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Tribuna:

Nada

Tres millones de parados no son nada. Apenas unas cuantas manchas negras impresas sobre la blancura del papel: la panza de los ceros, las patitas desparejas de las cifras. Pura tinta.Tres millones de parados no son nada. Desglosemos: entre ellos habrá, a no dudar, jóvenes en busca de un primer trabajo, con toda la vida por delante; parados transitorios, bien preparados y pertenecientes a sectores laborales dinámicos, que pasarán de un empleo a otro en breve tiempo; e incluso habrá (porque los hay) un montón de listillos y mangantes que cobran el desempleo y trabajan de extranjis. Ahora sume usted todos estos supuestos, y réstelos sin duelo de la cifra total: aunque cargue las cantidades, aún quedan muchos.

Quedan muchos cumpliendo los 40, los 50. Secretarias maduras y eficientes que sin embargo no podrán competir contra unas muchachitas con más idiomas y con la presencia juvenil que injusta (e ilegalmente) exigen de ellas. Oficinistas calvos y cumplidores cuyos currículos se verán siempre relegados frente a los de los chicos ambiciosos con un master en EE UU, que además pueden ser entrenados más fácilmente en el espíritu de la empresa. Obreros veteranos que ya no saben manejar las nuevas máquinas tan bien como lo hacen los jóvenes. Gentes, en fin, que llevan 20 o 30 años trabajando y que ahora, a los 40, a los 45, se ven arrojados fuera del mundo: previsiblemente para siempre. ¿De qué vivirán, cómo lograrán seguir respetándose a sí mismos a medida que el paro les devore9 Los millones de desempleados no son cifras sin alma, no son tinta: son personas. Yo les conozco, les he visto. Sé cómo salen del despacho del jefe tras ser informados de su despido: con cara de pavor y ojos vacíos. No son nadie, no son nada esos tres millones de parados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de mayo de 1993