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La otra ley de La Jungla

Juicio por el asesinato del gitano que vulneró el destierro impuesto por los patriarcas

JOSÉ A. HERNÁNDEZ Desafiar la ley gitana le costó la vida a Honorio Bruno Silva, de 29 años, el 1 de septiembre de 1993. Cuatro patriarcas -también llamados hombres de respeto- celebraron un -juicio gitano por un asunto de drogas y acordaron desterrarle un mes de La Jungla, un poblado marginal del extrarradio de Madrid. Pero Honorio, del clan gitano de Los Brunos, regresó al poblado 10 días antes de que expirase el castigo. Su anticipada llegada desató una batalla campal con escopetas incluidas. Un hombre de respeto intentó protegerle con su cuerpo de los cartuchos, pero no impidió que un certero disparo le abatiera. Días después, tres miembros del clan gitano de La Juliana ingresaron en prisión como presuntos autores del crimen. Ayer, casi un año después, la justicia gitana dio paso a la oficial.

Emiliano Vargas Suárez y dos de sus hijos -Antonio, alias El Petete, y Angel, menor de edad- se sentaron ayer en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial de Madrid. El fiscal pide 27 años de cárcel por asesinato para Emiliano y Antonio, y 12 para su otro hijo, Ángel.

Tras el crimen, todos los miembros del clan de La Juliana abandonaron apresuradamente La Jungla y se refugiaron -huyendo de las amenazas de venganza de Los Brunos- en un pueblo de Ciudad Real.

Unos y otros se volvieron a ver las caras ayer en los pasillos de la Audiencia de Madrid, pero bajo la atenta, vigilancia de un fuerte despliegue policial. Entre ambos clanes sumaban unas 100 personas. Los familiares del muerto -entre ellos, los padres, esposa y hermanos- vestían de luto riguroso.

El presidente del tribunal, Jesús Fernández-Entralgo, permitió el acceso de todos a la vista oral, pero por separado. En un intermedio del juicio, los agentes decomisaron entre la ropa de familiares del fallecido un hacha y cinco pinchos de madera muy afilados, que pretendían introducir en la sala sin que los advirtiera el detector de metales.. Sólo los comentarios de algunos testigos deljuicio sobre el pánico que sufrieron aquella tarde rompían la tensión reinante.

El juicio por el asesinato de Honorio Bruno prosigue hoy. Los tres acusados negaron ser los autores del disparo que impactó en el pecho de Honorio. "Aquello era un lío; sólo había tiros por todas partes", confesó

Antonio Vargas, el único de los tres que permanece aún en prisión. Antonio aseguró al tribunal que decidió inculparse de esa muerte -"que yo no cometí", matizó para que su padre y su hermano pudieran salir de la cárcel y se ocuparan del resto de su nutrida familia.

Entre los testigos que declararon ayer figuraba Ángel Silva Suárez, uno de los patriarcas de La Jungla que condenaron al destierro al fallecido. Tras la batalla campal, Silva inculpó de los disparos, ante la juez instructora, a Emiliano y sus dos hijos. Ayer, sin embargo, se desdijo: "Los Brunos me dijeron lo que tenía que decir; tengo 11 hijos en la calle y sentí miedo de que les pudieran hacer algo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de mayo de 1995