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Tribuna:

Retorno de los brujos

Es probable que el horizonte de los próximos tiempos se cubra de ángeles, demonios, quimeras y otros monstruos. Hay síntomas en la atmósfera, y armas variadas se afilan en esta dirección, a pesar de la aparente bonanza pragmática que domina el panorama occidental. Declinantes, o definitivamente clausuradas, las arquitecturas de la razón, vivimos entre sus lujosas ruinas, sin ser capaces de aventurarnos a nuevas búsquedas. Hay miedo a las ideas, ya que las ideas, puestas en práctica, han resultado ser peligrosas. Huelen a totalitarismo. Pero el culto a la realidad -la gran ideología que ha sucedido al ocaso de las ideologías- también oculta un totalitarismo subrepticio: nada ni nadie puede escapar a las reglas del juego. Las reglas no son transgredibles, aunque llegue a abrigarse la sospecha de que el juego sea un juego sobre el vacío.La cultura cotemporánea, que merodea entre los cascotes del edificio racionalista-ilustrado, se ha visto así reducida a una función meramente testimonial: atestigua la existencia de las reglas, formula interpretaciones sobre su inalterabilidad y, como compensación, con fulgurantes teorizaciones, explica el mundo del presente con modelos del pasado (en los últimos lustros no ha habido un solo periodo histórico, desde el helenismo al renacimiento y desde el barroco al romanticismo, pasando por una larga serie de neo-, post-, trans-, que haya sido desaprovechado para explicar nuestro mundo actual). Es difícil prever qué nuevas máscaras pueden concebirse para este baile de disfraces que transcurre entre el mejor de los mundos y el menos malo de los sistemas, pero podría ocurrir que el agotamiento coincidiera con la indefensión. Terminado el baile, agotada toda capacidad de interrogación, existe el peligro de que la pista sea ocupada -reocupada- por intrusos inesperados.

El proclamado fin de la metafísica, ante el nuevo poder de la ciencia y de la técnica, no ha anulado el ámbito de los interrogantes considerados -tradicionalmente- metafísicos, sino que lo ha sumergido en un subsuelo que, por impenetrable, ha sido abandonado por el pensamiento filosófico. El riesgo de este abandono -u olvido- estriba en el hecho de que lleva consigo el olvido -o abandono- del radical ejercicio de libertad que significa enfrentar al hombre a su propio enigma. La falta de libre interrogación conduce a la inercia espiritual y, consiguientemente, a la impotencia. Pero, además, abre la puerta a viejas voces que, presentándose como rescatadoras de las riquezas sumergidas en aquel subsuelo, se ofrecen como portadoras o detentadoras de la verdad.

No creo que haga falta, a este respecto, extenderse en el significado del creciente mercado lumpenespiritualista de magos y adivinadores que prestan sus servicios en los desvanes de nuestra casa de fachada racionalista. Estos pequeños anunciadores de verdades no serían importantes, e incluso serían francamente divertidos, si no presagiaran la llegada de los grandes anunciadores de verdades. Ahí podemos deducir la consecuencia más funesta de haber dejado de preguntar desde la duda y la sospecha, es decir, desde la libertad del pensamiento: la aparición triunfal de los que, sin necesidad de preguntar, poseen las respuestas. Ante el enigma, la desaparición de escena de los librepensadores -de los que lo piensan desde el hombre- facilitará siempre la usurpación sacerdotal del escenano.

Europa ha gastado en los últimos años miles de páginas analizando y denunciando el fundamentalismo islámico como muestra, extendida a todos los terrenos de la vida, de esta usurpación. El balance era el de una otredad fanática y amenazante. Es de suponer que esta conclusión partía del convencimiento de que la modernidad, con su impronta ilustrada y secularizadora, había erradicado de Europa cualquier nueva aventura de usurpación sacerdotal. Pero he aquí que ahora, de repente, surgen opiniones asombradas y vacilantes. Ha bastado que el máximo dirigente de los católicos arengara a la "reconquista espirital de Europa", profetizando el advenimiento de una Iglesia triunfante, para que se precipitaran los análisis sobre la inminencia de un resurgimiento religioso. Puede ser cierto. Si lo es, la fe popular en el lumpenespiritualismo de magos y adivinadores correría paralela a la fe dogmática proclamada por los sacerdotes.

En ambos casos se suspicacia, otra vez, la figura del hombre como creyente, sin que el "dominio planetario de la técnica" y el poder de los medios de comunicación, al contrario de lo que se había pronosticado, debiliten, sino refuerzen, el alcance de este proceso. Fe y tecnología ya no aparecen, paradójicamente, como términos contrapuestos, pues la técnica y la comunicación masivas, al convocar a nuevas idolatrías, han allanado el camino para reconvertir al hombre en creyente.

Frente a ello, apenas se ha advertido que el derrumbe de los pensamientos críticos (asimilado al fin de la modernidad), además de inevitable, ha arrastrado consigo no sólo las utopías de la razón, sino también toda posibilidad de esceptismo ilustrado. La imagen gloriosa del escéptico, reacio a las verdades e interrogador nato, se desvanece patéticamente ante la hegemonía de un cinismo vulgar que alardea de su iricapacidad de preguntar y de un irracionalismo que alardea de su capacidad de contestar.

El problema es hallar una vía de escape entre los irracionalismos que conducen a la creencia y los realismos que entrañan el cinismo vulgar. Más que un problema, una apuesta. Pero esta apuesta exige superar, o someter a cuestionamiento pro fundo, algunos de los tópicos internos que ha dado como irreversiblemente aceptados el pensamiento moderno (fin de la metafísica, fin de la filosofía, fin de ... ). Exige salir de las ruinas de la arquitectura de la razón y, sin ignorar su grandeza, aventurarse a nuevas-viejas búsquedas que reaproximen al hombre a su enigma. Es necesario un tipo de pensar que, más allá de los autorreduccionismos que se ha provocado el pensamiento más moderno, se atreva a rastrear en la vastedad del enigma: las riquezas que yacen en el subsuelo no deben ser para los portadores de verdad, los expo liadores, sino para los buscado res de tesoros. Por mi parte, ante la eventualidad de un retorno de los brujos, siempre preferiré los escépticos a los creyentes. Pero preferiría los buscadores de tesoros a los escépticos.

Rafael Argullol es profesor de Estética de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de junio de 1990