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ELECCIONES CATALANAS

El patriarca impaciente

Si por un momento pudiera estarse quieto, parecería un monolito de la isla de Pascua. Liberado recientemente de hacer los deberes a que le obligaba el pacto con los socialistas, ha adquirido aquella vivacidad de algunas viudas cuando regresan de enterrar al marido. Cierra sus largos párpados como un Buda que medita en un nanosegundo toda una vida de estrategia política inaugurada hace ya mucho tiempo, cuando subió al Tagamanent con su tío y vio tanta destrucción y los años que haría falta para reconstruir lo arruinado por la guerra civil. Construir ha sido el verbo predilecto de Pujol, aunque ya decía Ortega que la política es la arquitectura completa, incluso los sótanos.La frente es como una ladera del Canigó, estriada por las inclemencias de la historia y las argucias menos nobles de cada día. De repente, se.. comporta como un elfo, de la penumbra, con un rostro azotado por los tics y con muchas ganas de hacer discursos pidiéndole a su pueblo sangre, sudor y lágrimas. Esos ojos verdigrises saben del empaque obligado y del desdén necesario, métodos para una vocación política fundamentalmente conservadora aunque en otros tiempos coquetease con la vía sueca en un país sin suecos.

Convence a sus seguidores con una gesticulación espontánea que ha sido imitada instintivamente por varias generaciones de CiU. Esa sonrisa de dientes para afuera va a contrapelo de toda mercadotecnia de imagen, pero no le impide ganar o rozar mayorías absolutas y también suponerse en algunos momentos verdadero reloj molecular que contiene el mensaje genético de toda la historia de Cataluña. Hay que verle contemplando comarcas catalanas a vista de pájaro o pisando lander alemanes, aunque estén nevados.

Estatura y constitución le dan un bracear acelerado y un giro corporal brusco, como de hombre que huye de su propia comitiva, deja atrás los crisantemos y tuerce un poco el cuello para ver por sí mismo las dimensiones del polideportivo comarcal que acaba de inaugurar. Sus orejas se hacen notar, asequibles a confidencias de Estado en el Patio de los Naranjos, con algo gnómico en su configuración, en extraño contraste con esos cuellos de camisa y nudos de corbata que proceden de un orden familiar prácticamente preindustrial.

Sus cejas pobladas preludian un pensamiento emboscado en frases coloquiales y en truismos por los cuales Cataluña tiene que ser lo que tiene que ser. Puede parecer el patriarca que incluso se olvida de ejercer el droft de cuissage, pero de pronto se convierte en el heredero que defiende con brío su territorio, con mucha puntería a la hora de castigarle el hígado a los contrincantes. En algún instante incluso es postulable que pueda sentirse con fuerzas para excomulgar a quien se le ponga en medio. Se ve a sí mismo, en fin, como el payés que quiere ver si la cosecha crece bien.

A veces se le confunde con una especie marina de grandes mejillas. dormitando en un inmenso acuario, previamente domesticado. Luego, casi al instante, demuestra la curiosa impaciencia de quien dirige un orfeón y está convencido de que puede dirigir una orquesta sinfónica. Cuando se olvida de ir a la peluquería, las greñas le sacan rostro de brujo, con los pies en el suelo y una mano siempre en el timón. Todavía aspira a la política como misión, pero con tales dosis de realismo que las estrategias a menudo se confunden con su persona, en un proceso de realidad virtual que va amoldando las instituciones a sus inquilinos.

Cuando haga falta, incluso querrá ser el san Pablo que arrime el nacionalismo a los gentiles.

A falta de un. proyecto a lo Carlomagno, fatiga las deliberaciones algo aburridas de la Europa de las regiones cuando no anda cazando inversores japoneses con una rosa y un libro. Más allá de la mística nacionalista o de la ambición de poder, el enigma de su verdadero Rosebud alienta centenares de sobremesas, hasta el punto de que no pocos de sus adversarios no sabrían entender sus vidas sin la presencia de un Pujol que mantiene a su propio partido como una, gran familia y acepta adhesiones totales. Por otra parte, no deja delfines ni precisa mucho los límites del hacer país. Por el momento encaja a la perfección en el molde del político que gasta pero no recauda.

Todavía no ha conjurado una literatura política a la altura de su simultaneidad de mensajes y acciones, a mucha distancia de aquellos orígenes en los que su compañero Galí distribuía consignas montado en su vieja motocicleta. Tan leído por Pujol en aquellos tiempos, Péguy escribió que todo partido vive de su mística y muere de su política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 1995

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