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Tribuna:Tour 90

El grito

Algunas decisiones que se adoptan en el ciclismo moderno siguen discurriendo por vericuetos alejados de todo método científico. Pequeños detalles, sucesos aparentemente nimios, se convierten en hipótesis de trabajo que luego transcienden a los hechos principales de una carrera. ¿Quién emitió un grito de auxilio en la etapa del martes? El mexicano Raúl Alcalá.Durante la subida al puerto de Saint Gervais, el pasado martes, Miguel Induráin optó por acercarse en labores de reconocimiento a la primera línea de un prestigioso grupo de corredore que pretendía convertirse en un pelotón perseguidor. Por entonces, su compañero Delgado había reclutado a cuatro corredores y daba inicio a una conflagración en toda regla. Induráin acudió al amparo de los favoritos para echar un vistazo, y nada más que para eso. Normalmente, cuando un segundo viaja para observar, los rivales suelen responderle con buena cara, enderezando el torso, mirando el paisaje como quien anda despreocupado o, simple y llanamente, silbando una suave balada.

Cualquier gesto de cansancio, todo nerviosismo fuera de tono, termina siendo una evidencia de debilidad para el enemigo. Induráin llegó a la cabeza de ese grupo cuando allí había sonar de trompetas y ruido de sables ante el ataque de Delgado, porque los aspirantes buscaban la forma de organizar su caza en toda regla. Por un momento, el holandés Breukink tomó las riendas del grupo y dio a su pedalada un ritmo más vivo. Pero a sus espaldas escuchó un grito que ocultaba una petición de auxilio y evidenciaba una orden. Breukink bajó el ritmo porque alguien podría quedarse descolgado. Induráin captó el mensaje: Alcalá sufría en su primer compromiso montañoso.

Semejante detalle fue trasladado al conocimiento del director del Banesto, José Miguel Echávarri, quien calibró la preparación de la etapa siguiente, la que terminó el miércoles con la ascensión al Alpe d'Huez, bajo la hipótesis de que Alcalá era un rival frágil, susceptible de ser descartado. La realidad dio por buena tal conclusión y el mexicano terminaría perdiendo tiempo -más de cinco minutos- y poder en su equipo, el PDM, que colocaba a su compañero Breukink como incuestionable jefe de filas.

Así que el ciclismo, aún en su vertiente multimedia o multinacional, se moviliza según minúsculas circunstancias propias de la sabiduría popular, porque todavía no ha sido inventado aquel aparato portátil que pueda determinar con precisión y mediante una elemental medición la resistencia al desgaste de un corredor. Un detalle aparentemente absurdo, tan ridículo como un leve grito de auxilio, fue recibido en el Banesto con la euforia no exenta de prudencia con que se atiende al conocímiento de los planos de movilización del ejército enemigo. Eso sucedió con el grito de Alcalá y nadie podrá discutir ahora la certeza del detalle.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de julio de 1990