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Tribuna:

El trono del pavo real

Los dos países que podrían disputarse la cuna del ajedrez no siempre tuvieron relaciones cordiales. El rey de reyes, el sha Nader de Persia, derrotó al gran mogol de la India hace dos siglos y medio. Ambos eran jugadores de ajedrez. El vencido se vio obligado. a ceder al triunfador el trono del pavo real de Delhi. Durante los brindis, el encargado de servir el vino, el gran vizir, se preguntó temblándole las carnes: "¿A quién debo servir la primera copa? Si la ofrezco a mi señor, el persa, ofendido, es capaz de decapitarme, pero si se la propongo al sha...". La leyenda cuenta, alzándose a rango de parábola, que tras presentar la bandeja dijo: "Majestades, no soy digno en un día como hoy de escanciar el vino. Sólo un rey puede servir a otro". El premio Nobel de Física y especialista de la Gran Unificación, Abdus Salam, también originario de la misma región, topó con un dilema parecido en Trieste hace un cuarto de siglo. Tuvo que presentar públicamente a otros dos premios Nobel, Heisenberg y Dirac, sin desatar quisquillosidades. Lástima que la gran unificación sea tan difícil de alcanzar en el ajedrez. Y sin embargo, el prodigio siberiano Kamsky, adornado por su genio, merece recibir el trono del pavo real ajedrecístico de manos de tirios y troyanos. Una pandillita de jugadores de ajedrez (bautizados por la circunstancia periodística), a sueldo de la PCA, pretende seguir el encuentro. En realidad, sólo trasmite el parecer de Kaspárov, vetando la opinión de los mejores campeones como Salov, Fischer o Kárpov, sobre la comedia de enredo de Nueva York. Mientras tanto, los aficionados reclaman cada, vez más enérgicamente que se haga justicia con el asombroso Kamsky y con su padre. Pero sobre todo que, al fin, se juegue el verdadero campeonato del mundo entre Kárpov y el mágico Kamsky.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 1995

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