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Ferlosio

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio es el hombre que más sabe de cosas que no interesan a nadie, nunca lee los libros que están de moda, vive solo, odia la literatura, puede vestir con suma elegancia un traje ajado, la camisa arrugada, la corbata torcida, y al verlo caminar así por la calle con babuchas y una garrota nadie podrá decir que no es un gran caballero. Estar loco no significa haber perdido la razón, sino haberse quedado a solas con la propia sabiduría. En cualquier debate banal de sobremesa, él utiliza argumentos de Tito Livio; si se habla de política actual, Ferlosio cuenta percances parecidos que le sucedieron a un Dux de Venecia; en caso de conflicto bélico, lo solventa siguiendo la estrategia de Alcibíades. Cuando discutes con él, enseguida se adentra en un laberinto de textos clásicos o de documentos medievales, y a través de ellos lo pierdes de vista de modo que, habiéndote dejado a este lado de la ignorancia, no hay más remedio que darle la razón aunque sea de lejos con la mano. Estar loco no es sino decir verdades sencillas con sentido común que suenan de forma explosiva en medio de un mundo de idiotas. De la anfetamina, Ferlosio pasó a los somníferos, y de éstos al germen de trigo. Ha experimentado la soledad hasta convivir en el mismo piso con las ratas, que de monólogo interior son las que más entienden, y mientras los platos sucios se iban apilando en la cocina también crecían montones de páginas dedicadas al estudio del infinitivo, meditaciones sobre viajes de Clavijo a Tamerlán, soluciones logísticas a la guerra del Peloponeso, hasta que tuvo que rescatarlo una noche Javier Pradera antes de que entraran con la fumigadora las brigadas del Ayuntamiento, las cuales también encontraron, además de cucarachas, baúles repletos de cartografías de una civilización paralela que Ferlosio está creando. Tiene una mirada entre desvalida e inquisitiva. El dolor de la vida lo ha dejado elegante, cansado, tímido, esquivo con los imbéciles, sabio y tierno con los amigos. Totalmente verdadero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 09 de mayo de 1992.

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