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Tribuna:

Los separados

El príncipe Carlos de Inglaterra se venga de su esposa, la princesa Diana, impidiendo que vea a sus hijos, han desvelado expertos en intimidades palaciegas y en desamores principescos. No es de extrañar: cuando las parejas separadas recaban la guarda y custodia de los hijos, suelen entablar feroz pendencia, así sean príncipes herederos o compañeros del taller.La historia es de lo más común: la reina de Inglaterra propuso pasar las navidades en familia; la princesa Diana dijo que con la suegra y con el borde del marido, ni muerta; el marido celebró verse libre de su desabrida presencia, pero exigió quedarse con los niños durante las fiestas. Y vino la bronca. O sea, exactamente igual que la mayoría de los separados, con la diferencia de que unos viven en un castillo almenado y otros en un piso de Moratalaz.

Las navidades suelen ser traumáticas en los casos de separación. Allí la porfía por tener a los niños durante las vacaciones; allí los ruegos y, si no, las amenazas, a fin de compartir con ellos la Nochebuena; allí la súbita condescendencia para que los goce el otro en Nochevieja, con el perverso propósito de arruinarle el cotillón.

Los chicos sufren en silencio la estulticia de sus padres, hasta que llega el Día de Reyes y empiezan a considerar que ser hijo de separados tiene sus ventajas. Porque ese día los papás se vuelven locos y les compran la bicicleta, el coche de baterías, los videojuegos, la muñeca parturienta, el teléfono portátil, la cocina supersónica y cuanto anuncie la televisión. Si se han de empeñar, se empeñan. Lo que haga falta, con tal de granjearse las voluntades de los niños, no importa si es a costa de convertirlos en prepotentes y egoístas.

Moraleja: sea menestral o poderoso, siempre acaba el malcasado haciendo el oso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de diciembre de 1992