierto, teniendo en cuenta lo mucho que compra el casto médico de familia en las rebajas de El Corte Inglés), en estos tiempos, digo, en que tan poco espacio en nuestras vidas ocupa la verdadera fe, resulta reconfortante que una ministra comparta las tareas de su departamento nada menos que con Dios, gracias al cual la renta agraria ha aumenta do un 22%, pues Él nos envió la lluvia, etcétera, y ella, además, ha mejorado imagen y descubierto una nueva marca de champú.

Yo me he comprado un reclinatorio y estoy entrenando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 21 de enero de 1997.

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