Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

La coyunda desafecta

La sacralización del lenguaje remite a la rigidez epistemológica. Nada más cierto que cuando se trata (de) la infidelidad. La recurrencia a este término para expresar la quiebra de la lealtad matrimonial es sacralizante, al menos, en una doble vía. Por un lado, indica carencia de (la verdadera) fe religiosa, según atestigua toda una caterva de diccionarios. En consecuencia, infiel es la hembra o el varón que no profesa dicha fe en el matrimonio, al traicionarlo. Por otro, transmite oblicuamente lo que se da en llamar sexismo cultural, del cual el lenguaje es tan sólo uno de sus exponentes. "La infidelidad es cosa de hombres". La apropiación del marchamo religioso y del sesgo sexista para explicar la deslealtad matrimonial es en conjunto inadecuada. Y lo es por lo que sigue.El matrimonio tradicional, propio del richardsoniano modelo Pamela, que "a lo Milton" vituperaba la adúltera codicia y centraba en el varón su existencia, está cuando menos alcanforado. Mujer e hijos idealmente (y en la práctica con machacona insistencia) han dejado de ser satélites del marido proveedor. La primera, porque, cada vez con más frecuencia, no encuentra en el hogar su lugar de definición como persona. Los segundos, porque cada vez hay más matrimonios sin hijos. Por lo demás, el divorcio no es una entelequia. El matrimonio tradicional, el matrimonio per se, es, pues, una coyunda desafecta. Cuantitativamente numeroso, si se quiere, pero no único e ilimitado, sin bordes.

Junto al matrimonio tradicional coexisten otros tipos de matrimonio o, para ser más precisos, de relación de pareja. El matrimonio voluntario, no restrictivo, no supeditado por vida al vínculo jurídico o/y religioso. El matrimonio a prueba, en que la cohabitación sirve de ensayo de posibles formalizaciones posteriores. La cohabitación institucionalizada, es decir, no contemplada como ensayo, sino como fin en sí misma. La vinculación de parejas que sin mediatización espacial constituyen residencias aparte, nidos separados. El matrimonio de personas del mismo sexo. Finalmente, el matrimonio abierto, por no hablar de swingers mate-swappings y otros matrimonios experimentales. Ante esta variedad de vínculos relacionales es imposible que la infidelidad se ajuste conceptualmente de igual forma a todos ellos. De ahí la necesidad de ensanchar el campo epistemológico. Toda pretensión contraria es puro espejismo.

La infidelidad o relación adulterina sólo tiene sentido si somos capaces de anular su proyección genérica mediante la fijación rigurosamente impuesta de una definición. De lo contrario estamos utilizando el mismo concepto para situaciones de naturaleza distinta. Se trataría, pues, de fijar, en todo caso, definiciones. El uso de la infidelidad como licencia literaria o como lenguaje figurado, como tropología, puede ser plausible. Hablar, en el dominio sociocultural, de la infidelidad sin matizaciones es como hacer antropología de la tropología, lo que sería soberbio en caso de ser reconocido. Desde la antropología conviene deslindar lo que pretende incrustarse: en el lenguaje como metáfora fósil de la plural realidad cultural. Admitir las queridas y los amantes, los affaires o los ligues, las entretenidas, los paramours e incluso la prostitución, por engañoso que parezca, no es admitir la pluralidad, porque todo ello gira en tomo a un mismo centro rebosante de singularidad: el matrimonio tradicional. Y éste, como ya se ha dicho, queda desbordado. En las sociedades monógamas modernas, el desbordamiento se produce por exceso y por defecto. Por exceso, por otros matrimonios y relaciones de pareja que se alejan del modelo tradicional. Por defecto, por el autoerotismo, el going solo prefuturista del ensimismamiento del amor narcisista, donde la cornamenta simbólica se deposita en el perchero de la masturbación egocéntrica. En las sociedades no monógamas, el desbordamiento es permanente porque la poligamia, la poliandria y el concubinato están legitimados institucionalmente.

Así pues, las situaciones plurales requieren definiciones plurales. La infidelidad, como expresión que recoge conceptual y sintéticamente acciones múltiples, necesita una oxigenación regeneradora. A nuevas savias corresponden nuevos brotes. En este sentido, y con todas las reservas del mundo, para no transferir sacralizaciones lingüísticas, es más acertado hablar de relaciones extramatrimoniales o extraconyugales que de infidelidad. De partida, estas expresiones abandonan el fideísmo del lenguaje. No obstante, son excesivamente genéricas para precisar rigurosamente situaciones que saltan por sus bordes. Son conceptualmente insuficientes. La quiebra de vida en común en parejas que prescinden del matrimonio cívico-religioso, porque lo entienden de forma exclusivamente referencial, como pueden entender que Bogotá es la capital de Colombia, no puede ser encapsulada bajo esos conceptos. La sexualidad que estas parejas ejercen fuera de sus límites va más allá del ars combinatoria hombre casado, mujer casada; hombre casado, mujer soltera; hombre soltero, mujer casada.

Sin entrar en denominaciones, estimo que la quiebra en la lealtad de la relación intersubjetiva entre dos (o más) personas del mismo o diferente sexo, si quiere entenderse desde la perspectiva sociocultural, está abocada a una revisión sustancial. Mi propuesta es que esta revisión se formule a tres niveles: epistemológico, metodológico y teórico.

A nivel epistemológico conviene formularse preguntas que rompan estereotipos. Esto ayudaría a clarificar situaciones y procesos que tienden a presentarse de forma fosilizada. Fundamental es significar los cambios de papeles -de leales a desleales- acaecidos en la mujer como consecuencia de su incorporación al mundo laboral. La mujer, persona viva, se hace protagonista mediante la iniciativa de una acción privativa del hombre. "La infidelidad también es cosa de mujeres". El informe Redbook ya dio un clarinetazo cuando señalaba que en el aproximadamente cuarto de siglo transcurrido entre su publicación, en 1975, y la de los comportamientos femeninos del informe Kinsey el protagonismo sexual de la mujer trabajadora en las relaciones extraconyugales invalida el clisé cultural que la presenta como mero adorno asexuado, con vagina-parking de uso masculino, cuya función es estrictamente reproductora.

A nivel metodológico conviene profundizar más en significados que en frecuencias. Los desvestidos porcentajes y las gélidas presentaciones numéricas se sienten impotentes a la hora de desvelar comportamientos íntimos de la pareja; además pasan fácilmente, sin transición, de la frialdad siberiana al agobio tórrido de los trópicos cuando se les manosea con alegría. Y así se les manosea. Tienen un coeficiente alto de manipulación. Interesan al poder. El comportamiento sexual extramuros de la pareja, para una mejor comprensión, necesita de estudios de carácter y contenido cualitativo. Entre otras cosas, evitan comentarios tipo Goddman, donde puede observarse que la puerta de entrada marca prejuicio y la de salida indica estadistica.

A nivel teórico conviene insistir en la elaboración de ideas, reflexiones y pensamientos que permitan un acercamiento extracurricular a la vida de pareja, matrimoniada o no. Ese otro conocimiento elaborado a partir de otras premisas, distintas a las habituales, debe ser completado y contemplado desde las emociones y la acción social, desde el individuo y el grupo, desde la persona y el contexto social de la comunidad. Entre otros logros, de esta forma se contribuirá a nuevas verbalizaciones, idiomáticas y conceptuales, no sexistas, referentes a la masculinidad y a la feminidad. "Si nuestro mundo ha de recobrar la salud, la cura debe ser dual: la regeneración política incluye la resurrección del amor", Octavio Paz dixit.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de junio de 1989