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CARTAS AL DIRECTOR

Los que nos vamos

Todos los veranos alguno de los intelectuales oficiales del país, es decir, de EL PAÍS, hace público que veranear no es de buen gusto, en el bien entendido de que veranear es para los ilustres salir de Madrid hacia otros lugares de menor monta. Recuerdo cómo gustaba el profesor Tierno Galván de refocilarse contando sus desayunos en la habitual cafetería de la glorieta de Quevedo (o de Bilbao, no sé), en la cual bastaba que el aliento invernal de los clientes de todo el año se tomara vacaciones para que el aire acondicionado se pusiera al servicio del entonces alcalde de Madrid. Agosto no es año, agosto es la temporalidad de la nada, al vacío infinito de un libro cuyo misterio se pospone indefinidamente para otro agosto, para otra nada disfrazada de tiempo.No hace muchos días, Eduardo Haro Tecglen pontificaba que veranear, o sea, irse de Madrid en verano, es una horterada. Pero si veranear es una horterada, los veraneantes son unos horteras y cargan con su horterismo hasta donde han concertado una cita con la cara oculta de la nada que se deja ver en agosto. Los hay que en-

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Los que nos vamos

Viene de la página anteriorsayan poner máscara de cultura al horterismo recalando en espacios con aparentes emblemas. Pongamos por caso Santander. Empeño inútil. Santander, en verano, es una horterocracia organizada desde Madrid. Probablemente el propio Haro Tecglen se avendría a entrar en el juego si se le ofreciera una dirección de curso o una simple conferencia (ignoro si ya está en la lista) en ese emporio del horterismo que es el palacio de la Magdalena, de donde los únicos que no salen decepcionados son los que decepcionan. Claro que es más hortera el que paga que el que cobra por serlo.

Lo prudente es ponerse a salvo de tanto horterismo propio y extraño y alejarse de la zona de mala influencia, huyendo precisamente hacia aquellos lugares que los horteras convictos han abandonado, o a los que, dada su condición, jamás se les ocurrirá frecuentar. Y así, en un primer momento me protegí en un monasterio cisterciense, de los que no aparecen en las guías, situado en un minúsculo pueblo navarro que pasa inadvertido a los automovilistas. Sin embargo, durante unos días tuvo cabida allí la horterada: siete jesuitas, con caras de circunstancias, haciendo los ejercicios de san Ignacio. De todas formas, es menos hortera el silencio que impone el fundador que la palabrería de las cátedras de verano que reclama tanto papanatas.

A continuación, me trasladé a una localidad de la provincia de León, a la que también suelo acudir y en cuyo camping, a 500 metros de un espléndido puente románico del siglo XII, me acompañaban algunos de esos pocos europeos que saben que hay una España al otro lado de playas y chiringuitos y son sensibles a su poder de atracción (los demás tal vez se enteren para 1992), y donde abundaban las amplias familias de asturianos, entre las que no faltaban aquellas que habían acarreado la televisión desde sus casas y, ajenos al cimbreo de los chopos y el rumor del Órbigo, no se perdían lo honrados que son el ladrón José Luis Ozores y su banda. De antiguo, Hospital de Órbigo es una colonia veraniega de familias medias asturianas, como Santander es la colonia seudocultural de Madrid propicia para que ministros se adelanten a septiembre y profesores suelten cuatro ingeniosidades a quienes no han leído sus libros. Quizá los refinados horteras de la Magdalena se sientan superados en horterismo, pero estas familias ni se engañan ni engañan a nadie.

De allí me dirigí a Bores, en Liébana, una vecindad sin otras pretensiones que la meteorología les sea propicia, que sus vacas paran felizmente, que a sus caballos no les escaseen los pastos arriba, en el puerto de San Glorio y en los puertos de Pineda, y en la que el señor Damián, a sus 85 años, y desde que risca el alba, desgrana su saber sobre el comportamiento de los vientos, la bondad de la sombra de parra y la inutilidad de la del castaño o la fertilidad de las tierras de otros valles, aunque él prefiere el suyo porque está más abierto al infinito, sabiduría que dejaría sin argumentos a quienes enseñan con los gastos pagados.

Por fin, con el horterismo que como santanderino me corresponde, he regresado a mi ciudad cuando los veraneantes empiezan a marcharse con su horterismo corregido y aumentado. De nada le habrá servido a Haro Tecglen no haber veraneado. Que se prepare para la ola de horterismo que se le avecina. Algunos le mostrarán, incluso, certificado de la Magdalena.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de agosto de 1988

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