COPA DEL REY CUARTOS DE FINAL / IDA

El Barça se queda pajarito

El Numancia trató de tú a tú al gigante y alargó su hazaña en un gran partido

Y Soria se tiñó de épica. Nadie olvidará jamás una hazaña semejante. Uno de esos cuentos de hadas que van de boca en boca durante generaciones. Dirá la leyenda cómo la humilde y sosegada Soria se engalanó para recibir ni más ni menos que al Barça. Le trató con todo lujo de detalles: todo un pueblo reverencial con el gigante azulgrana, al que sólo los cromos, y la televisión habían acercado por estos parajes. Cómo el público tiraba serpentinas y los animosos jugadores del Numancia local miraban de reojo a sus siderales enemigos mientras calentaban. Les sacaban brillo con la mirada y hasta aprovechaban la ocasión para fabricarse un poster junto a alguna vaca sagrada. ¡Qué demonios!, era su primera comunión en la élite.También se contará cómo llegó la hora de la verdad y aquella pandilla de fans se revelaron como un puñado de futbolistas con cuatro piernas y dos corazones. Y mientras los azulgrana se sacudían el brillo... ¡zas! Apareció la maldición de los Alonso. Quique, el más joven de la saga, que lleva la mayor parte de su carrera en Segunda B, se elevó sobre Busquets y un increíble resplandor cegó toda Soria (capital, provincia y aledaños). Hasta los romanos se revolvieron en su tumba. La gesta de Quique Alonso dejó hecha añicos la de su hermano Txema, el defensa del Racing de Santander, que este mismo año marcó en Liga el gol que dio a los cántabros el empate en el Camp Nou.

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El gol numantino puso el mundo al revés. El Barca, con toda su heráldica a cuestas, sintió vértigo. Estaba incómodo. Qué incordio: había viajado en autobús, hacía frío, tenía un partido de esos que nada te dan y todo te quitan. Y por si no fueran pocos inconvenientes para profesionales de etiqueta, el Numancia mostró un morro impropio. Una defensa ligera, de sólo cuatro bastones, un centro del campo aseado y dos delanteros siempre con la velocidad directa. Por momentos, presionaba arriba. Sin complejo alguno, en ocasiones se dieron placeres celestiales: le tiraron caños a Carreras (un jugador con más plomo en sus botas que en la Segunda Guerra Mundial), dejaron como un trapo a Hagi, intentaron la jugada del calvo sobre Busquets... Al fin y al cabo, estaban de fiesta. ¿Por qué sufrir?

El Barça sí que sufría. Vaya si padecía. Cruyff había dibujado las líneas de las grandes tardes. Los dos centrales, el cuatro, el seis, los extremos y todo eso. Pero sobre el campo el equipo tuvo un perfil patético. El Barça necesitaba una receta para imponerse al décimo del Grupo Tercero de Segunda B. Tremendo.

Por un momento, Soria despertó de su hermoso sueño. Dos arreones de Figo pusieron las cosas en su sitio y Moreno, el becario, alivió el maltrecho rictus de Cruyff. Numancia se temió lo peor. Los cronistas, por aquello de las prisas, se lanzaron a vomitar la victoria azulgrana. Un susto de 45 minutos y todo en orden. ¿Cuántos le caerían al bueno de El Chino? ¡Qué demonios! El meta numantino tenía un color estupendo. Eran los azulgrana los que poco a poco fueron exhibiendo un inquietante tono amarillo. Palidecían otra vez. Con el 1-2, la relajación catalana -quién sabe si también la falta de aptitud- se fue multiplicando. Algunos se calzaron el albornoz, las líneas se agrietaron y el Barça quedó enredado en un desorden absoluto. El Numancia aún tenía ganas de alboroto. Quiso otro baile y dio un zarpazo final que dejó al Barca pajarito. Hoy, mientras los eruditos tiran de pizarra y desempolvan algún inútil vademécum del fútbol para explicar el porqué de lo ocurrido ayer en Los Pajaritos, toda Soria estará más altanera que nunca. Guiños del fútbol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 01 de febrero de 1996.

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