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Tribuna:

El drama y el escenario

La leyes y las reglas resultan inefectivas y quedan en meras declaraciones retóricas si no van acompañadas de sanciones institucionales; y estas sanciones jamás se aplicarán de una manera regular y predecible si no se apoyan en un sólido sentimiento público que las favorezca. Por esto, los partícipes en el debate acerca de la naturaleza y el alcance de los escándalos políticos de estos años han tratado de persuadir al público con extraordinario ahínco. Han luchado por el corazón de la opinión pública. Es una lucha que, en última instancia, el Gobierno parece haber perdido.Al final del periodo, el público está próximo a alcanzar la conclusión de que la autoridad pública debería responder por una pauta de abusos de poder sumamente graves. Ésta sería, sin duda, una conclusión importante. Sin embargo, a la hora de seguir la evolución del sentimiento público durante estos años, lo más importante es no tanto la conclusión a la que haya podido llegar el público (a favor o en contra de la posición del Gobierno) cuanto el proceso de aprendizaje mediante el cual el público ha llegado a la conclusión. Porque este proceso de aprendizaje implica que el país ha adquirido unas capacidades para el debate público que podrán ser aplicadas más tarde a otros temas y otras circunstancias.

El debate fue oscuro y enredoso. Se intercambiaron argumentos, réplicas y contrarréplicas de manera desordenada. Se mezclaron alegaciones contradictorias, acusaciones apasionadas e insinuaciones de todo tipo. Es difícil imaginar cómo alguna forma de aprendizaje haya podido tener lugar en medio de esta con fusión. Y sin embargo, es posible seguir una senda de luz en medio de la oscuridad: la senda del aprendizaje necesario para una apreciación razonada de la cuestión central que se estaba discutiendo, y que no era otra que la de la responsabilidad política de la autoridad pública.

Creo que, poco a poco, hemos aprendido que, para que pueda debatirse razonablemente la cuestión de la responsabilidad política de la autoridad pública, se tienen que dar tres condiciones. Primera, el escenario debe ser organizado de tal forma que la cuestión principal se encuentre efectivamente en el centro del mismo. Segunda, hay que reforzar la visibilidad de la cuestión (e impedir su oscurecimiento) mediante diversos procedimientos. Tercera, el público tiene que acumular suficientes recursos morales y emocionales para tener el coraje cívico necesario con el que atreverse a exigir a la autoridad pública que dé cuenta de sus actos. Ninguna de estas condiciones podía darse por supuesta al comienzo de este proceso. Permítame el lector que intente explicarle lo que quiero decir, al menos por ahora, con la primera de estas tres condiciones: la del escenario adecuado.

Cualquier averiguación sobre el tema de la responsabilidad política de la autoridad pública puede ser tratada como si fuera una actuación dramática que debería captar la atención del público. Sin embargo, el público puede ser inducido a la confusión y la distracción mediante varios procedimientos, uno de los cuales consiste en transformar el escenario donde transcurre la acción. Esta transformación trae consigo la del carácter del drama: de un drama donde la autoridad pública da cuenta de sus actos, a un drama de confrontación tribal donde los amigos y los enemigos de la autoridad pública luchan entre sí.

En la escena de "la autoridad pública da cuenta de sus actos", el foco de la atención se centra en la autoridad, que se sitúa frente a una audiencia / coro de ciudadanos concernidos. La autoridad no tiene la iniciativa de la palabra: ha de escuchar en silencio las preguntas que se le dirigen, y contestarlas. Sus actos van a ser ponderados y juzgados. La audiencia es invitada a examinar la evidencia, a considerar los principios y las reglas y a dar su veredicto.No sucede así en la escena de "la confrontación (tribal) entre los amigos y los enemigos de la autoridad pública". El foco cambia de dirección. Las luces no se concentran en el proscenio o en el centro del escenario, sino que se diseminan a lo largo y a lo ancho de la escena. Por ella se desplazan dos masas de actores como sombras movedizas que se buscan, se evitan y se enfrentan. La audiencia / coro es invitada a abandonar sus asientos, y unirse a la acción. Se la aturulla, se la trastea y se la empuja para que, dividida, se mezcle con las dos masas contendientes, en medio de una de las cuales la autoridad pública se refugia, rodeada y protegida por sus partidarios.

Entretanto, el argumento del drama cambia de naturaleza y la cuestión de la responsabilidad política prácticamente desaparece. Las gentes ya no debaten cuáles sean los actos por los que la autoridad deba responder, sino cuál sea su carácter, su identidad tribal o su carisma. Naturalmente que, bajo estas circunstancias, la autoridad pública consigue el beneficio de evitar ser juzgada por referencia a una cuestión que haya podido ser determinada con algún grado de precisión, y de esta forma consigue eludir o minimizar el riesgo de ser sancionada por ello.

Para que esta estrategia de elusión de responsabilidad por parte de la autoridad pública tenga éxito, la maniobra crucial reside en conseguir que la audiencia se divida en dos grandes tribus. Para ello, es preciso simplificar las cosas al máximo, de manera que, a la postre, sus partidarios vean el debate como si se tratara de una confrontación entre "el buen partido (político)" y "el mal partido"; o entre "los amigos del buen régimen político" y Ios enemigos del buen régimen político"; o incluso más elemental: entre Ias gentes decentes" y Ias gentes indecentes".

En España, quienes se han comprometido en esta estrategia elusiva han tratado de convertir el problema de la responsabilidad política específica por actos específicos: bien en un problema de política partidista entre un partido socialista, que se encontraba en una posición de gobierno conseguida mediante la victoria en unas elecciones democráticas, y una coalición de gentes con varias motivaciones políticas (y en complicidad con el partido de la oposición), empeñadas en despojar a los socialistas de su legítima posesión; bien en un problema de "buenos demócratas" enfrentados con "fuerzas antidemocráticas" que conspiraban en un mundo subterráneo para minar la legitimidad política del régimen (o incluso para provocar la abdicación del Rey como un primer paso hacia un cambio de régimen); o bien en un problema de "Ia buena gente", hostigada o amenazada por gentes de bajos o malos sentimientos (gentes movidas por espíritu de venganza, ansia de notoriedad o apetito de poder).

Curiosamente, esta estrategia ha podido tener tanto más éxito cuanto sus adversarios más se han empeñado en una estrategia que era como un espejo invertido de la actuación, contraria, pretendiendo: que ellos eran Ios buenos demócratas" contra un conjunto indiscriminado de gentes tan obsesas por el poder como indiferentes a las libertades y los procesos democráticos; que ellos defendían el régimen democrático contra quienes amenazaban con una involución autoritaria y casi, una vuelta a un régimen personal; o que ellos eran los patriotas celosos del bien público frente a gentes cegadas por su interés la pasión partidista.

Aún quedan algunas escenas por representar, menores o mayores. Las masas del escenarío, ahora bajo la luz cegadora de de todos los focos, andan presas de agitación. Pero el lugar propio de la audiencia / coro sigue siendo el mismo: a cierta distancia. Si subió al escenario, no tiene más que descender de él. Debería haber aprendido, quizá lo ha hecho, a formular sus veredictos con alguna frialdad. Tiene que hacer justicia: la justicia del juicio ponderado y sereno, sin exceso ni defecto, proporcionado a las cosas. Es bueno que tenga pasión cívica. Es aún mejor que su pasión esté dominada por su capacidad de discernimiento.

Víctor Pérez Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de enero de 1996