Mala uva
Vuelvo a esta ciudad y me llaman la atención algunas cosas después de una larga temporada en el extranjero.Me llama la atención la seriedad casi hostil de la gente en sus puestos de trabajo, incluso cuando no trabajan. Vas a una oficina, pública o privada, y desde el empleado más modesto hasta el jefe que le manda exhiben una cara de insoportable malhumor. ¿Qué les pasa?, te preguntas. ¿No fuman lo suficiente a pesar del humo que despiden? ¿No disfrutan de ese rato para el café y el bocata?
No pasa nada. Simplemente, están de mala uva durante el día los mismos que por la noche rebosan cachondeo en las terrazas más apetecibles de Europa. Su oficio les entristece hasta límites de agresión.
Creo que sería bueno mostrarles su propio rostro. Sería bueno que inesperadamente, cuando miran con odio la pantalla del ordenador, se convirtiera ésta en un espejo. Alguno se asustaría ante la visión de sí mismo.
Me dicen que una de las razones del cabreo nacional en las ciudades españolas se origina en el tráfico. Todos necesitan ir a todas partes en automóvil, y de uno en uno, para ocupar más y enfermar colectivamente de los nervios. Lo creo después de sufrir varios atascos, incluso en el carril del bus, que no es tal, pues por él se cuela quien puede entre los gases y las señoras que van o vienen del mercado con el carrito de la compra, arriesgando su vida.
¿Es que no se ha fijado nadie en el rostro de estas señoras cuando denota el pánico, la impotencia, el hastío y la soledad que ya no se ve ni en las más tristes hortalizas? Ellas sí necesitan un carril especial. Algunas, estoy seguro, enfilarían por allí y jamás regresarían a su casa.
Luego me llama la atención una juventud de hermosas muchachas en mobilette, con grandes hombreras, pitillo y zapatos de recluta. También echan humo por la entrepierna y por la boca. Pocas ceden el paso, y, si te pones chulo, te mandan a mamar.
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