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Tribuna:

Dos clásicos

Tras años anhelando saber cómo era la chica de Clásicos populares, aparece su foto en los diarios y tal como predecía su voz.El programa cumplió ayer su vigésimo aniversario conducido por Fernando Argenta y Araceli González Campa, dos tipos tan simpáticos que a la fuerza debían repartir su jovialidad por las emisoras. Veinte años seguidos a la hora de la siesta y sin una cabezada en la audiencia es la mayor prueba de su vivacidad. Pero es además la prueba de que una materia dura como la música clásica se vuelve golosina en buenas manos. Una reproducción clónica de Fernando y Araceli a lo ancho de la enseñanza y, en los próximos veinte años, sería éste el país más culto y bien humorado del mundo. Como también, dicho sea de paso, una edición más de los García de Cortázar contando la historia de España y se habrá achicharrado la voluntad de aprender.

La cultura levanta a veces ante sí la barrera de unos malos comunicadores. Unos porque no saben contar lo que saben, otros porque ignoran la ignorancia del aprendiz. Otros, al fin, porque han aprendido todo menos la alegría de enseñar. Clásicos populares cuenta con lo mejor para entretener e ilustrar; posee el interés de la didáctica y el agrado natural del conocimiento. Muchos académicos aman con fervor el conocimiento, pero no pocas veces les falta humor. Gracias a las bromas, Clásicos populares ha ensanchado su alcance y, a estas alturas, el espacio es un lugar muy animado donde los oyentes, en cuanto melómanos, parecen libres de pesar y convertidos en metales puros y bruñidos. Ese brillo feliz es resultado, claro está, de su asiduo contacto con la música, pero el reflejo también de cualquier ser humano cuando consigue unir al espiritual disfrute de su oído un campechano placer del alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de abril de 1996