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Tribuna:

Yo también soy un liberal americano

Acabo de regresar de un viaje de dos semanas por Europa, desde donde seguí asiduamente las noticias sobre las elecciones en América. Me ha asombrado la pasividad del electorado, la falta de los más elementales principios del pensamiento y la acción democráticos, la degeneración de nuestro idioma, la calma, el lavado de cerebro y la desinformación. Noté a los europeos igualmente asombrados.Empecé a soñar de manera obsesiva con esta campaña. Podía soñar cada noche discursos enteros y, a la mañana siguiente, hacía anotaciones sobre ellos en temas que iban desde el racismo a la consigna impulsada por la engañosa campaña de Bush de paz y prosperidad, a Boston Harbor, a la obsoleta locura de la guerra y a la nueva mala palabra que empieza con l: liberal

Quiero redefinir la palabra Iiberal no para huir de ella o acobardarme defensivamente ante su insultante abuso, sino para clarificarla con orgullo. La palabra proviene del latín liber, que significa libre. (También significa libro y niño: dos buenas cosas para tener de compañía.)

De esta palabra liberal derivamos la palabra libertad, que es por lo que el mundo civilizado ha estado luchando a través de su historia, tanto por medio de reformas como de revoluciones, incluyendo la revolución americana. George Washington fue un revolucionario, al igual que Thomas Jefferson y Benjamin Franklin. Ellos y los otros fundadores lucharon por la libertad. Por tanto, todos estos antepasados fueron liberales.

Liberales son un hombre, una mujer o un niño que buscan un día mejor, una noche más tranquila, un brillante futuro sin límites. ¿Qué es lo que está realmente mal en ello? Sólo esto: la palabra ha sido degradada, difamada y mal utilizada pñor poderosos intereses que han procurado mayor poder y autoritarismo.

Liberal es una palabra manchada por el impulso ávido, reaccionario y retrógrado hacia la tiranía.

He aquí sólo dos entre docenas de ejemplos en nuestra América y en este mismo siglo.

Primero, el odioso "miedo rojo", inventado y perpetrado por William Randolph Hearst en las primeras décadas del siglo y magnificado a través de sus innumerables periódicos y revistas hasta llegar al pánico, donde cualquiera con barba es, probablemente, un bolchevique que te está mirando con una bomba en el bolsillo. Donde el simple hecho de leer una novela rusa le convertía a uno en sospechoso y, tal vez, en traidor.

El segundo ejemplo, aun más abominable e infinitamente más peligroso, fue la ascensión del maccarthismo en los años cincuenta. Una ascensión tan firme y tan fuerte, que una prolongada emisión televisiva podría mostrar al despreciable joven senador por Wisconsin como al ambicioso psicópata que era. Este momento fue, posiblemente, el más próximo que hemos estado de la tiranía.

¿Tiranía? ¿En nuestra democrática república, libre y hermosa? Sí. Es posible e incluso probable, por lo cual los americanos deben estar constantemente en guardia contra ella.La tiranía tiene muchas formas. Gravar con impuestos al obrero de la fábrica y al indigente, para que el rico sea más rico, es tiranía.Declarar la guerra por la caída de un oleoducto (mientras secretamente se negocia la libertad de rehenes); proclamar eslóganes patrióticos sobre armamento y la guerra de las galaxias; recetar la industria del armamento para la salud de nuestra narcotizada economía de tarjeta de crédito; gastar un astronómico porcentaje del presupuesto en armas a costa de escuelas, hospitales, objetivos culturales, cuidado de los enfermos y los sin hogar: todas estas son formas de tiranía.

¿Quiénes lucharon para liberar a los esclavos? Los liberales. ¿Quiénes lograron abolir el impuesto al voto? Los liberales. ¿Quiénes lucharon por los derechos de la mujer, los derechos civiles, la enseñanza pública gratuita? Los liberales. ¿Quiénes estuvieron y aún están en guardia contra la explotación del obrero, el trabajo infantil, el racismo, la intolerancia? Amantes de la libertad y enemigos de la tiranía: los liberales.

Soñé todo esto y lo escribí. Y soñé y escuché a Michael Dukakis decir: estoy orgulloso de que se me llame liberal. No soy rojo ni anarquista, ni tampoco tengo una bomba en el bolsillo.

Amo tanto a mi país, en efecto, que estoy empleando todas mis energías para verlo en un día mejor, en una noche más tranquila, en un brillante futuro sin límites. Y me rijo por las palabras de ese admirable liberal, Thomas Jefferson, que están grabadas en su monumento en Washington: "He jurado sobre el altar de Dios hostilidad eterna a toda forma de tiranía de la mente del hombre".

Yo también soy un liberal.

Traducción: Carlos Scavino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 1988