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El ex ministro se empeño en ignorar su mal

Un cáncer detectado en 1988 acabó con la vida de Francisco Fernández Ordóñez

Francisco Fernández Ordóñez se empeñó en ignorar la grave enfermedad que le aquejaba -que sus hermanos, el Gobierno, la clase política y los círculos periodísticos conocían-, y, fue acaso esa actitud de apego a la vida la que le permitió seguir ejerciendo como ministro de Asuntos Exteriores hasta mes yÍnedio antes de su muerte. De vez en cuando, en entrevistas, hablaba de su cansancio y meditaba en voz alta sobre la necesidad de seguir en el Ejecutivo, pero esos comentarios de Ordóñez nunca fueron motivados por el conocimiento de su estado de salud.

"Los médicos", declaraba todavía en abril refiriéndose a su ex homólogo alemán HansDietrich Genscher,, Ie recomendaron que abandonara su puesto, y ha pasado lo contrario de lo que pasó conmigo, que me dijeron que siguiera". En un último arranque de optimismo, el 22 de junio, el día en que cumplió 62 años, esperaba poder festejar su próximo cumpleaños en mejores condiciones.Diagnosticado a finales de 1988, Fernández Ordóñez sólo aceptó operarse de lo que era un cáncer de colon, en la clínica Puerta de Hierro, en julio de 1989, cuando ya había concluido la primera presidencia española de la CE. "No puedo permitirme tres semanas de convalecencia en plena presidencia", afirmaba, y ese semestre de retraso fue, probablemente, decisivo.

En vísperas de las navidades de 1990-1991, el ministro empezaba a adelgazar. El cáncer había derivado en una metástasis hepática que acabó causándole la muerte. Tuvo sus primeras molestias a finales de octubre, pero la embestida definitiva de la enfermedad sólo se produjo en mayo.

Cuando, durante su reclusión de finales del otoño, leyó en un periódico que padecía metástasis en el hígado, Fernández Ordóñez se molestó, tomentó que era "como leer su propia esquela en el periódico", y se preocupó, sobre todo, de que ningún ejemplar cayese en manos de su madre. Pero nunca pensó que la información, que el rotativo desmintió ál día siguiente, fuese mínimamente exacta.

Médico a bordo

Así fue el ministro desestimando uno tras otro los indicios externos de que podía estar gravemente enfermo. En enero, un médico oncólogo, Carlos Sanz, se incorporó a la comitiva de sus viajes oficiales, pero Fernández Ordóñez se olvidó de su especialidad y cuando hablaba de él le recordaba sobre todo como socio del Real Madrid.

Hasta la Conferencía de Paz de Madrid desarrolló una actividad casi normal

Ante terceros achacaba su presencia "a que mis colaboradores se van haciendo viejos y se mueven con más tranquilidad si nos acompaña", y ponía siempre como ejemplo que el director de Norteamérica de su ministerio, José Rodríguez Spitteri, fue el 23 de enero, en Washington, la primera víctima a la que atendió Sanz.

"Estos chicos", proseguían riéndose y señalando a su jefe de gabinete, Rafael Spottorno, o al director de la Oficina de Información Diplomática, Juan Lefia, "no aguantan nada". "No sé qué va a ser de ellos cuando lleguen a mi edad".

Después, el gran aprensivo que fue Fernández Ordóñez intentaba tranquilizarse a sí mismo: "En el fondo debemos estar todos en plena forma, porque el médico, cuando llegamos adonde vayamos, se dedica al turismo porque no tiene otra cosa que hacer". "Ya me gustaría hacer lo mismo".

Siempre con el mismo propósito enseñaba a colaboradores y amigos las,cajas de algunas de las medicinas -Buscapin y Nolotil- que tomaba, para, en el fondo, demostrarse a sí mismo que eran, como decía, "vulgares aspirinas".

No todos los viajes fueron, sin embargo, para el médico meras Vacaciones turísticas. En Kiev, el 23 de abril, Sanz tuvo que intervenir para parar una impresionante tiritona nada extraña en los enfermos de hígado, que pierden defensas ante los cambios climáticos bruscos.

Se resistía un poco a creerse las mentirijillas de los médicos. Se preguntaba por qué estaba tan delgado

Hasta finales de octubre de 1991, concretamente hasta la conclusión de la Conferencia de Paz de Madrid sobre Oriente Próximo, el ex jefe de la diplomacia española desarrolló una actividad casi normal. Tras despedir, el primer fin de semana de noviembre, a las últimas delegaciones, desaparece, no obstante, durante mes y medio para ser sometido, según la versión oficial, a un tratamiento que alivie las molestias causadas por tres cálculos alojados en la vesícula.

Las piedras en la víscera, de las que le Fernández Ordóñez padecio realmente, constituyeron el pretexto ideal para disimular al ministro el achaque de su otra enfermedad, que quedó patente cuando, delgado y con voz débil, reanudó el 18 de diciembre su uctividad pública ofreciendo a la prensa su tradicional copa de fin de año.

A veces se resistía un poco a creerse las mentirijillas de los médicos. Se preguntaba, por ejemplo, en voz alta por qué estaba tan delgado y Sanz le ponía entonces como ejemplo a un alto cargo de Exteriores: "Mírale, come como una lima y está casi en los huesos". "Cada uno tiene su metabolismo". Paco recuperaba entonces la sonrisa.

Durante sus seis semanas de ausencia a finales de 199 1, Fernández Ordóñez dejó de acompañar a Felipe González a tres viajes oficiales al extranjero y a dos cumbres, incluida la europea de Maastricht, que consideraba, sin embargo, "trascendental". Pero su presidente subrayó en Roma, en noviembre, que aunque necesitase descansar varias semanas, mantenía a su ministro en el cargo.

A medio gas

A partir de su reincorporación, el ex titular de Exteriores nunca volvió a trabajar a pleno rendimiento. No acompañó, por ejemplo, a González en enero a México y Colombia, y aplazó también sine die algunos viajes suyos a Extremo Oriente.

En otros desplazamientos largos llegó extenuado a su destino, hasta el punto de, como le ocurriá en Washington el 2 de abril, dar cabezadas durante la rueda de prensa de González. A veces tenía dudas sobre si merecía la pena seguir arrastrando su humanidad quebrada por los aeropuertos del mundo. "¿No damos así una mala imagen de España?", se preguntaba.

El domingo 31 de mayo, recien regresado de Santiago de Chile, no pudo más. Decidió que ni siquiera podía aguantar hasta la cumbre iberoamericana de finales de julio" en la que tanta ilusión le hacía participar. La enfermedad había vencido. Suspendió sine die su actividad oficial y llamó a González para pedirle su relevo. El presidente accedió a su deseo, no sin asegurarle que, en cuanto se recuperase, siempre habría para él un hueco a su medida en el Gobierno.

Hasta que su relevo fuese efectivo, organizó aún en su casa de Pueria de Hierro alguna que otra reunión de trabajo sobre Gibraltar con, por ejemplo, representantes del Partido Popular e Izquierda Unida. Buscaba como siempre el consenso. Después, este hombre tan comunicativo dejó de ponerge al teléfono. En su casa contestaban irremediablemente: "El ministro descansa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 1992