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NECROLÓGICAS

'Alfonsoe'

Alfonso García Pérez era capaz de escribir simultáneamente sobre el pensamiento del Papa, sobre la energía nuclear y sobre la ética aplicada a los experimentos biológicos. No tocaba cualquiera de esos asuntos como si pasara por ellos, sino que los almacenaba y los deglutía con el entusiasmo propio de quien acaba de descubrir su verdadera vocación. Cualquier propuesta era para él, sin asomo de duda, el auténtico tema del día, la razón de la vida, el final del túnel: era como si descubriera la verdad a cada instante, como si la necesitara con urgencia. Cualquier novedad que le llegara, a través del teletipo, del teléfono, o porque alguien se la hubiera comunicado en la calle, era el asunto que debía primar en las páginas del diario, y a él se dedicaba como si en ello le fuera la propia existencia.Era un hombre pegado al entusiasmo, y con la misma pasión con la que ejerció el periodismo cultivó la exigencia de la amistad y la convirtió en una obligación sin excusa. En la Redacción -en aquella vieja y primitiva Redacción de los comienzos de EL PAÍS- su voz y su prisa eran un distintivo.

Alfonso no era un hombre ajeno a la calle, una tentación que siempre sufrimos los que hacemos periodismo, sino que era un periodista comprometido con su tiempo y con la gente que le rodeaba. Y a veces esa actitud le llevó al desencanto y a la melancolía, pero a pesar de que el escepticismo parece ser una consecuencia del propio ejercicio de la profesión él nunca se vio asaltado por ese prejuicio y hasta los últimos años de su vida joven siguió diseñando proyectos y defendiendo causas que él jamás creyó perdidas.

Era un hombre de buen humor. Reía con ganas y recibía de grado las bromas que, él mismo propiciaba. Le llamamos Afflonsoe porque hacía gala de que entonces apoyaba a los que luego serían poderosos; todavía no lo eran, ni él pensaba en la perspectiva de que esas siglas mandarían cuando defendía a los chicos de Ferraz. En realidad, jamás fue otra cosa que un periodista que conservó su ingenuidad a base de creer que cada cosa que llegaba a sus manos era la historia del día. La historia de su vida. Ahora se le acaba de escapar esa última historia y atrás ha dejado la rabia de todo lo que se queda incompleto, irremediablemente roto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de agosto de 1990