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Aprobar por las puntas

2.000 bailarines realizan este mes los exámenes de danza en el Conservatorio

Es difícil notar el nerviosismo en unas caras tan entrenadas y trabajadas como sus cuerpos. Los bailarines que estos días se presentan a los exámenes de danza en el Conservatorio de Madrid no pierden ni un solo momento la sonrisa de los labios. Es importante para aprobar que así lo hagan. Tan sólo sus profesores, que les conocen bien, se dan cuenta de lo que están pasando y del esfuerzo físico que derrochan en cada paso, siempre mirando de frente las escrutadoras caras de los miembros del tribunal que decidirá si pueden pasar de curso.Sólo en Madrid, 2.000 jóvenes se presentarán este año a las pruebas que se celebran en el Real Conservatorio Profesional de Danza. Comenzaron el pasado 30 de mayo, con los alumnos de la escuela oficial, y terminarán el 7 de julio con los de las privadas.

"Los pelos tan bien recogidos no deberían ser sólo para los exámenes", se quejaba ayer una profesora dirigiéndose a las alumnas: todas llevan el pelo en un moño muy tirante, la raya de los ojos muy marcada, casi tan exagerada como las de las bailarinas de verdad, y todas van vestidas iguales: un maillot granate y mallas para que se vea bien la figura que tantos disgustos les da. "Como llegues al examen con algún kilo de más no tienes nada que hacer. A las que están gorditas se las suspende", dicen.

Los nervios que tan bien disimulan están más que justificados: suspender dos veces el mismo curso supone la expulsión de la escuela oficial. Ayer les tocaba el turno a los bailarines del quinto curso de ballet clásico del Conservatorio. Eran 30 jóvenes de entre 13 y 15 años, y sólo tres de ellos chicos.

A las nueve de la mañana se enfrentaron a la prueba de baile contemporáneo. A continuación, la de ballet clásico: una clase completa y varios pasos sobre zapatillas de puntas -se les exige tres piruetas en media punta y dos con las puntas-. El examen incluye algo de danza española y de música. Un tribunal, en el que están los siete profesores de este curso, escruta y apunta todo lo que ve.

Raquel Rey fue una de las jovencitas que se examinaron ayer. Tiene 14 años y está en primero de BUP. Como todas sus compañeras del Conservatorio, empieza las clases de baile a las nueve de la mañana y las termina a las dos de la tarde. Su comedor es el vestuario. Almuerza al mismo tiempo que cambia las mallas por los vaqueros, porque tiene que salir pitando para llegar al instituto a tiempo. "¿Cuándo estudiamos? De noche, en el metro, en el autobús...", comenta María Jesús.

Virginia Valero, directora del Real Conservatorio, no sólo se ocupa de que estiren las piernas y no engorden. "Reviso sus evaluaciones en el instituto. Es muy importante que no abandonen los estudios", comenta la responsable de esta escuela, que también es licenciada en historia.

Ayer, todos confesaban querer ser bailarines. Y no escatiman esfuerzos para conseguirlo. En junio y septiembre hacen cursillos por su cuenta, "para no sentirnos raros cuando empieza el curso", aseguró Sergio, de 13 años, uno de los pocos muchachos que se examinaron ayer. Las cosas pueden cambiar en el futuro. Este año se han matriculado de primero 18 chicos, de 8 y 10 años de edad, gracias a una campana escolar. "Hemos recogido niños que en la vida se habrían planteado bailar y todos han terminado el curso", cuenta Valero muy orgullosa.

La media de aprobados en las dos oportunidades por curso no pasa del 40% de los que se presentan a los exámenes. El viernes pasado se presentaron 30 alumnos del último curso de baile español. Tuvieron que demostrar su habilidad en ballet clásico, folclore, escuela bolera (baile español con zapatillas y castañuelas). Pese al esfuerzo y los sudores, algunos de los aspirantes confesaron al finalizar el examen que lo suyo ahora sería hacer una carrera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de junio de 1994