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Tribuna:

Camareros

No es fácil saber cuántos camareros hay en Madrid porque muchos de ellos no constan como tales, pero son multitud. Se trata de ciudadanos con los que no hay otro remedio que mantener razonables relaciones. Ellos, además de ser muchos, tienen ínucho poder, aunque no tanto como los peluqueros y las amas de casa.Hay quien dice que todos los camareros son espías. Eso es un infundio canalla propagado por enemigos de la disipación y las francachelas. Se puede afirmar, en cambio, que casi todos los taberneros y sus adláteres saben latín, e incluso sánscrito. No hay dinero en el mundo para comprar las informaciones o las sospechas de estos perplejos oteadores de la vida desde su minarete en la barra del bar. Ahora bien, a nadie deberían dar el carné de espía si no ha ejercido de camarero con alguna periodicidad.

Hay tres clases de camarero; a saber: eventuales, fatales yvocacionales. Los eventuales constituyen un colectivo variopinto en el que destacan espíritus en tránsito, bisoños, espías propiamente dichos, indecisos y oportunistas a la caza de una presa. También hay golferas amantes de la cultura y los dislates. Se pasa mucha risa con ellos, sobre todo cuando terminan el trabajo y se van de picos pardos. Los fatales son aquellos que por mucho que desvaríen siempre acaban detrás de una barra. Se les suele quedar n-úrada melancólica y cumplen su cometido con mucha profesionalidad. Esporádicamente, les da el siroco y desaparecen a la francesa.

La flor y nata del oficio está formada por los camareros vocacionales, los auténticos, que están divididos en dos grandes grupos: cansados y no cansados (también llamados faeminos). Los cansados, como su nombre sugiere, se pasan el día bostezando y con la mente por los cerros de úbeda. A veces muerden, casi siempre desdeñan. Los no cansados, por su parte, son la quintaesencia del oficio: discretos, enterados, promiscuos, algo estoicos, conocedores del rumor, sabedores de chistes, propagandistas de novedades, escépticos, receptores de secretos, expertos en guiños, diplomáticos, pacientes con desatinos de parroquianos habituales, detectores de idilios, eclécticos, prestamistas sin interés, enemigos de broncas. Algunos poseen una idea muy honesta del cinismo. Hay una taberna en el barrio de Tetuán donde está escrita esta advertencia: "Por favor, no nos cuente su vida. Ya nos encargaremos nosotros de hacerlo cuando usted se marche". Los camareros pueden convertir en sublime a una ciudad desastrosa, y viceversa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de noviembre de 1993