Apología del crepúsculo
Excelentísima señora ministra de CulturaMadrid
Muy señora mía:
El que suscribe, Javier Alemán Blanco, de 37 años, casado, profesor de Filosofía, pelirrojo como usted, Vecino de Madrid y amante del anochecer, se dirige a usted en un rapto de pasión para manifestar lo siguiente:
Que solicito su urgente intervención" para salvar mi matrimonio. Voy a terminar divorciándome, bien que a mi pesar, por culpa de los cafés cantantes de Madrid. Mejor dicho, por los horarios de las actuaciones artísticas en esos locales. Mi mujer, endocrinóloga y poetisa, me ha salido más noctambularia que la Osa Mayor. Sin llegar a ser un pendón, lleva una existencia disipada y moderna. No se puede decir que tenga la cabeza vacía, en absoluto: la tiene abarrotada de flamenco, cómicos, ilusionistas, coscorrones, tonadilleras, blablablá, salsa, rockeros, fados, chicas Almodóvar, jam session, cantautores, bakalao, merluzas, peroratas, tanguistas, gacetilleros, bailongos, mojitos, peliculeros y artistas en general. Le gusta todo, señora mía.
El declive conyugal comenzó hace dos años. Un psicólogo, a quien Dios confunda, nos aconsejó salir de alterne por la noche para paliar el aburrimiento que nos acosaba. Comenzamos acudiendo después de cenar a un bar con música en directo que hay al lado de casa. Al principio todo fue de maravilla. En los cafés cantantes te topas con gente muy divertida en primera instancia. A mí me atrae mucho la retórica. Si no estuviera tan desprestigiada la profesión, sería orador. He conseguido engatusar con mi labia florida a algunos desprevenidos de esos que, en vez de escuchar a los artistas, se apostan en la barra, copa en mano, a verlas venir. Mujeres de toda edad y condición han caído en las redes de mis circunloquios. Aunque me sonroje decirlo, señora ministra, yo soy bastante guapo, pero no me sale una risa tan fluida como la que usted esgrime y mi mujer imita.
Ésta, por su parte, en pocos días se hizo más famosa que el lucero del alba. Una noche conoció a la Loles León ya la Martirio, que andaban por allí muertas de risa. Ya son carne y uña las tres; parecen la Santísima Trinidad. Dios las cría y ellas se buscan. La cantante y la actriz introdujeron a mi incauta esposa en los ambientes de la farándula. Cuando yo le recrimino que esas amistades no son apropiadas para una endocrinóloga, ella salta como un rayo y me pone como ejemplo a la ministra de Cultura, siempre alternando con artistas, sin que por ello pueda ser tachada de frívola, sino todo lo contrario. Como remate, me espeta un bolero que Antonio Muñoz Molina está componiendo desde hace ocho años: "Todo te lo perdono, / menos que no me olvides". Total, señora, que nunca llegamos a casa antes de las cuatro de la madrugada. Pero yo me levanto todos los días a las siete y media, al contrario que ella, que trabaja por la tarde.
Ando constantemente sonámbulo, como si me hubiera picado la mosca tse-tse. Me duermo de pie incluso en los urinarios. Cabeceo en clase y confundo a los presocráticos con la lista de los 40 Principales. Mis alumnos me pierden el respeto, naufraga mi prestigio profesional, se deteriora mi vida de pareja. Me sale la noche por los oídos y otros agujeros que el pudor impide mencionar. Pero lo que más me duele es que ya no he vuelto a disfrutar de uno de los momentos más bellos del día, el crepúsculo. Todos. estos males se disiparían si los cafés cantantes programaran espectáculos a la caída de la tarde, y no sólo de madrugada. De ese modo, mi esposa y yo podríamos estar en casa a una hora razonable tras haber departido con la farándula y sus secuaces.
He escrito cartas al alcalde, al presidente de la Comunidad, al Defensor del Pueblo, al fiscal general del Estado y al nuncio de Su Santidad. Ninguno de ellos me ha hecho caso. Usted, señora, es mi penúltima esperanza. Emita usted un decreto de su departamento que obligue a los bares a entrar por el aro. No es sólo mi matrimonio; otras muchas parejas están a punto de quiebra por los mismos motivos. Por otra parte, le digo yo que la. noche es endogámica: hay muchas cosas, pero siempre son los mismos quienes las disfrutan, los que no tienen que madrugar. Al anochecer, en cambio, sólo hay presentaciones de libros, lecturas y de poemas, mesas redondas, seminarios, exposiciones de pintura y otros acontecimientos que espantan a las gentes. sencillas. Programar espectáculos vespertinos en los cafés vendría bien a los artistas, al público, a la caja registradora, a la vida conyugal, a la sanidad pública y a la economía de la nación (los horarios asilvestrados provocan absentismo y bajo rendimiento laboral). Si, además, acude usted de vez en cuando a esos locales, todo se iluminaría con su irrupción, que nada tiene que envidiar a la de Rita Hayworth y otras diosas del celuloide.
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