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Formas de responsabilidad

Hay algo profundamente patético en la situación de un estadista que, tras veinte o treinta años de vida política, en la plenitud de su capacidad y su triunfo, se ve envuelto en un asunto tenebroso y ha de hacer frente a la suprema humillación de tener que negar lo que, en su corazón, sabe que es cierto. Y no menos patética es la del partido que se agrupa en torno a quien ha sido su guía, su mentor y el talismán de sus éxitos pasados y sus futuras esperanzas, y que, vacilando entre dos precipicios, uno el de acompañarle y otro el de desentenderse de él, se lanza por la vía de huir, negar y esperar que lo que todos saben nunca se haga patente.Entretanto llega ese momento, y mientras algunos tratan de que la opinión, obnubilada, siga la pista de las teorías de la conspiración permanente, se cultiva el victimismo. Es difícil que esta operación salga bien hoy día. Ya Nixon lo intentó hace más de veinte años. Creía que el asunto Watergate era una pequeña minucia, y que la reacción, desproporcionada, respondía a una conspiración de liberales que trataban de acabar con él; y se fue del poder sintiéndose una víctima.

Pero se fue solo, porque, aunque también hubo en su caída afán partidista y enemistades, la mayoría del país acabó comprendiendo que el corazón del asunto era que su presidente había faltado a su juramento de respetar y hacer respetar las leyes, conculcándolas masiva y reiteradamente para ocultar el incidente originario; y no estuvo dispuesta a darle el tratamiento de líder providencial y considerarle por encima de la ley.

Hay que reconocer que, en el terreno de los principios políticos, los líderes democráticos se mueven, a este respecto, con una dificultad que los líderes autoritarios obvian. Si la filosofía que animara a nuestro estadista y su partido fuera la de la exaltación de un líder providencial responsable tan sólo ante Dios y la historia, una estrategia de negaciones y silencios podría tener sentido, al menos para ellos; pero se trata de líderes y partidos democráticos, cuyo lenguaje, que es el del Estado de derecho, la igualdad ante la ley y su responsabilidad por sus actos ante sus conciudadanos, es contradictorio con esa estrategia. Pueden vivir con esa contradicción; pero no pueden salir de ella.

El espectáculo, en todo caso, es muy desconcertante para un país compuesto, en su mayoría, no por conspiradores, obtusos y fanáticos, sino por gentes con sentido común y una decencia básica en lo que se refiere a sus deseos de convivir en paz y de acertar en sus decisiones cívicas. A un país así le gusta poder confiar en sus políticos, respetarles, creer que éstos le respetan y, de esta forma, respetarse a sí mismo; por esto le cuesta hacerse a la idea de que sus políticos le engañan. El drama de estos últimos años ha girado una y otra vez en tomo a estos problemas del respeto recíproco entre gobernantes y ciudadanos, y del autorrespeto de estos últimos. Quizá tardamos tanto en llegar a su desenlace porque, por delicadeza (por así decirlo), evitamos plantearlo en esos términos y, por ello, no hemos atinado a identificar claramente el asunto central.

Nos hemos imaginado que el asunto central consistía en una responsabilidad penal por los sucesos de los GAL, a ser dirimida ante los tribunales; y una responsabilidad política entendida simplemente como una decisión de otorgar la confianza para formar Gobierno, a ser dirimida en unas elecciones. Pero todo esto, aunque extremadamente importante, y aunque tenga que ver con él, no es el asunto central.

El asunto principal consiste en lo siguiente. Cuando un equipo gobernante suma en su debe desafueros de sus hombres de confianza que se traducen en veintitantos asesinatos, muchísimos miles de millones de pesetas robados de los fondos públicos y (justamente para evitar que tales cosas se sepan y se castiguen) el engaño de la opinión pública año tras año, ¿acaso estamos sólo ante un problema de responsabilidad política reducible a cuántos votos se tenga o se deje de tener en la elección correspondiente? ¿O estamos también ante otra cosa: ante un problema de responsabilidad cívica fundamental, que supone la ruptura de un pacto de buena fe y de confianza recíproca básicas sin las cuales una democracia liberal, o una sociedad de ciudadanos libres, es imposible, hoy en el futuro?

Una democracia liberal se asienta no sólo sobre una Constitución escrita, sino también sobre pactos meta-jurídicos fundamentales, no escritos, uno de los cuales da por supuesto que los gobernantes no van a permitir, por acción u omisión responsables, el asesinato, el robo y el engaño masivo y reiterado de sus conciudadanos; y si tal cosa ocurre, tales gobemantes tienen que pagar un precio conmensurado a la gravedad de los hechos, no sólo en términos penales o de pérdida de unas elecciones, sino en términos de vergüenza cívica, por el daño causado y el riesgo en el que se ha puesto a las instituciones, y a las relaciones de confianza entre la clase política y la ciudadanía. Ese precio puede pagarse de formas diversas, pero todas incluyen un reconocimiento solemne de responsabilidad, una petición explícita de perdón, una penitencia pública, y, normalmente, una exclusión o una autoexclusión, durante el tiempo que sea preciso, de posiciones de autoridad.

Ya sé que hay muchos políticos que quieren que miremos al futuro; e incluso algunos que hacen dengues y merengues con los labios cuando nos hablan de utopías. Pero, de qué futuro o de qué utopía se nos habla cuando lo que se nos promete es el futuro de acumular olvido sobre engaño? ¿De qué futuro hablamos para nuestros hijos y nuestros nietos: uno en el que ellos también tengan que dedicarse a olvidar? La lógica de la ocultación anuncia un futuro inquietante y afanoso de olvidos incesantes. Al parecer (dicen algunos), hicimos la primera transición sobre la base de olvidar el franquismo; y la segunda (añaden) estaría edificada sobre el olvido de los pecados de la primera transición. ¿Tendremos que esperar una tercera transición para olvidar los ocultamientos de la segunda? ¿Y por qué no una cuarta para ocultar, y luego olvidar, los de la tercera? Hoy hay que olvidar los pecados de este estadista. ¿Es esto una forma de anticipar y preparar el terreno para nuevos olvidos?

¡Oh dulce conciencia generosa! ¡Oh alimento sublime del perdón, servido por suaves directores de conciencia de lenguaje incomprensible... pero tan comprensible! ¡Oh misterio insondable de la profundización de la democracia por el procedimiento de sumergimos a todos en un estado de eterna, no diré ya juventud, sino niñez! La lógica de la ocultación nos promete un futuro, sí, pero no de ciudadanos adultos, sino de niños olvidadizos. Como es sabido, Dante empieza su Divina comedia situando al lector, con el protagonista, en medio de su vida, extraviado y en una selva oscura. Imagina quizá hombres de mediana edad que, tras veinte o treinta años de ajetreo, hacen una pausa y tienen la sensación de haber perdido el rumbo. Dada la inminencia de la muerte, cuya sombra tanto se alarga precisamente a la mitad del camino de la vida, de repente sienten la necesidad de decirse la verdad, reconsiderar su trayectoria y hacerse la pregunta de qué sentido tiene, a la postre, su existencia.

El momento es duro y la desesperanza acecha, pero ya sabemos la sugerencia de Dante. Sugiere que pasemos por el purgatorio, e incluso que bajemos a los infiernos, si queremos que la mano gentil de Beatriz nos conduzca al cielo.

Víctor Pérez Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 20 de octubre de 1996.

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